Relato finalista en el III Concurso de relatos biblioteca Argéntea.
SANTUARIO
Pretender
ser antropólogo en pleno siglo 22 era un suicidio profesional. La globalización
acabó con los pueblos originarios y con la diversidad cultural, así que en
cualquier parte del planeta te encontrabas las mismas franquicias de las
escasas multinacionales que sobrevivieron a la quinta pandemia. Hace décadas
nos instalamos en la etapa del capitalismo monopolístico y los individuos se
uniformizaron pasando a consumir los mismos productos y servicios, incluidas
las series de televisión, con independencia del lugar del orbe en el que habitaran.
Fue poco antes de que yo naciera que se contactó con el último pueblo
originario, hoy desaparecido, los habitantes de la isla de Sentinel Norte. Estos
eran sumamente agresivos a cualquier amago de interacción con el exterior, hoy
sabemos sus motivos: allí se refugió Adolf Hitler transportado en un submarino
alemán tras ejecutar a su doble en el búnker de Berlín, los nativos lo adoraban
como a un Dios y lo protegían con suma violencia. Tras Hitler fueron llegando a
la isla de Sentinel, en busca de refugio y anonimato, otros famosos que
simularon su muerte: Walt Disney, Elvis Presley, John Lennon, Juan Gabriel,
Kurt Cobain, Steve Jobs, Prince y Michael Jackson.
Ante
la extinción de mi campo de estudio y siendo yo, blanco, hombre y heterosexual,
es decir, un fascista opresor, no me quedaba más remedio que buscarme otro
oficio. Moviendo influencias conseguí matricularme en un máster de cine cancelado
-el producido con anterioridad a la década de los años veinte del siglo 21-,
curso que saqué con nota, pero que no me aseguró una plaza de profesor
universitario por no pertenecer a una minoría racializada u otro colectivo
beneficiado por la discriminación positiva. Para compensar mis hándicaps de origen pensé muy seriamente
en transicionar a otro género o, al menos, definirme como género fluido o no
binario, pero algo atávico, ese mamut cognitivo que todos los hombres blancos
heteronormativos y patriarcales llevamos adherido a nuestro cogote y que
envenena nuestros pensamientos como una pesada herencia falócrata, me impidió
dar el paso que me hubiese facilitado una mayor promoción en el estamento
académico.
Todas
estas reminiscencias políticamente incorrectas las he trabajado con la doctora
Casandra, mi psicoterapeuta de cabecera en las sesiones psicocívicas
obligatorias, quien siempre se ha mostrado crítica en lo que respecta a mi
resiliencia reaccionaria. Aunque es cierto que me apunté al máster de
cine cancelado buscando trepar en la docencia, me duele, y hasta me repugna,
confesar que disfruté visionando cientos de películas antiguas y malignas, hoy
vedadas al público. Sólo las podían contemplar aquellos alumnos o profesores
que disponían de un brillante expediente de estudios y un certificado en blanco
de antecedentes penales y tras pasar exigentes tests psicotécnicos y una
vez firmado un contrato de confidencialidad para no revelar nada del contenido
de las cintas expuestas. Precauciones harto justificadas dado que el contenido
de aquellas películas era hipnotizante y de una belleza subyugadora, genuinos
hechizos visuales no aptos para mentes débiles –uno de los estudiantes que
participaba en el máster se suicidó y otra terminó sus días internada en
un psiquiátrico-. Historias en las que se pisoteaban todos los criterios de
diversidad inimaginables y que, no obstante, sentías que rebosaban vida y
tragedia. Era fascinante contemplar cómo era el mundo anterior al triunfo del
NWO, su fascismo intolerable. ¿Se pueden creer que a las personas portavulvantes
se las denominaba mujeres? Más de una
vez, sumido en la penumbra culpable de sala de proyección de tecnología
obsoleta, me restregué los ojos ahítos de incredulidad y murmuré para mí mismo:
“Overton, esto que estás viendo no puede ser real”. El pasado es un país
extranjero en el que las cosas funcionan de otra manera. El máster me dejo secuelas, hasta el
punto queme incapacitó para disfrutar las producciones audiovisuales
contemporáneas cuyos guiones se elaboran al arbitrio del algoritmo de
diversidad que pondera debidamente el casting del elenco y los temas que aborde
el guion en aras de asegurarse que todos los colectivos racializados y sexuales
están óptimamente representados a la vez que se tratan aquellas problemáticas
dignas de perpetuarse en el arte –y de recibir la oportuna subvención de dinero
público-: cambio climático, feminismo, conciencia animalista, veganismo, lenguaje
inclusivo... Pasé a aborrecer películas que antes me habían entusiasmado, como Maurice, el gallo violador, cinta en la
que unas gallinas, en un ejercicio de sororidad, elevan su autoconciencia, se
autoorganizan y se rebelan contra el patriarcado del gallo que las viola. La
escena cumbre en que las gallinas se deciden, por fin, a desafiar al terror sexual-patriarcal
que imponía el gallo bailando frente a él, en subversiva coreografía y
cacareando “El violador eres tú”, en su momento me emocionó hasta la lágrima.
Al final de la cinta, las gallinas fueron felices y comieron lombrices.
Trabajaba
de becario en la universidad cuando en la cafetería de la facultad de Ciencias
Politicamente Correctas escuché un rumor, una de esas fake news que en el siglo anterior se les denominaba leyenda
urbana. Un pequeño grupo de estudiantes comentaban mientras degustaban unos
capuchinos que en la Reserva de la biodiversidad de los Picos de Europa se
refugiaba una tribu de cazadores recolectores que rendían culto al cine
antiguo. Recuerdo que los abordé con descaro sentándome en su mesa y que los
acribillé a preguntas sin poder sonsacarles nada más. Acudí raudo y emocionado a
ver a la Doctora Figueroa, decana de la Facultad, quien enfrió mi entusiasmo. Sí,
había escuchado aquellas “habladurías” en alguna ocasión, a las que calificó de
“folclore universitario”, y no les daba crédito. Es más, me trató de ceporro:
“A ver, Overton, ¿usted cree que con los millones de drones que sobrevuelan los
cielos, los satélites y Google Earth,
ya no habrían detectado a esa tribu ignota?” No di mi brazo a torcer, a pesar
de sus objeciones y le solicité que me dejara organizar una expedición, algo a
lo que se negó.
Pensé
que no necesitaba a Figueroa, ni el apoyo de mi Facultad ni a nadie más, yo
sólo emprendería la expedición. Durante meses recabé información sobre la
Reserva de la biodiversidad de los Picos de Europa. Esta reserva funcionaba
desde hacía más de un siglo y se había creado para preservar a los lobos,
urogallos, osos y demás fauna autóctona. Al principio se la denominó “Santuario
de la fauna salvaje”, término que me sorprendió, y no sólo por su brutal
especismo, si no, sobre todo, por el uso de una expresión de rancias y
castrantes connotaciones cristianas como era la palabra santuario, pues desde el advenimiento del NOW el cristianismo había
sido cancelado en todas sus denominaciones y sólo estaban permitidos el
neopaganismo, las creencias new age,
el budismo y el islam. Desde el principio el área de la reserva se declaró zona
vedada a la presencia humana y, si bien, en sus inicios podían internarse en
ella algunos biólogos con causa justificada, la presión animalista terminó
convirtiéndola desde hacía más de ochenta años en una zona prohibida para nuestra
especie. Desde entonces escaseaban las
noticias, era un agujero negro en un mapa, el triángulo de las Bermudas asturianu. Pequeños breves periodísticos
daban cuenta de las desapariciones de excursionistas perdidos, recolectores de
setas y amantes del misterio que se habían adentrado en el interior de la reserva
para no regresar jamás.
En
ocasiones la tecnología es tan sofisticada que se vuelve estúpida. Para
adentrarme en la reserva debía burlar las cámaras de control perimetral. Y lo
hice como lo haría un ladrón, amparándome en la noche, vistiendo de negro y con
el rostro tiznado, oculto con un paraguas verde, que me ayudaba a camuflarme
entre el follaje, y así impedí que las cámaras de reconocimiento facial me
identificasen. Con destreza corté las concertinas con una cizalla y penetré en
lo desconocido.
Trepé
peñas arriba y vagué durante siete días por la montaña sin hallar rastro alguno
de presencia humana. Ya estaba por desistir, con la convicción de haber sido
seducido por un mito, cuando me eché a descansar en un prado junto a un arroyo
rumoroso y cedí a la tentación de la siesta.
Una
patada me sacó de mi sueño. Lo que vi era aterrador y fascinante a la vez
–durante unos segundos pensé que se trataba de un sueño-, un grupo de hombres,
en taparrabos y armados con lanzas, me rodeaba. Sus rostros barbados eran
fieros, surcados por escarificaciones, lucían cabellos enmarañados que se
desparramaban sobre sus hombros. Con gestos bruscos me ordenaron que me pusiera
en pie, las lanzas me señalaban en un corro amenazante que se fue cerrando en
torno a mí. El más aguerrido y aterrador de los nativos presionó mi cuello con
su punta de lanza de pedernal hasta hacerme sangrar y dictó mi sentencia de
muerte: “¡La cagaste Burt Lancaster!”. Y en ese preciso en que iban a matarme, uno
de ellos, el que luego supe que era el chamán del grupo, elevó una estatuilla
dorada hacia el cielo ofrendando mi vida, fetiche que yo reconocí por haberlo
visto en un documental incluido en el máster de cine cancelado. Era una
reproducción del Óscar de la Academia de Hollywood. “Óscar”, dije; “¡Óscar,
Óscar, Óscar!” corearon a mi alrededor agitando sus lanzas y golpeando sus
pechos con los puños. No tengo dudas que
el reconocer la efigie me salvó la vida.
Me
llevaron, entre una algarabía de gritos indescriptibles, a su campamento
situado en una cuevona, cuya entrada se adornaba con calaveras clavadas en
estacas. En el interior aguardaban las mujeres. Mi mente de antropólogo
trabajaba rápido, pese al terror que aún sentía. Constaté con apenas un vistazo
la división de roles determinados en función del sexo: ellos cazadores, ellas
recolectoras, alfareras y encargadas de cuidar a la prole famélica. ¡Todo era
tan ancestral y políticamente incorrecto! ¡Un sueño húmedo para un antropólogo!
En un altar se exhibía otra reproducción del ídolo “Óscar”, sin duda el Dios
mayor de su panteón -su material era plástico y en su base llevaba inscrita la
leyenda Made in Taiwan-, junto a otros dioses menores: la palma de oro,
el César, el Bafta, el Oso de Berlín, el Razzie, el Gaudí, el premio Donostia y
un Goya, éste último un fetiche cabezón y grotesco, una muestra de arte
plástico del primitivismo más aberrante.
Me
acogieron como uno más en su tribu tras pasar el rito de iniciación que
consistía en reproducir, en francés y sin equivocación, un artículo sobre la nouvelle vague entresacado de un número
de Cahiers du cinema escrito por Godard, revista que
guardaban como una reliquia, todo ello mientras fumaba en pipa una picadura de
hierbas narcotizantes. Escarificaron mi
rostro y me tatuaron en la espalda la figura del león de la Metro. Me enseñaron a cazar cabras montesas y comí
otras muchas cosas impensables. Participé en sus rituales y practiqué el sexo
con ellos y ellas -negarme hubiera sido ofenderlos-. Documenté mi experiencia antropológica
mediante grabaciones y con anotaciones en mi dietario y dibujos en mi cuaderno
de campo. Para dotar de mayor dignidad a mi labor, me embutía en mi terno de
explorador modelo Coronel Tapioca, salacot incluido, mi particular totem.
Hablaban
un español arcaico y casi ininteligible; por ejemplo: había ellos y ellas, pero
no elles. Por las noches se agrupaban alrededor de una fogata que proyectaba
sombras fantasmagóricas en el vientre oscuro de la gruta –a la que dominaban Garganta profunda-. En torno al fuego, y
tras leer artículos de la revista “Fotogramas”, comenzaba lo que yo bauticé
como la ronda, en la que cada uno de
los miembros adultos recitaba las frases memorizadas de antiguos guiones de
cine cancelado. Era el momento cumbre de cada noche, el ritual que cohesionaba
identitariamente al grupo. El chamán se mantenía atento y golpeaba en la cabeza
con una vara de castaño a los individuos que se equivocaban en la recitación de
los salmos sagrados. Documenté las
siguientes oraciones:
“¡A
Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!”.
“¡Yo
soy Espartaco!”.
“He
cruzado océanos de tiempo para encontrarte”.
“Señora
Robinson, ¿me está seduciendo?”
“¡Hasta
el infinito y más allá!”.
“Podrán
quitarnos la vida, pero nunca podrán arrebatarnos la libertad”.
“Lo
llaman una Royale con queso”.
“Nadie
es perfecto”.
“Hakuna Matata”.
“Dar
cera, pulir cera”.
“Sayonara,
baby”.
“Me
encanta el olor a Napalm por la mañana”.
“Houston, tenemos un problema”.
“Yo
soy tu padre”.
“Siempre nos quedará París”.
“Le
haré una oferta que no podrá rechazar”.
“Esta noche cenaremos en el infierno”.
“¿Me
estás hablando a mí?”.
“Alégrame el día”.
“En ocasiones veo muertos”.
“Qué
la fuerza te acompañe”.
“Teléfono…Mi
casa…”
“Rosebud”.
“Bond,
James Bond”.
“¿Sabes
silbar, Steve? Solo tienes que juntar los labios y soplar”.
“¡Stella…Stella!”.
“¡Chencho!”
“Por favor,
Hal, abre las puertas”.
“Toto, tengo
la sensación de que ya no estamos en Kansas”.
“Sí, señorita Escarlata”.
“El mundo se
derrumba y nosotros nos enamoramos”.
“Lo
que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”.
“La
vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”.
“Todos
esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.
“Hagas
lo que hagas ámalo, como amabas la cabina del Cinema Paradiso”.
“¡Y también dos huevos duros!”.
El
significado profundo de aquel extraño ritual me fue desvelado al cabo de unos
meses por el chamán, custodio celoso de la memoria del clan. Según la
cosmogonía que me narró, al principio Óscar creó los cielos y la Tierra. La Tierra
estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían el haz del abismo, y Óscar dijo
¡hágase la luz! y aparecieron los hermanos Lumière y la luz se hizo a un ritmo
de veinticuatro destellos por segundo. Milenios después Óscar se enojó con los
humanos porque dejaron de adorarlo y apostataron de su culto en favor de otros
dioses llamados Netflix, HBO, Amazon prime video y Disney+. En castigo Óscar
decidió acabar con el espíritu crítico y el libre pensamiento en la especie
humana, lo que permitió que ocurriera la revolución de los ofendiditos que
desembocó en el NWO y el advenimiento woke y que trajo la cancelación del viejo
cine. Pero como Óscar, aunque es severo, es misericordioso, delegó en la Virgen
Paramount que se apareciera a los pocos creyentes con la misión de que resistieran,
señalándoles un castaño a cuyos pies estaba enterrado a un Metro Goldwyn Mayer
de profundidad un libro que los inspiraría acerca de lo que tenía que hacer las
pocas almas del rebaño cinéfilo que se mantenían fieles en su credo.
Obedecieron a Paramount y desenterraron el libro que se titulaba Farenheit 451,
una novela prohibida, que estudiaron y reinterpretaron con denuedo hasta
concluir que cada creyente debía memorizar todos los guiones de cine que fuera
capaz y todos ellos debían refugiarse en las montañas para evitar ser
perseguidos. Aquel núcleo de resistentes constituyó el génesis de la tribu. Con
el paso de una generación tras otra, la memoria oral se fue degradando y los
humanos-película apenas recordaban unas escasas frases emblemáticas de las cintas
memorizadas.
Mi
estancia entre la tribu fue una experiencia excitante y no exenta de penurias y
peligros. Pasé frío, hambre y me comieron los parásitos. Enfermé y casi muero
por falta de medicinas, lo más parecido a una atención médica que recibí fue la
del chamán que danzó a mi alrededor cubriendo su rostro con una máscara de un
tal José Luís Garci a la que tenía grapadas trozos de películas de treinta y
cinco milímetros y que sólo se la quitaba para fumar una pipa ritual y
expelerme el humo en mi jeta. No sé cómo pude sobrevivir.
Sabía que no me dejarían marchar, no correrían
el peligro de que delatara su existencia. Yo había estado muy atento a las
drogas que preparaban las féminas hierberas y las recolecté en secreto. Al
noveno mes de permanecer en la tribu, les anuncié que tenía una sorpresa para
ellos, primero les hice una infusión con las últimas bolsas de roibos que me
quedaban, pero en la segunda ronda les serví un cocimiento de belladona.
Aprovechando que estaban drogados pude escaparme de la gruta.
Me
doctoré cum laude en Antropología
Woke con mi tesis sobre la tribu cinéfila mientras penaba mis dos años de
cárcel por penetrar ilegalmente en el área 51 de los Picos de Europa. Obtuve la
plaza de catedrático, pese a provocar protestas de repudio y disturbios
estudiantiles, y tomé posesión de ella con un emotivo discurso en el que hice
una loa de la ruptura del techo de cristal al acceder al puesto, algo
inimaginable dada mi condición de hombre blanco y heterosexual.
El
Centro Nacional de Inteligencia creó un comité de seguimiento de la tribu,
nombrándome su asesor científico. Tras muchas deliberaciones, llegaron a la
conclusión de que los cinéfilos debían ser exterminados, pues constituían una
amenaza fascista intolerable y prepararon una expedición militar para
erradicarlos.
Traté
la cuestión con mi compañera –que sigue conmigo porque está alienada, sufre
síndrome de Estocolmo y ha creado unos vínculos emocionales tóxicos con su
agresor–; vamos, lo normal entre las personas que menstrúan que siguen unidas
inexplicablemente de manera sentimental y sexual a hombres, seres per se maltratadores, violadores y
asesinos en potencia. Ella me rogó que tratara de convencer al CNI para que no
los exterminaran, pero le dije que la decisión ya estaba tomada y que yo no
podía hacer nada para disuadirlos. Es más, les había propuesto que los
trasladaran a un complejo universitario donde permaneciesen encerrados en
calidad de cobayas al objeto de poder ser estudiados por un equipo
multidisciplinar científico que lideraría, pero no me hicieron caso. Ella, siempre tan sentimental, no entendía la
necesidad de masacrarlos y hasta me habló de Winston Smith, el más famoso de
los casos de individuos que, tras pasar por campos de reeducación, habían
podido reinsertarse en el NWO. Yo le dije que no eran casos equivalentes y que
los miembros de la tribu eran irrecuperables.
Entonces se le nubló el rostro y me espetó:
-Claro,
ahora lo entiendo, si los exterminan la única tesis sobre ellos será la que tú
has escrito y ningún otro antropólogo podrá venir después a enmendarte la
plana. Con ellos muertos te blindas académicamente.
-No
diré que no me conviene –admití.
-¿De
verdad no vas a intentar hacer algo por evitar que los maten? ¡Son seres
humanos!
-Francamente,
querida, me importa un bledo.