BALA
PERDIDA
Fue en el sanatorio
mental donde escuché el chiste: “Le dijimos que no jugara a la ruleta rusa,
pero le entró por un oído y le salió por el otro”. Cuando se malvive en un psiquiátrico
cualquier actividad es lícita para que el tiempo pase liviano. Yo pintaba;
ellos se emborrachaban con el alcohol que robaban de la farmacia, se peleaban a
puñetazos, algunas veces, las menos, jugaban al ajedrez; pero, sobre todo, se
dedicaban insultos y bromas pesadas y contaban chistes, que no por sabidos
dejaban de hacerles reír, mostrando impúdicamente sus bocas grotescas y
desdentadas, en lienzos efímeros de pesadilla. En los manicomios impera el
humor negro, así que todos se rieron con el chascarrillo, todos menos yo. Entre
carcajadas me daban manotazos a lo que quedaba de mi oreja izquierda.
Hui, como he hecho
siempre. Me encerré en mi habitación, mi más vieja y querida costumbre; la
decepción, la soledad, la estupidez, la crueldad, el sufrimiento son los otros,
el infierno es el prójimo. Toda la desgracia de los hombres proviene de no
saber permanecer en reposo en una habitación. Traté de pintar algo, pero no
pude. Empuñar los pinceles era lo único que me calmaba. Si no sucumbí antes fue
porque contaba con la pintura, pintar ha sido mi terapia, mi asidero, el clavo
ardiente al que me agarré, mi obsesión, mi pasión y también mi cruz. Con la
mano agarrotada al pincel y las fosas nasales ebrias de trementina, me dije que
bastaba un solo y último acto de coraje para acabar con todo, para descontarme
del mundo, que me era tan ajeno como aterrador. Una decisión feroz y luego la
nada.
De todo se sale, hasta
del averno, así que un día me dieron de alta en el sanatorio, aunque la idea de
descerrajarme un tiro en la sien no me abandonó nunca -Paul Gachet, mi doctor
denominaba a mi obsesión, ideación suicida-; y lo cierto es que desayunaba,
comía y cenaba aquel plomo imaginario que vendría a ser como una bala mágica
destinada a terminar con mi agonía, con aquella pertinaz angustia que nunca me
abandonaba. Un suicida no quiere morir, pretende terminar con su sufrimiento y,
desde luego, no aspira a llamar a la atención, tal y como afirman los
imbéciles. Antes que la muerte sea apetecible, se debe haber apurado hasta la
hez la copa del tormento, hasta el delirio, hasta el paroxismo, en mil noches
de arrepentimiento, abismo e insomnio.
Dicen que mientras hay
vida hay esperanza, ¿pero de qué vida me hablan? En la singladura de mi existencia
mi derrota ha sido la derrota. Una sucesión patética de tristes
acontecimientos. Sé que he sufrido mucho más que los demás, porque he sentido
más que los otros, a los que nunca entendí ni me entendieron. Soy un extranjero
con pasaporte único de un país invisible que no tiene más cartografía que la de
mi alma. Siempre fui diferente, me hice las preguntas que los otros no se
hicieron, mis preocupaciones, mis escasas alegrías y mis pasiones tuvieron un
color distinto y hollaron otros senderos alternos. Busqué a Dios y solo hallé
su silencio y a través del arte traté de alcanzar mi redención.
Es muy duro saberse
distinto, ser una minoría de uno solo, tener la seguridad de que se es un genio
y que nadie te lo reconozca, bien por incapacidad, desprecio o familiaridad. Si
mi talento hubiese sido reconocido me habría sentido vindicado, conservaría la
esperanza y las fuerzas para subsistir, podría declarar que yo tenía razón y que
se equivocaban los que me humillaron. Pero soy un pintor fracasado que no vende
ni un mísero cuadro, como soy un hombre fracasado.
No he conocido otra
cosa que no fuese el menosprecio y la subestimación. Fui el hijo tonto, el
pariente inútil, el raro, el zascandil, el bueno para nada, la oveja negra, la
desgracia de la familia, el bala perdida. No logré abrirme paso en la lucha por
la vida, ganarme mi lugar como hombre y tuve que soportar la mortificación de
estar siempre mantenido, sujeto al albur de la condescendencia y la compasión
de los demás, sobre todo de mi hermano menor que me sostuvo económicamente para
humillación y laceración mía, sabiendo que le era una carga. Fueron ellos los
que dictaminaron que yo estaba loco, es más fácil digerir a un enfermo que a un
completo inútil. Y no, no estoy demente, al contrario, creo que soy el más
lúcido de los hombres, aunque puede que la lucidez extrema no sea otra cosa que
la suprema forma de locura.
Tampoco en el amor
encontré el refugio que anhelaba. Mi timidez, mi inseguridad y mi miseria
económica me hacían poco competitivo. Mientras otros hombres, a mi alrededor,
más feos, más malvados y necios que yo se emparejaban, yo permanecía solo,
preguntándome qué clase de mierda era que ninguna mujer se atrevía a mirarme.
Así que hube de conformarme con lo que ya no quería nadie, con mujeres
desahuciadas por la vida, con los despojos que dejaron pretéritas parejas repugnantes.
Hembras con taras en el alma, cargadas de traumas, promiscuas o directamente
prostitutas baratas. Mujeres que me desdeñaron, me manipularon, explotaron mi
necesidad de cariño, me maltrataron y confundieron mi bondad con idiotez.
Historias vergonzosas, sórdidas y vulgares, combustibles que ahondaron en mi
complejo de inferioridad. Y entre un accidente y otro, entre un fracaso y otro:
soledad, onanismo y autodesprecio. Una sonrisa, una palabra amable de cualquier
muchacha, y yo, en mi patetismo, levantaba en mi imaginación castillos de
naipes, fantasías de vida en común y plenitud que implosionaban al siguiente
contacto. Ninguna me amó. Yo llevaba dentro una hoguera de amor, pero nadie se
acercó jamás para calentarse.
Tan solo el arte me
granjeó satisfacciones, transformé mi soledad en una fuerza creativa, pintar
apaciguaba mi alma. Llegó un momento en que tuve conciencia de mi maestría, de
poseer talento, de ser mejor que los otros artistas, de poseer un espíritu
propio, de que la genialidad consistía en ver como yo veía el mundo y lo
reflejaba en mis lienzos. Yo podía ser un fracasado, pero mi obra no lo era, mi
obra me indultaría. Pero el arte, que debía encumbrarme, aún me hundió más en
la depresión, cuando nadie logró, quiso o reconoció entenderlo, cuando se me
ninguneó con saña hasta hacerme invisible. Soporté desdén, burlas, ostracismo e
incomprensión. Llegué a dudar de mí mismo, ¿era un genio o simplemente un
vanidoso? Trabajé como nunca, me despellejé los dedos sujetando los pinceles,
hubo periodos en que pinté más de un cuadro al día, luché como un poseso por
abrirme paso, por hacerme notar en el mundo, cada lienzo fue un grito
desgarrador que brotaba de mi mente y de mi alma. Pero me estrellé una y otra
vez, contra la noche estrellada, como un cuervo que se precipita contra un
vidrio transparente, una y otra vez, e insiste, hasta que no es más que un
despojo sanguinolento que, para asombro y contra todo pronóstico, aún se
sostiene en el aire y sigue volando para volver a chocar contra un lienzo
invisible en una danza obscena, era un trasunto miserable de Sísifo. Con mis
obras quise expresar este dolor profundo, aunque todos vieron en ella nada más
que colores radiantes.
Hace treinta horas
reuní el valor suficiente y me despojé de la última brizna de esperanza que
conservaba. La esperanza es una puta cabrona, una embustera que te promete y te
hace fantasear con cosas que jamás van a ocurrir. Nada iba a cambiar, no había futuro, la vida
no es más que una estafa. Suicidarme era lo más lúcido y piadoso que podía
hacer por mí, iba a ahorrarme toneladas de sufrimiento, adelantar lo
inexorable. Me hice con un revolver y decidí pegarme un tiro. Pero yo,
fracasado entre los fracasados, fui tan inútil, tan lerdo, tan negado, que ni
dispararme en la sien supe y el proyectil acabó alojándose en mi pecho, aún no
sé cómo.
Mi hermano Theo ha
venido para acompañarme en mi lecho. Lo que debía ser un desenlace rápido, es
una larga agonía. La única satisfacción que me llevó es la de saber que no
volveré a ser una carga ni una vergüenza para Theo. Yo, Vincent van Gohg, me dispongo a morir, y
sé que solo hay algo más terrible que la muerte misma y es el morir sin
redención. Ahora sé que desapareceré junto a mi obra en las brumas del
anonimato, seré una hoja marchita con la que juega el viento del olvido, un
pedazo de tristeza ignorada que durará para siempre.