miércoles, 1 de febrero de 2017

BELÉN, 25 DE DICIEMBRE





-Buenas noches.
-Buenas noches.
-¿De dónde  viene usted?
-De la parte oriental.
-Me parece algo mágico que venga desde allí y que ellos se lo hayan permitido. Supongo que ha venido para ver al niño.
-Me interesa el niño y la madre, vengo a ver a toda la familia.
-Están en el establo. No he podido alojarlos en otro lugar, no dispongo de sitio en mi casa. Les he llevado mantas. Sé que no es lo más idóneo para un recién nacido, pero no puedo hacer otra cosa.
-¿El niño ha nacido en el establo?
-Sí, les acababa de instalar para que pasaran la noche, cuando ella se puso de parto, fue todo muy rápido.
-¿Por qué estaba esta familia, aquí, en Belén?
-El padre vino a arreglar no sé qué papeleo relacionado con el censo. Que se hiciera acompañar por la mujer en tan avanzado estado de gestación, es una temeridad, pero bueno, yo no me meto en asuntos familiares. Afortunadamente están todos bien. Les sorprendió la noche en Belén y dada la situación, ya se imagina el peligro que corrían, así que me ofrecí a acogerlos.
-Ha hecho bien, es usted un buen hombre. He visto a soldados judíos dirigiéndose hacia aquí. El cielo ya está extrañamente iluminado.
-La madre teme por la vida de su hijo, no sería la primera vez que los soldados realizan una matanza de criaturas inocentes.
-¿Puedo verlos ya?
-Sí, por favor, acompáñeme.

-¿Se puede? Este señor ha venido desde Jerusalén oriental para ver al niño.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
-Buenas noches.
-¡Qué niño tan bonito! ¿Cómo se va a llamar, Jesús, me imagino?
-¡Mohamed!
-Claro, claro, usted es el padre y puede ponerle al niño el nombre que quiera. Bien, ahora, agrúpense para la foto, que se vea bien al niño. Eso es. Ya está. Gracias.
-¿El mundo sabrá de nosotros?
-No lo dude. ¡Menuda crónica!  24 de diciembre: un joven matrimonio palestino –ella encinta- se ve atrapado en Belén por el toque de queda israelí. La mujer da a luz en un establo en desuso mientras las tropas invasoras incursionan en la ciudad bajo el fulgor de un cielo iluminado por las bengalas que arroja la aviación.

(Este relato obtuvo el tercer premio en el IV CERTAMEN DE RELATO BREVE "NAVIDAD SOLIDARIA organizado por la Biblioteca de Castilla-La Mancha).







viernes, 27 de enero de 2017

EL PERIODO MÁS DULCE





Era nueve de junio y ya deseaba con todas mis fuerzas que terminara aquel año aciago. Aquella era la idea que rebotaba en mi mente  al salir del centro de salud de mi localidad, todavía aturdido por la noticia. En marzo, Soraya, mi novia me había dejado y ahora me fulminaba aquel diagnóstico perpetuo: diabetes. Sí, ya sé que no era el fin del mundo, pero no dejaba de ser un mazazo; maldita la gracia que te dijesen que tienes una enfermedad crónica, que vas a tener que pincharte con insulina un par de veces al día y vigilar lo que comes, quitarte los dulces y que nunca, nunca jamás, podrás volver a vivir con la despreocupación con que lo hacías. Creo –si me permitís abusar de la autoindulgencia- que fue inevitable que cayese en una depresión. En ocasiones la vida se pone cabrona y parece querer aplastarte.

Pensé mucho en Soraya a lo largo de aquellas jornadas de desesperanza. Supongo que tan sólo hay una cosa peor a que te abandonen, que lo hagan cuando todavía sigues enamorado de tu pareja. Ella se lío con su jefe, circunstancia que lo hacía todo para mí aún más hiriente por lo que tenía de lugar común. Yo pensaba que Soraya sobresalía por encima de la gente, que anteponía los sentimientos y sus valores a lo material. Enterarme que ella había despreciado mi amor por la quincalla de la renta que un jefe vanidoso podía proporcionarle, que se había dejado seducir por la erótica de un poder mezquino de oficina, por el dios menor del estatus y el fetichismo del ascenso social; todo ello, me revolvió el estómago. Me equivoqué, Soraya no era diferente, su comportamiento tenía el rostro de las multitudes zafias; tuvo su oportunidad y la aprovechó sin titubeos, sacó a pasear una ética gregaria y acomodaticia y convirtió a su novio en alguien desechable.

Sostienen los pesimistas que cuando ves luz al final del túnel se trata de un tren mercancías que se dirige hacia ti a toda velocidad para rematarte. Pero lo cierto es que cuando se ha tocado fondo no quedan más salidas que sucumbir o enderezarse.

Deambulaba por el parque, una tarde, cuando una pedigüeña, sin dirigirme palabra alguna, tomó mi brazo con ademán enérgico y escudriñó la palma de mi mano antes de que yo pudiera oponerme. “Ha recibido dos golpes. Pero lo que sucede conviene”,  auguró con acento eslavo. Me sorprendió su vaticinio y durante unos segundos  me quedé anonadado. Recuerdo haberle entregado, con gesto mecánico, las monedas que llevaba en el bolsillo y, algo más tarde, sentirme asombrado y enojado a la vez. En una concesión al pensamiento mágico consideré si aquella mujer de aspecto casi harapiento podía haberme leído el alma en los surcos de mi mano. Y, si era así, ¿realmente lo que sucede conviene? ¿No hay mal que por bien no venga? Odiaba aquel refrán bandera de los fatalistas y los desgraciados, consuelo de los tontos. Tras devanarme la sesera con pensamientos semejantes, decidí enviar un mensaje a mi amiga Carol; en aquellos momentos necesitaba hablar con alguien.

Me cité con Carol en la terraza de un bar situado en el mismo parque, cerca de la glorieta y con vistas al estanque. Un par de cisnes vagaban sobre las aguas derrochando  una elegancia que sólo se encuentra en la naturaleza.  Las hojas derribadas por el otoño tapizaban los senderos de grava y, de tanto en tanto, la mano invisible de la brisa las alzaba y jugaba caprichosamente con ellas. Carol llegó con aquella luz en la sonrisa que solía acompañarle subrayando su presencia rubia y clara. Le conté lo bajo que todavía estaba de ánimos, reedité el recuerdo candente de Soraya y  le narré aquel extraño y incidente con la quiromántica. Carol se quedó mirándome muy seria desde el fondo de sus inmensos ojos verdes y me dijo que ya estaba bien de autocompadecerme, que era hora de tirar para adelante. Me dolieron sus palabras, pero me ayudaron.

Mi amiga tenía razón, la vida está llena de desgracias e injusticias, pero superarlas es vencerlas. Y aunque en ocasiones me sentía enfermo de soledad y sin fuerzas para recuperar mi vida, la idea de que debía hacerlo se fue imponiendo en mi conciencia. Debía dejar atrás aquel periodo amargo.

La víspera del día de Todos los Santos entré por vez primer en la herboristería de mi barrio. Con anterioridad me había detenido muchas veces frente a su vitrina seducido por las fragancias densas que despedía la tienda, pero no fue hasta ese día en que crucé su umbral. Me sorprendió encontrarme con una chica joven y bonita. Tenía la idea de que las herboristerías eran regentadas siempre por señoras mayores con los cabellos teñidos con colores que la naturaleza no ofrece, equipadas con ideas extravagantes acerca de la salud y una palpable inclinación al esoterismo. Le pedí doscientos gramos de hojas de stevia y ella me las sirvió con una sonrisa encantadora.

Me convertí en un cliente asiduo de la herboristería. Compraba más stevia de la que consumía con tal de poderme regalar con las sonrisas de Isabel, que así se llamaba la dependienta. Y aunque su belleza  era serena y, para nada despampanante, y era bajita y menuda, empecé a considerar que era la mujer más hermosa del mundo. Me hechizaba su dulzura, su calidez y lo buena persona que se adivinaba, sobre todo, cuando asesoraba, con una paciencia tenaz y compasiva, a las viejas seniles que tenía por clientas. Sí, me estaba enamorando de ella, pero mi timidez congénita me impedía hacérselo saber más allá de corresponderle en las sonrisas. Cuando regresaba a mi casa, con mi pedido de hojas resguardado en el consabido paquetito de papel de estraza, envuelto con sus manos delicadas y diligentes, me reprochaba a mí mismo que me comportara como un colegial lelo: “¿Ya te cuelas por una chica y fantaseas con su amor, simplemente porque es amable contigo y te sonríe? ¿Qué será lo próximo, enamorarte de la cajera del supermercado? ¡Seguro que tiene novio!”, me decía para apartarla de mi pensamiento, tarea imposible.

Hubiera podido estar años sin decirle nada, más allá de indicarle el peso de la mercancía y hablarle de mi diabetes –solía interesarse por la evolución de mi enfermedad, para mi desconcierto-, si no fuera porque a los nueve meses de entrar por primera vez en la herboristería me tropecé a Isabel en la cola de un cine de los llamados antiguamente de “arte y ensayo” en el que proyectaban una película francesa en versión original subtitulada protagonizada por Isabelle Huppert, actriz por la que ambos sentíamos devoción.  Como los dos íbamos solos, nos sentamos juntos en la platea. Tras la proyección fuimos a tetería que funcionaba como chill out y cerraba tarde, allí sentados sobre cojines charlamos largo rato. Mi yerbera favorita me explicó que por las mañanas estudiaba enfermería, por eso, en ocasiones, no me la encontraba despachando en la tienda y sí, a su madre. Como yo vinculaba la herboristería a las medicinas tradicionales, me sorprendió que cursara estudios reglados. A lo que ella dijo: “No hay una medicina convencional y otra alternativa. Sólo hay una medicina: la que cura”. Sin embargo, lo que más me interesó –y me alegró- fue saber es que no tenía novio. Lo había tenido, pero el tipo le había puesto los cuernos con su mejor amiga mientras Isabel estaba en la isla de Lesbos realizando tareas humanitarias en auxilio de los refugiados sirios.

 

-Hacía bromas conmigo –me confesó Isabel-, me decía: a ver si te gusta y te vuelves lesbiana. Me enviaba mensajitos de amor mientras se tiraba a la que era mi mejor amiga.  Iba a estar a fuera tan sólo tres meses, no fue capaz de serme fiel ni siquiera tres meses. ¿Y sabes que es lo que más me molesta?

-No.

-Haberme equivocado tanto, que todo haya sido tan vulgar.

-Lo siento.

-Déjalo. Lo que sucede conviene. Creo que mi amor no se merecía a un tipo infiel y mentiroso. Es mejor así. Agradezco que se me haya caído la venda antes que más tarde.

-Perdona, pero ese tipo es un idiota, no te merecía en absoluto –me delaté con torpeza.

 

Ella se quedó un segundo mirándome sorprendida a causa de la vehemencia con que había disparado la frase. Se llevó la taza de rooibos a los labios, probó un sorbo y luego me sonrió, pero, esta vez, con un destello pícaro en sus pupilas.

 

-¡Qué chico tan dulce eres!

-Es que soy diabético, me sobra el azúcar –. Se echó a reír.

 

A partir de aquella velada acudí todas las tardes a la herboristería. Ya no me molestaba en disimular que acudía a comprar, iba a verla, a charlar con Isabel. A mi amiga parecía darle un brinco el corazón cada vez que me veía poner los pies en la tienda, salía de detrás del mostrador e, invariablemente, me besaba en las mejillas. Entre cliente y cliente conversábamos acerca de lo divino y lo humano, tanteándonos, conociéndonos.

 

Como Isabel era cinéfila, nos citamos varias veces para ir al cine. Íbamos a las sesiones llamadas “golfas” después de que ella cerrara la herboristería. En una de aquellas noches asistíamos al pase de una película iraní lenta y soporífera, llevábamos veinte minutos concentrados en leer los subtítulos, hasta que, incapaz de aguantar más, me dirigí a mi amiga y le dije: “Esto es un rollo macabeo”. Me contestó: “Pienso lo mismo” y no pudimos reprimir la carcajada, pese a los ruegos malhumorados de un par de  espectadores que nos exigieron silencio desde la penumbra. Entonces, de repente, se nos congeló la risa y nos besamos. Acababa de entrar en el periodo más dulce de mi vida.

 

¿Lo que sucede conviene? No siempre, pero creo que los milagros cotidianos existen, basta con reconocer la sonrisa del destino.

 

(Este relato quedó finalista en el certamen "Relats d'amor" de los Premis Constantí 2016)





miércoles, 19 de octubre de 2016

TOURIST TOUR




Era el plato fuerte del paquete vacacional: la visita al parque de las secuoyas gigantes en California. Mientras los turistas proferían exclamaciones de admiración ante la grandiosidad y belleza de los árboles; el turista escandinavo, directivo de una conocida multinacional, sólo veía miles de muebles con nombres suecos.



"Tourist tour" ha quedado finalista en el III concurso de Microrrelatos Guerreros Solidarios y aparecerá, juntamente a los tres ganadores y a los catorce finalistas restantes, en un libro editado por Mundopalabras cuyos beneficios se dedicarán a la investigación de una de las llamadas enfermedades raras, la Tay-Sachs.

SALVAVIDAS DE PAPEL: BOOKTRAILER

Contundente y emotivo

https://youtu.be/UxgDuvfEPbo

sábado, 1 de octubre de 2016

Somos un grupo de once escritores (gente sencilla con blogs y libros auto publicados) que intentamos ayudar a la increíble tarea de la ONG Proactiva Open Arms.
Hemos publicado una recopilación de relatos y poemas de temática variada en Amazon.
https://www.amazon.es/Salvavidas-Pa…/…/ref=tmm_kin_swatch_0…

El diseño de portada fue un regalo de Eduardo Velasco .
Cuyos beneficios van íntegramente a esta ONG.
Acompáñanos en esta aventura adquiriendo el e-book o el libro en papel. Gracias por poner tu hombro ante esta desgracia.

viernes, 1 de abril de 2016

PODEMOS Y OTROS RELATOS INDIGNADOS

http://www.amazon.es/Podemos-y-otros-relatos-indignados/dp/1505677890/ este es el enlace para comprarlo en ambas versiones

Aquí os dejo la reseña que he escrito para la portadilla del libro que se puede adquiri en Amazon en su doble versión digital y en papel:

"El autor de este libro siempre ha estado preocupado por los problemas sociales y políticos que aquejan a nuestro mundo; fruto de esta inquietud nace el presente libro, una recopilación de textos escritos a lo largo de los últimos años y que, sólo ahora, salen a la luz como una modesta reflexión y respuesta a la situación económica y social por la que atraviesa la España actual. En el cuento que da título a la obra y en los quince relatos que le siguen, el lector encontrará diversos textos sobre temática variada: solidaridad entendida como solución y no como caridad, la utilización del miedo por parte del poder, el racismo, la violencia empresarial estructural, la poder político al servicio del poder económico, la lucha de clases, la globalización, la ciencia al servicio del mercado o la naturaleza de las guerras imperialistas. Textos de denuncia que conviven en el libro con sátiras más ligeras que, aunque sin olvidar el acento social, priman en ella el sentido del humor a modo de contrapunto. Así, desde el humor, se tienen que entender –creo- relatos como “En compañía de la pantera rosa”, “Él”, “¡Qué bello es viajar en autocar!”, “Responsabilidad social corporativa”, “Una de piratas” y “Limpiando con F.A.Y.R.I.”. Por último señalar que el relato “Instituto Casandra” resultó ganador en el V cibercertamen de literatura breve Hipatia de Alejandria".

miércoles, 9 de marzo de 2016

¡AY, TU MADRE!




¡AY, TU MADRE!

-¡O el porno o yo! –profirió la esposa la amenaza en un tono de voz terrible,  acompañando el anuncio con sus manos crispadas como garras de gárgola.
-Pero… mujer.
-Ni peros ni leches –el marido pensó que su mujer estaba realmente decidida a dejarle, jamás pronunciaba tacos.
-Sí, reconozco que es una debilidad que tengo. Pero yo te soy fiel y te quiero. ¿Qué te molestará a ti que tenga unos cuantos vídeos?
-¿Sabes lo humillada que me siento? Pienso que me comparas con esas guarras en tus fantasías libidinosas. Me he entregado a ti como mujer y como esposa, ¿es que no tienes bastante? ¿Qué más necesitas? ¿Quieres que me convierta en una prostituta para saciar tu morbo malsano? Eso te gustaría, ¿verdad? ver como otros hombres me fornican, ¿verme chapoteando en fluidos orgánicos?
-No digas tonterías. Sacas las cosas de sitio. No tiene tanta importancia.
-Me iré de casa, te lo juro; el porno o yo. He hablado con mamá y ella me apoya en mi decisión.
-¿Por qué tienes siempre que involucrar a tu madre en nuestras cosas? –le replicó el marido molesto.
-Tú sabes que he recibido una estricta educación protestante –“el que tendría que protestar soy yo por lo estrecha que eres”, pensó el hombre-, no soy una mujerzuela, no puedo soportar la sola idea de que mi casa albergue esa basura. Esas putas, esas bestias, esas mujeres demoníacas realizando esas porquerías; sólo de pensar que te puedes excitar viéndolas, me repugna hasta lo más profundo de mi alma. Tendrías que santificar nuestro hogar y lo ensucias y embruteces con pornografía.
-Vale, vale, hoy mismo me deshago de mi colección de vídeos.

Dos horas después de la discusión, el hombre –que siempre cedía a las pretensiones de su esposa- llenaba una caja con su extensa colección de vídeos pornográficos. Con nostalgia, con genuino apego de coleccionista, iba repasando los títulos, rememorando las buenas sesiones de onanismo que le habían proporcionado, incluso, y especialmente, durante su frustrante matrimonio. Violeta, su mujer, consideraba que el sexo era algo sucio, repulsivo y pecaminoso. Ella le racaneaba el momento de hacer el amor –sus jaquecas eran proverbiales- y cuando accedía, lo realizaban siempre con la luz apagada. En cinco años de matrimonio no había conseguido verla desnuda, y, por supuesto, ni hablar de relaciones prematrimoniales. El marido encontraba una relación directa entre sus aficiones masturbatorias y su pornofilia con la mojigatería y frialdad de sus coitos maritales, copular con una momia recién desenterrada de una catacumba seguro que era más excitante que hacerlo con su mujer.

Claro, que una cosa era expatriar los vídeos y otra muy distinta renunciar a los placeres que proporciona al voyeur el universo digital. No había pasado ni un mes desde que Mariano –que así se llamaba el marido- se hubo deshecho de su colección de vídeos, que ya se aprestaba a grabar, con clandestinidad y alevosía, películas equis bajadas de internet en un disco duro externo. Para evitar la fiscalización inquisitorial de Violeta, el hombre rebautizaba los títulos porno con otros de cine clásico; así, “Casting para primerizas cachondas” pasó a denominarse “¡Qué bello es vivir!”, “Felpudas y tetudas” por “¡El triángulo de las Bermudas”, “Pétame el bul” por “Ben-Hur”; “Más adentro” por “Mar adentro”, “La guarra de las galaxias” por “Star Wars”; “Taradas con vulvas extrañas” por “Taras Bulba”;  etc. Además, en el disco duro externo alojó la joya de la corona de su colección: un vídeo casero grabado con un minicámara camuflada en el armario, en el que aparecían él y su mujer en la cama, rodados con lente de visión nocturna; grabación a la que inscribió como “Casablanca”.

Al mes de haber llenado el disco duro de películas sicalípticas y cuando se proponía a rellenar un segundo dispositivo, Violeta le telefoneó al trabajo:

-Cariño, ¿sabías que mamá lleva tres días sin salir de casa?

¿Para eso le llamaba al trabajo, para explicarle tonterías acerca de suegra insoportable?:

-¿Y eso, cari?
-Se hizo un esguince y se lo han enyesado.
-Pobre. Dale recuerdos.
-No me ha llamado antes porque no me quería preocupar, pero hoy no ha podido evitarlo, dice que se aburre. He ido a verla.
-Bien hecho, reina.
-Para que se entretenga, me he llevado el disco duro ese donde guardas películas clásicas. Mamá me ha dicho que está loca por volver a ver Casablanca.

(Cuento publicado en la antología "Natalie y otros relatos eróticos", editado por Donbuk)