OBJETOS PERDIDOS
viernes, 27 de febrero de 2026
RESEÑA DE "EL EQUÍVOCO" DE AMELIA DE QUEROL OROZCO
jueves, 26 de febrero de 2026
EL EQUÍVOCO. EL EVANGELIO SEGÚN JUDAS DE NAZARET. PARTE I & II
¿Tenía Jesucristo un hermano gemelo?
Esta novela, que consta de dos partes, relata, en primera persona, la vida de Judas, personaje que aparece en textos canónicos y apócrifos como hermano gemelo de Jesús de Nazaret. Judas le cuenta al lector su propia historia y la de su familia, así como las circunstancias que rodearon la muerte del Mesías.
Tras el trágico acontecimiento de la crucifixión, el protagonista, movido por un impulso, tomará una decisión que tendrá consecuencias imprevisibles y cambiará el mundo para siempre.
La historia de Jesús, su familia y la aparición del cristianismo como no te la habían contado hasta ahora.
martes, 10 de febrero de 2026
"BALA PERDIDA" RELATO FINALISTA EN EL XIV CONCURSO RELATO BREVE DE CORNELLÀ DEL VALLÈS
BALA PERDIDA
Fue en el sanatorio mental donde escuché el chiste: “Le dijimos que no jugara a la ruleta rusa, pero le entró por un oído y le salió por el otro”. Cuando se malvive en un psiquiátrico cualquier actividad es lícita para que el tiempo pase liviano. Yo pintaba; ellos se emborrachaban con el alcohol que robaban de la farmacia, se peleaban a puñetazos, algunas veces, las menos, jugaban al ajedrez; pero, sobre todo, se dedicaban insultos y bromas pesadas y contaban chistes, que no por sabidos dejaban de hacerles reír, mostrando impúdicamente sus bocas grotescas y desdentadas, en lienzos efímeros de pesadilla. En los manicomios impera el humor negro, así que todos se rieron con el chascarrillo, todos menos yo. Entre carcajadas me daban manotazos a lo que quedaba de mi oreja izquierda.
Hui, como he hecho siempre. Me encerré en mi habitación, mi más vieja y querida costumbre; la decepción, la soledad, la estupidez, la crueldad, el sufrimiento son los otros, el infierno es el prójimo. Toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer en reposo en una habitación. Traté de pintar algo, pero no pude. Empuñar los pinceles era lo único que me calmaba. Si no sucumbí antes fue porque contaba con la pintura, pintar ha sido mi terapia, mi asidero, el clavo ardiente al que me agarré, mi obsesión, mi pasión y también mi cruz. Con la mano agarrotada al pincel y las fosas nasales ebrias de trementina, me dije que bastaba un solo y último acto de coraje para acabar con todo, para descontarme del mundo, que me era tan ajeno como aterrador. Una decisión feroz y luego la nada.
De todo se sale, hasta del averno, así que un día me dieron de alta en el sanatorio, aunque la idea de descerrajarme un tiro en la sien no me abandonó nunca -Paul Gachet, mi doctor denominaba a mi obsesión, ideación suicida-; y lo cierto es que desayunaba, comía y cenaba aquel plomo imaginario que vendría a ser como una bala mágica destinada a terminar con mi agonía, con aquella pertinaz angustia que nunca me abandonaba. Un suicida no quiere morir, pretende terminar con su sufrimiento y, desde luego, no aspira a llamar a la atención, tal y como afirman los imbéciles. Antes que la muerte sea apetecible, se debe haber apurado hasta la hez la copa del tormento, hasta el delirio, hasta el paroxismo, en mil noches de arrepentimiento, abismo e insomnio.
Dicen que mientras hay vida hay esperanza, ¿pero de qué vida me hablan? En la singladura de mi existencia mi derrota ha sido la derrota. Una sucesión patética de tristes acontecimientos. Sé que he sufrido mucho más que los demás, porque he sentido más que los otros, a los que nunca entendí ni me entendieron. Soy un extranjero con pasaporte único de un país invisible que no tiene más cartografía que la de mi alma. Siempre fui diferente, me hice las preguntas que los otros no se hicieron, mis preocupaciones, mis escasas alegrías y mis pasiones tuvieron un color distinto y hollaron otros senderos alternos. Busqué a Dios y solo hallé su silencio y a través del arte traté de alcanzar mi redención.
Es muy duro saberse distinto, ser una minoría de uno solo, tener la seguridad de que se es un genio y que nadie te lo reconozca, bien por incapacidad, desprecio o familiaridad. Si mi talento hubiese sido reconocido me habría sentido vindicado, conservaría la esperanza y las fuerzas para subsistir, podría declarar que yo tenía razón y que se equivocaban los que me humillaron. Pero soy un pintor fracasado que no vende ni un mísero cuadro, como soy un hombre fracasado.
No he conocido otra cosa que no fuese el menosprecio y la subestimación. Fui el hijo tonto, el pariente inútil, el raro, el zascandil, el bueno para nada, la oveja negra, la desgracia de la familia, el bala perdida. No logré abrirme paso en la lucha por la vida, ganarme mi lugar como hombre y tuve que soportar la mortificación de estar siempre mantenido, sujeto al albur de la condescendencia y la compasión de los demás, sobre todo de mi hermano menor que me sostuvo económicamente para humillación y laceración mía, sabiendo que le era una carga. Fueron ellos los que dictaminaron que yo estaba loco, es más fácil digerir a un enfermo que a un completo inútil. Y no, no estoy demente, al contrario, creo que soy el más lúcido de los hombres, aunque puede que la lucidez extrema no sea otra cosa que la suprema forma de locura.
Tampoco en el amor encontré el refugio que anhelaba. Mi timidez, mi inseguridad y mi miseria económica me hacían poco competitivo. Mientras otros hombres, a mi alrededor, más feos, más malvados y necios que yo se emparejaban, yo permanecía solo, preguntándome qué clase de mierda era que ninguna mujer se atrevía a mirarme. Así que hube de conformarme con lo que ya no quería nadie, con mujeres desahuciadas por la vida, con los despojos que dejaron pretéritas parejas repugnantes. Hembras con taras en el alma, cargadas de traumas, promiscuas o directamente prostitutas baratas. Mujeres que me desdeñaron, me manipularon, explotaron mi necesidad de cariño, me maltrataron y confundieron mi bondad con idiotez. Historias vergonzosas, sórdidas y vulgares, combustibles que ahondaron en mi complejo de inferioridad. Y entre un accidente y otro, entre un fracaso y otro: soledad, onanismo y autodesprecio. Una sonrisa, una palabra amable de cualquier muchacha, y yo, en mi patetismo, levantaba en mi imaginación castillos de naipes, fantasías de vida en común y plenitud que implosionaban al siguiente contacto. Ninguna me amó. Yo llevaba dentro una hoguera de amor, pero nadie se acercó jamás para calentarse.
Tan solo el arte me granjeó satisfacciones, transformé mi soledad en una fuerza creativa, pintar apaciguaba mi alma. Llegó un momento en que tuve conciencia de mi maestría, de poseer talento, de ser mejor que los otros artistas, de poseer un espíritu propio, de que la genialidad consistía en ver como yo veía el mundo y lo reflejaba en mis lienzos. Yo podía ser un fracasado, pero mi obra no lo era, mi obra me indultaría. Pero el arte, que debía encumbrarme, aún me hundió más en la depresión, cuando nadie logró, quiso o reconoció entenderlo, cuando se me ninguneó con saña hasta hacerme invisible. Soporté desdén, burlas, ostracismo e incomprensión. Llegué a dudar de mí mismo, ¿era un genio o simplemente un vanidoso? Trabajé como nunca, me despellejé los dedos sujetando los pinceles, hubo periodos en que pinté más de un cuadro al día, luché como un poseso por abrirme paso, por hacerme notar en el mundo, cada lienzo fue un grito desgarrador que brotaba de mi mente y de mi alma. Pero me estrellé una y otra vez, contra la noche estrellada, como un cuervo que se precipita contra un vidrio transparente, una y otra vez, e insiste, hasta que no es más que un despojo sanguinolento que, para asombro y contra todo pronóstico, aún se sostiene en el aire y sigue volando para volver a chocar contra un lienzo invisible en una danza obscena, era un trasunto miserable de Sísifo. Con mis obras quise expresar este dolor profundo, aunque todos vieron en ella nada más que colores radiantes.
Hace treinta horas reuní el valor suficiente y me despojé de la última brizna de esperanza que conservaba. La esperanza es una puta cabrona, una embustera que te promete y te hace fantasear con cosas que jamás van a ocurrir. Nada iba a cambiar, no había futuro, la vida no es más que una estafa. Suicidarme era lo más lúcido y piadoso que podía hacer por mí, iba a ahorrarme toneladas de sufrimiento, adelantar lo inexorable. Me hice con un revolver y decidí pegarme un tiro. Pero yo, fracasado entre los fracasados, fui tan inútil, tan lerdo, tan negado, que ni dispararme en la sien supe y el proyectil acabó alojándose en mi pecho, aún no sé cómo.
Mi hermano Theo ha venido para acompañarme en mi lecho. Lo que debía ser un desenlace rápido, es una larga agonía. La única satisfacción que me llevó es la de saber que no volveré a ser una carga ni una vergüenza para Theo. Yo, Vincent van Gohg, me dispongo a morir, y sé que solo hay algo más terrible que la muerte misma y es el morir sin redención. Ahora sé que desapareceré junto a mi obra en las brumas del anonimato, seré una hoja marchita con la que juega el viento del olvido, un pedazo de tristeza ignorada que durará para siempre.
martes, 3 de febrero de 2026
DEBATE EN EL CLUB DE LECTURA "BARRA LLIBRE" DE "LO ESCRITO PERMANECE"
El próximo once de febrero a las siete de la tarde participo en una sesión del club de lectura que organiza la librería "Barra llibre" de Sants (Barcelona ciudad). Los asistentes comentarán alguno de los relatos publicado en mi libro "Lo escrito permanece" (Ediciones Letraheridas).

lunes, 15 de diciembre de 2025
ÚLTIMO NÚMERO
Relato finalista en el II Concurso de microrelatos sobre Halloween "Umbral de las tinieblas"

