lunes, 22 de enero de 2018

VENCIDO





El hombre levanta la vista de los pliegos que sostiene. Le envuelve la celda mugrienta de muros de revoque roído. En las paredes, escritas con caligrafía grotesca; obscenidades, juramentos y blasfemias y largas cuentas garabateadas por reos anónimos que consignan los días que les restan de condena. A veces, en el ocaso, el paseo de una cucaracha sobre los muros quiebra la monotonía. Todo es tan mezquino que hasta la luz que se filtra por el ventanuco parece impura. El hombre halla un regusto amargo de repetición en la miseria que le rodea. Otra pena más, un presidio distinto y una celda semejante.

Tiene cincuenta años, está cansado y vuelve a estar preso. Unas cuentas turbias con el fisco le han conducido a prisión. Él, que sirvió al Rey con gallardía, que fue herido y mutilado en el combate contra el turco, secuestrado por piratas, cautivo en Argel; recibe el presidio por pago a sus servicios,.

El hombre se saca del jubón raído la carta que le ha dirigido el Rey en respuesta a su segunda petición solicitando un cargo en las Indias. El billete es de hace quince años y está casi deshecho, lo relee: “Busque por acá en qué se le haga merced”, le responde el monarca, el dueño del mundo.
El hombre, que siempre ha colocado el honor por delante del dinero, creía que el que resiste vence y que incluso los que sucumben son dignos de elogio si lo hacen con honra como lo hicieron los hijos de Numancia. Sin embargo, se siente, en la hora triste del desamparo, ahíto de amargura, vencido sin remedio, más versado en desdichas que en versos.  Sus ideales de juventud yacen malheridos víctimas de la violencia de la vida. La ingratitud, la mezquindad, las envidias, toda la coalición de miserias de su injusta España le han desangrado el alma. La patria entera es un inmenso solar cuyos muros se desmoronan. Pícaros que sobreviven gracias al engaño, hidalgos empobrecidos, conversos marginados, caravanas de presos enviados a galeras; miserables, desheredados; hambre, injusticia, enfermedad, piojos y chinches. Mientras los nobles y los burgueses de cuellos engolados, enriquecidos y soberbios, observan y desprecian a la plebe que bulle y sufre en su penar diario. No hay en que creer, ni siquiera en una Iglesia tan descorazonadora como profana en sus prácticas, aunque se engalane con un ramillete de santos, místicos y ascetas. España martillo de herejes. Qué importa que los galeones arriben de las Indias cargados de oro y plata, nunca será bastante para saciar la codicia de los poderosos y las deudas contraídas, el país es un pozo de corrupción sin fondo.

El hombre permanece solo en el calabozo sabiendo que pronto arrojarán otro reo a su celda, otro convicto culpable de pobreza y de hambre. Hace dos días murió en sus brazos un joven, apenas un chiquillo, cuyo nombre era Alonso Quijano, condenado por sustraer un puerco de la finca de un marqués, con el propósito de alimentar a sus padres enfermos. El desgraciado falleció a causa de alguna enfermedad pulmonar. Su respiración era un silbido hondo, prolongado y macabro, interrumpida por esputos de sangre. Los presos veteranos saben que no conviene demorarse en los duelos, así que Don Miguel ha aprovechado su efímera soledad para pergeñar unas líneas de una novela que ha engendrado mientras purga su pena en la Cárcel Real de Sevilla.

¿Por qué escribir? se pregunta el autor. ¿Acaso emborronar unos cuantos papeles puede devolverle la libertad y restituir su buen nombre mancillado por la condena? Escribir porque es lo único que le sosiega frente a las adversidades de la vida. Él, que se le ha dado contemplar más de un exorcismo, compara el acto de escribir con expulsar sus propios demonios. Escribir es lo único a lo que puede aferrarse para no capitular.

Escribir. Todavía aspira a conseguir un magro salario con sus letras, así que sus historias han de gustar al público. La visión que se reitera en su imaginación desde hace semanas, como un sueño recurrente, es la de un personaje, un hombre de su misma edad, un hidalgo cincuentón devoto de los libros de caballería que se pasa las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y  que así, del poco dormir y del mucho leer, se le ha secado el cerebro y ha perdido el juicio hasta el punto de creerse –bajo el resplandor de la lumbre de su locura- caballero andante.  La idea es simple: poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballería. Esa literatura amada por el vulgo, esos librotes manoseados que ha hojeado y leído gracias a la cortesía de algún comensal mientras aguardaba a que le sirvieran la cena en rudos mesones. Será una novela humorística. Un loco que recorre la Mancha disfrazado de caballero a lomos de un viejo rocín, asistido por un fiel, simple, glotón y prosaico escudero. Don Quijote, que es el nombre que adoptará el protagonista de su novela para acometer sus hazañas, también conocido como el Caballero de la Triste Figura, se hará armar en la orden de la caballería en una venta que él confunde con un castillo, batallará contra molinos a los que tomará por gigantes y se prestará a desfacer entuertos siguiendo el código de honor de los caballeros, no consiguiendo otra cosa que el ser apaleado en numerosas peripecias. También rendirá culto a su amada: Aldonza Lorenzo, una moza con la mejor mano de la Mancha a la hora de salar cerdos, a la que toma por poco menos que por una princesa y a la que rebautizará con el sonoro nombre de Dulcinea del Toboso.

Como una criatura gigantesca, una araña que desenvuelve un inmenso hilo, el hidalgo cabalga y lo que se va cociendo en la imaginación del escribiente comienza a trascender la simple chanza y la ocurrente parodia. El autor va comprendiendo las posibilidades y el alcance del argumento que hilvana. Los ideales caballerescos de Don Quijote, su derroche de valor, sentido de la justicia y culto a la belleza, se estrellarán contra la realidad bronca e ingrata, levantando un auto de fe en el que arderán todos los vicios de su época. ¡Cuán extraña ventura hallar virtud en la derrota, descubrir heroísmo en el fracaso! Don Quijote crece a medida en que el autor labra su obra. Y el loco hace de su desvarío un alegato de lucidez extrema, por lo que el hidalgo se agiganta hasta representar lo más generoso e íntegro del ser humano. Y es así como Don Miguel de Cervantes y Saavedra comprende, en la penuria de su celda, que él es también Don Quijote de la Mancha; ligados ambos, autor y personaje, cuerdo y loco, por una relación paterno filial, uncidos por el yugo de una misma derrota.
El ocaso embadurna de tinieblas la mazmorra. Cervantes reniega y enciende una vela; suspira, moja la pluma en el tintero y escribe: En un lugar de la Mancha…



(Este relato quedó finalista en el V Concurso de Relato Breve de Cornellá).


viernes, 15 de diciembre de 2017

NO NOS PODEMOS QUEJAR


A una remota república de nombre impronunciable enviaron a un relator comisionado por un observatorio de los Derechos Humanos. Se rumoreaba, a tenor de las pocas noticias que llegaban de aquel país, que se producía una constante e intensa violación de los Derechos políticos y sociales. El relator, con el propósito de documentar los abusos, entrevistó a numerosas paisanos quienes invariablemente respondían: “no nos podemos quejar”, cuando eran preguntados acerca de la labor de su gobierno o sobre sus condiciones de vida. En todas las casas lucía una fotografía del presidente de la nación y en todos los balcones tremolaba la bandera del Estado.

Convencido de la conformidad de la población con el gobierno y de que en aquel país no se producía una violación significativa de los Derechos Humanos, el relator se relajó y reservó el último día de su misión para hacer turismo. En un parque, a los pies de una estatua ecuestre de un ilustre espadón, yacía un hombre muerto, tiroteado, orlado su rostro por un charco de sangre oscura. Un pequeño corrillo de curiosos parecía velar al cadáver.
 
-¿Quién es? –preguntó el relator.
-Uno, uno más –respondió con indiferencia un señor con mostacho.
-¿Por qué lo han matado? –insistió el relator.
Los presentes bajaron la cabeza, desviaron la mirada y un ensordecedor silencio se apoderó del parque, hasta los pájaros dejaron de piar. El miedo era palpable y viscoso.
-Este… -se atrevió a hablar un jovenzuelo imberbe-, se quejó.

(Texto finalista en el IV Concurso de micorrelatos "Escribir por derechos" organizado por Amnistia Internacional de Madrid y dedicado  a la libertad de expresión).

https://twitter.com/amnistiamadrid/status/941013434983792640

domingo, 29 de octubre de 2017

MY PRIVATE BARETO

Yo soy muy de baretos. El bar ha sido, a la vez, mi universidad y mi parque de atracciones. Un día mi mujer, a la que quiero con locura, me dijo que estaba hasta el moño de ver cómo me pasaba las tardes y las noches en la tasca y regresaba entonado, así que me planteó un ultimátum: “El bar o yo”. Si me hubiera dicho: ¿qué brazo quieres que te corte? ¿el derecho o el izquierdo? no me hubiera dolido tanto. Desesperado traté de hallar la solución al problema sin renunciar a lo uno ni a la otra. Y como la necesidad agudiza el ingenio, enseguida llegué a una síntesis satisfactoria. En el cobertizo anexo a mi casa, que hasta entonces se empleaba como trastero, instalé mi bar privado, así la parienta ya no tendría motivos para reprocharme que me ausentaba de casa para irme a empinar el codo.

Siempre he sido un tío manitas y deje el bar niquelao. Tenía de todo: barra, aseos, taburetes, neveras, grifos de cerveza, caja registradora, máquina tragaperras, anaqueles con botellas de licores con etiquetas amarillentas, una bola de cristalitos discotequera y hasta un jamón con chorreras colgando del techo. No instalé máquina de cafés ni plancha, pasando.

Huelga decir que disfruté como un descosido de mi bareto durante los primeros meses de su existencia. Apenas regresaba de mi trabajo, me metía en mi bar particular y me ponía ciego de cervezas y otras bebidas espirituosas. Sin embargo, enseguida noté que faltaba algo para que la felicidad fuera completa: faltaba el ambiente. Instalé una televisión para ver y comentar conmigo mismo los partidos de fútbol, pero no fue suficiente. Para que hubiese color, desarrollé una personalidad doble, merengue y culé respectivamente. Al calor de la rivalidad futbolística discutía y me vacilaba a mí mismo y un día llegué a las manos y me pegué un puñetazo en un ojo.

Lo de la personalidad doble estuvo bien, pero tampoco me bastó. Lo siguiente fue inventarme un barman y unos clientes habituales imaginarios con los que relacionarme y mantener tertulias de bareto. Mi mente enferma llegó a recrear a un chino, que sólo hacía que jugar a la tragaperras y un cuñado taxista, un bocazas insufrible con el que discutía acerca de todo, voz en grito.

Al principio la relación con el público habitual y el barman fue buena. Ya saben, la camaradería típica de los bares –esos templos de la masculinidad-, el entrar por la puerta y ese amigote recibiéndote regocijado: “¡Pichaaa!”. Ese camarero que te sirve la copa que siempre tomas sin necesidad de pedírsela. Esas charlas interminables en tertulia española –a gritos e interrumpiéndose los unos a los otros- con ese vacileo unánime de listillos. Ese griterío, esas frases rebozadas de tacos y exabruptos, esos abrazos, esas rondas que corren, esos chistes guarros, esa exaltación de la amistad que se produce tras la tercera copa. ¡Qué gozada!

Todo iba perfecto, el mío era el bareto soñado, aunque sin saber muy bien porqué el ambiente comenzó a enrarecerse. De las amenas e inofensivas broncas de bar surgieron rencillas con algunos de los parroquianos. Destaco la trifulca que tuve con uno de los clientes macarras –no hay bar sin macarra, es su hábitat natural-: Yo andaba una tarde pasado de copas y al fulano, que es un paranoico, le dio por decir que le hacía ojitos a su novia y que me iba a partir la jeta. La acusación me enervó, así que le contesté:

-¿Pero qué dices, payaso? Si tu novia es más fea que mandar a la abuela a comprar costo. Es tan fea que sólo le guiñan el ojo los francotiradores. ¿Cómo coño voy a mirarla?
-¡Borracho! –me soltó el callo.
-Sí, pero a mí se me pasa mañana.

Fue dejar caer la última frase y el macarra y yo nos liamos a hostias. La cosa acabó cuando le partí una botella de cerveza en la cabeza, aún se advierte la cicatriz en mi cráneo.

Problemas con la clientela aparte, también el barman comenzó a mosquearse conmigo con una sucesión de puyas que fueron en aumento. Un día el camarero me acusó de mangarle la prensa, otro de usar demasiado el baño – “A cagar te vas a tu casa”, me soltó, luego me prohibió que entrara con mi perro en el bar y, por último, alegó que le había hecho un simpa, cosa falsa de toda falsedad. El tío mamón juraba y perjuraba que un día me bebí no sé cuántos quintos y que cuando me reclamó su importe, yo le vacilé diciéndole. “Los quintos que rompan filas”. ¡Mentira cochina! Un día aciago me ordenó con muy malos modos que bajara la voz y me llamó “borracho tocacojones”, amenazándome con echarme del bar. “No tienes huevos”, le reté, pero lo cierto es que me echó a patadas. No me arredré. Me presenté al otro día en mi bareto, más chulo que un ocho y le solicité que me pusiera un destornillador (vodka con naranja) y el tío me metió un destornillador de estrella hasta la garganta. Denuncié a mi alter ego en el Juzgado, al que solicité una orden de alejamiento de mí mismo, pero el Juez archivó la denuncia. ¡Puta Justicia corrupta!

Como podéis ver no ganaba para broncas baretiles. Mi mujer se hartó y me dijo que me apuntara a un grupo de alcohólicos anónimos y que buscara ayuda psicológica. Le hice caso. Acudí a un par de reuniones, pero el grupo de alcohólicos anónimos –sería más honesto llamarlos borrachos conocidos- me pareció una puta mierda y lo dejé. Aquella gente estaba loca, en su obsesión malsana por querer apartarse de la priva, estaban dispuestos a renunciar a los bares, algo que se me antojaba inconcebible. Soy de la opinión que la civilización empezó cuando el hombre salió de las cavernas y se metió en las tabernas. Decepcionada conmigo, mi parienta me abandonó. Aquello fue un duro golpe para mí, así que me refugie en mi bar como nunca. Las broncas cesaron, todos los tíos se ponían en mi piel y me daban palmaditas en la espalda y un menda, que es un el fondo un sentimental, en agradecimiento les pagaba rondas y cuando estábamos bolingas cantábamos todos juntos, “Asturias, patria querida”, “Nos han dejado solos a los de Tudela y por eso cantamos de cualquier manera” y “Clavelitos”. El barman, hechas las paces conmigo, me escuchaba narrar durante horas interminables mis penas de amor con gesto impertérrito mientras secaba vasos.

Comencé a beber para olvidar y, al final, me olvidé de ir a trabajar y hasta de donde había puesto mi bar privado. Un día vinieron los loqueros a buscarme y me llevaron al manicomio. La terapia que me aplicaron fue agresiva: Duchas frías, celdas acolchadas, aislamiento, píldoras que te dejan grogui, camisas de fuerza, electroshocks, lobotomía. Reconozco que las pasé canutas, pero me curaron. Ya no tengo personalidad múltiple.

Regresé a mi casa y regresé a mi bar. El barman y los habituales seguían allí como siempre, hasta el chino que arrojaba monedas a la tragaperras. Yo les conté mis quebrantos y ellos los suyos. El dueño del bar me dijo que la crisis había sido muy dura, que aquello ya no era negocio y que lo había puesto en traspaso. Yo le confesé, algo avergonzado, que ya no bebía, que en psiquiátrico me habían desintoxicado. El camarero no reprochó mi debilidad, se limitó a servirme una cerveza sin alcohol y a llamarme “desertor”, “maricón” y otras lindezas parecidas. No me enfadé, lo importante para mí era regresar a mi hogar, disfrutar de mi bar y de su ambiente.

Ahora mi bar privado lo llevan unos chinos. Me llevo bien con ellos, no les entiendo una mierda cuando hablan ni ellos a mí, pero me llevo bien. Han bajado los precios de las consumiciones; el quinto sale a un “eulo” y te dan una tapa.

(Este relato fue el ganador del XV Concurso de Relato Corto "El coloquio de los perros").

miércoles, 25 de octubre de 2017

RESEÑA DE LA VANGUARDIA

Narrativa

Un cuento inspirado en 'El Quijote' gana el cibercertamen de relatos feministas Hypatia

  • 239 relatos, en catalán y castellano, han participado en la novena edición de premio de la asociación ANIM
Un cuento inspirado en 'El Quijote' gana el cibercertamen de relatos feministas Hypatia
Héctor Olivera. (CEDIDA / Amelia de Querol Orozco / ANIM)


'Carta a Dulcinea', un relato de Héctor Daniel Olivera Campos ha ganado el cibercertamen Hipatia de Alejandría de Literatura Breve de relatos sobre feminismo, organizado por la asociación ANIM de Lleida.

El cuento está inspirado en El Quijote de Miguel de Cervantes, y trata sobre un ficticio pasaje en el que el ingenioso hidalgo manchego se ofrece a su amada, a través de su escudero Sancho, para liberarla de los malos tratos que recibe de su marido, ha informado la asociación, este miércoles, en un comunicado.

Héctor Daniel Olivera Campos (Barcelona 1965), trabajador de la administración local de Barberà del Vallès, ha ganado el Cibercertamen literario Hipatia de Alejandría por segunda vez; en 2013, año en el que el tema elegido fue el miedo, lo hizo con 'Instituto Casandra'.

El autor ha recibido el primer premio también en el Primer Concurso de Microrrelatos ELACT (Encuentro Literario de Autores de Cartagena), con el microrrelato "Susceptibilidades" (2013), el III Certamen de Microrrelatos de Historia "Francisco Gijón" con el microrrelato "Amnesia" (2015), el XI Premio Saigón de Literatura 2017 con el micorrelato "Sabotaje" y el XV Premio de Relato Corto "El coloquio de los perros" 2017 con el relato "My private bareto".

El cibercertamen de relatos Hypatia de Lleida, de ANIM, tiene 300 euros de premio y busca la reflexión sobre temas que preocupan a la sociedad, este año ha elegido el feminismo.

'El muro de enfrente'de la periodista y escritora Saro Díaz Monroy y 'La calle sin nombre', de Laura Delgado González han sido los relatos finalistas en la novena edición del cibercertamen de relatos de ANIM, en la que han participado 239 trabajos en catalán y castellano.

ANIM tiene un club de lectura en el que sus socios se reúnen cada mes para analizar un libro. En la próxima cita, el 10 de noviembre, comentarán ‘La novia francesa de Ho Chi Minh’ del escritor oscense Oscar Sipán, que asistirá al encuentro.

sábado, 7 de octubre de 2017

EL NEGRO





I

Quizás había sido una mala idea después de todo, masculló para sí mismo Daniel, acordándose de Flavio. En el momento en que le ofrecieron el trabajo todo parecían ventajas, tan sólo debía realizar, dos veces por turno, una ronda rutinaria que no le llevaría más de una hora, dejándole libre el resto del tiempo. Lo malo es que estaba cubriendo una baja, así que en cuanto el titular se restableciera de su enfermedad, rescindirían su contrato. Daniel aceptó aquel empleo precario de vigilante nocturno a falta de algo mejor, contento con la oportunidad que se le presentaba de poder escribir durante el horario laboral sin que le molestasen. Peor llevaba enfundarse el uniforme parapolicial con su fálico complemento: la porra de goma. Se sentía disfrazado y ridículo.

Tener demasiado tiempo para pensar invita muchas veces a descender por el angosto pasadizo de nuestra propia oscuridad. El pensamiento de Daniel reclamaba, una y otra vez, en la noche, la presencia ofensiva de Flavio, el autor de novela policiaca para el que hacía de negro. ¿Iba a escribirle su nueva novela una vez más? El dinero esclaviza y muchas veces para tener que comer realizamos las bajezas que no haríamos por un millón, pues el millón no lo necesitamos realmente, pero comer, hay que comer cada día. Daniel le había escrito a Flavio siete novelas de enorme éxito, todas ellas adaptadas al cine. Suya era la imaginación y el sudor y de Flavio el reconocimiento, la fama, las promociones, la parte grande del pastel, la dulzura de vivir. Por un acuerdo verbal, Daniel había de llevarse el diez por ciento de las ganancias, aunque jamás recibió dicho porcentaje, ni la mitad tan siquiera. Flavio, avaricioso, le escatimaba su salario, le hacía rogárselo, demoraba las entregas y cuando le pasaba el sobre, lo hacía de mala gana, con un semblante más propio de un tipo al que estuvieran operando de vesícula, que de alguien que salda una deuda legítima. ¿Cuántas veces se había dicho Daniel a sí mismo, “esta es la última vez que lo hago”? Pero, claro, explícale esas miserias al casero o al director de la oficina bancaria para que no devuelva los recibos por falta de fondos. Por eso le iba bien aquel trabajo, para poder escribirle a Flavio su octava novela y bañarlo nuevamente con notoriedad y dinero, mientras él continuaba reptando en la oscura precariedad. Daniel fantaseó muchas veces con la idea de matar a Flavio y esa emoción le ayudaba a fabricar y entender a sus homicidas de papel. Se permitía aquella licencia, aquella impotencia, aquella ridícula sacarina con la que endulzar sus claudicaciones. Y sin embargo, sabía que hasta las renuncias tienen un límite; sentía miedo de sí mismo, terror a que llegase el día en que no bastase con sublimar su resentimiento a través de la literatura, el día en que descubriera que matar es más fácil de lo que parece.

III

-Carlos, ¿de verdad que no me puedes sacar de aquí? Este sitio es horrible. Esta mañana cuando me encerraron me quejé de que mi celda no estuviese preparada, la cama estaba sin hacer. ¿Y sabes que me contestó el funcionario que me escoltaba? Que esto no era un hotel, que estaba en una cárcel y la cama te la haces tú. Eres mi abogado, ya sé que nos han denegado la fianza, pero algo se podrá hacer, recurrir, que sé yo.
-Flavio, parece mentira que te hayas ganado la vida escribiendo novela negra. Estás acusado de matar a nueve mujeres y de violarlas, incluso, post mortem, aparte de descuartizarlas y otras atrocidades. ¿Y pretendes que convenza al Juez que te deje libre? Bastante conseguiré si logro que no te saquen del módulo de los chivatos, porque a la que te des una vuelta por el patio con el resto de los reclusos no ibas a durar vivo ni cinco minutos.
-Soy inocente.
-Lo sé. Soy tu cuñado, te conozco; tú no eres capaz de abrir ni una lata de sardinas, menos aún de matar a nueve personas a lo largo de quince años. Pero la cuestión es cómo convenceremos al Tribunal cuando te juzgue. Has escrito una novela en la que narras con minuciosidad como asesinaste a esas mujeres, incluyes detalles objetivos que sólo podían ser conocidos por alguien que se encontraba en el escenario del crimen. Si tú no lo hiciste, ¿cómo sabías la forma exacta en que murieron?
-Carlos, hay algo que debo decirte. Es algo… vergonzoso.
-Soy tu abogado, lo que me digas es confidencial.
-Yo no escribí esa maldita novela, de hecho, jamás he escrito ninguna novela. Tengo un negro, alguien que escribe lo que yo firmo.
-¡Sabía que eras inocente!
-Se me hiela la sangre pensar que contraté a semejante monstruo.
 -¿Hay un contrato que os vincule?
-No, era un negro; entiéndeme, no podía dejar ningún rastro que le relacionara conmigo. No hay contrato, ni recibos,  ni cartas, ni correos electrónicos, ni mensajes telefónicos. Yo le hacía los encargos y los pagos en efectivo. A veces él me seguía y me abordaba por la calle con impaciencia cuando creía que me retrasaba en abonarle lo convenido, era muy mezquino en cuestiones de dinero.
-Va a ser muy difícil probar que fue tu negro quien redactó la novela. Ten, escribe en esta hoja su nombre y donde se le puede encontrar. Encargaremos a un detective privado que le investigue.
-Carlos, si esto sale a la luz, el público se dará cuenta de que soy un fraude. Será mi ruina.
-Es el precio que habrás de pagar para evitar nueve condenas por asesinato.

II

Casi al terminar su segunda ronda nocturna por la Ciudad Judicial, Daniel merodeaba por el archivo de la Sala de lo penal. Llamó su atención una estantería coronada por un rótulo: “casos abiertos”. Se detuvo a examinar varios legajos. El primer expediente trataba del cuerpo de una mujer desconocida hallado en el interior de una maleta abandonada en un bosque. El vigilante separó la carpeta y siguió buscando, cada vez más animado. A medida que iba leyendo, se abría en su mente un mundo de posibilidades narrativas. Aquellos sumarios proporcionaron el excelente material con el que Daniel confeccionó la última y más exitosa novela negra de Flavio.

 ( Relato públicado en el tercer número de la "Sirena Varada; revista literaria bimestral" que se edita en México).