domingo, 14 de diciembre de 2025

SANTUARIO

 Relato finalista en el III Concurso de relatos biblioteca Argéntea.

SANTUARIO

Pretender ser antropólogo en pleno siglo 22 era un suicidio profesional. La globalización acabó con los pueblos originarios y con la diversidad cultural, así que en cualquier parte del planeta te encontrabas las mismas franquicias de las escasas multinacionales que sobrevivieron a la quinta pandemia. Hace décadas nos instalamos en la etapa del capitalismo monopolístico y los individuos se uniformizaron pasando a consumir los mismos productos y servicios, incluidas las series de televisión, con independencia del lugar del orbe en el que habitaran. Fue poco antes de que yo naciera que se contactó con el último pueblo originario, hoy desaparecido, los habitantes de la isla de Sentinel Norte. Estos eran sumamente agresivos a cualquier amago de interacción con el exterior, hoy sabemos sus motivos: allí se refugió Adolf Hitler transportado en un submarino alemán tras ejecutar a su doble en el búnker de Berlín, los nativos lo adoraban como a un Dios y lo protegían con suma violencia. Tras Hitler fueron llegando a la isla de Sentinel, en busca de refugio y anonimato, otros famosos que simularon su muerte: Walt Disney, Elvis Presley, John Lennon, Juan Gabriel, Kurt Cobain, Steve Jobs, Prince y Michael Jackson.

 

Ante la extinción de mi campo de estudio y siendo yo, blanco, hombre y heterosexual, es decir, un fascista opresor, no me quedaba más remedio que buscarme otro oficio. Moviendo influencias conseguí matricularme en un máster de cine cancelado -el producido con anterioridad a la década de los años veinte del siglo 21-, curso que saqué con nota, pero que no me aseguró una plaza de profesor universitario por no pertenecer a una minoría racializada u otro colectivo beneficiado por la discriminación positiva. Para compensar mis hándicaps de origen pensé muy seriamente en transicionar a otro género o, al menos, definirme como género fluido o no binario, pero algo atávico, ese mamut cognitivo que todos los hombres blancos heteronormativos y patriarcales llevamos adherido a nuestro cogote y que envenena nuestros pensamientos como una pesada herencia falócrata, me impidió dar el paso que me hubiese facilitado una mayor promoción en el estamento académico.

 

Todas estas reminiscencias políticamente incorrectas las he trabajado con la doctora Casandra, mi psicoterapeuta de cabecera en las sesiones psicocívicas obligatorias, quien siempre se ha mostrado crítica en lo que respecta a mi resiliencia reaccionaria. Aunque es cierto que me apunté al máster de cine cancelado buscando trepar en la docencia, me duele, y hasta me repugna, confesar que disfruté visionando cientos de películas antiguas y malignas, hoy vedadas al público. Sólo las podían contemplar aquellos alumnos o profesores que disponían de un brillante expediente de estudios y un certificado en blanco de antecedentes penales y tras pasar exigentes tests psicotécnicos y una vez firmado un contrato de confidencialidad para no revelar nada del contenido de las cintas expuestas. Precauciones harto justificadas dado que el contenido de aquellas películas era hipnotizante y de una belleza subyugadora, genuinos hechizos visuales no aptos para mentes débiles –uno de los estudiantes que participaba en el máster se suicidó y otra terminó sus días internada en un psiquiátrico-. Historias en las que se pisoteaban todos los criterios de diversidad inimaginables y que, no obstante, sentías que rebosaban vida y tragedia. Era fascinante contemplar cómo era el mundo anterior al triunfo del NWO, su fascismo intolerable. ¿Se pueden creer que a las personas portavulvantes se las denominaba mujeres? Más de una vez, sumido en la penumbra culpable de sala de proyección de tecnología obsoleta, me restregué los ojos ahítos de incredulidad y murmuré para mí mismo: “Overton, esto que estás viendo no puede ser real”. El pasado es un país extranjero en el que las cosas funcionan de otra manera.  El máster me dejo secuelas, hasta el punto queme incapacitó para disfrutar las producciones audiovisuales contemporáneas cuyos guiones se elaboran al arbitrio del algoritmo de diversidad que pondera  debidamente el casting del elenco y los temas que aborde el guion en aras de asegurarse que todos los colectivos racializados y sexuales están óptimamente representados a la vez que se tratan aquellas problemáticas dignas de perpetuarse en el arte –y de recibir la oportuna subvención de dinero público-: cambio climático, feminismo, conciencia animalista, veganismo, lenguaje inclusivo... Pasé a aborrecer películas que antes me habían entusiasmado, como Maurice, el gallo violador, cinta en la que unas gallinas, en un ejercicio de sororidad, elevan su autoconciencia, se autoorganizan y se rebelan contra el patriarcado del gallo que las viola. La escena cumbre en que las gallinas se deciden, por fin, a desafiar al terror sexual-patriarcal que imponía el gallo bailando frente a él, en subversiva coreografía y cacareando “El violador eres tú”, en su momento me emocionó hasta la lágrima. Al final de la cinta, las gallinas fueron felices y comieron lombrices.

 

Trabajaba de becario en la universidad cuando en la cafetería de la facultad de Ciencias Politicamente Correctas escuché un rumor, una de esas fake news que en el siglo anterior se les denominaba leyenda urbana. Un pequeño grupo de estudiantes comentaban mientras degustaban unos capuchinos que en la Reserva de la biodiversidad de los Picos de Europa se refugiaba una tribu de cazadores recolectores que rendían culto al cine antiguo. Recuerdo que los abordé con descaro sentándome en su mesa y que los acribillé a preguntas sin poder sonsacarles nada más. Acudí raudo y emocionado a ver a la Doctora Figueroa, decana de la Facultad, quien enfrió mi entusiasmo. Sí, había escuchado aquellas “habladurías” en alguna ocasión, a las que calificó de “folclore universitario”, y no les daba crédito. Es más, me trató de ceporro: “A ver, Overton, ¿usted cree que con los millones de drones que sobrevuelan los cielos, los satélites y Google Earth, ya no habrían detectado a esa tribu ignota?” No di mi brazo a torcer, a pesar de sus objeciones y le solicité que me dejara organizar una expedición, algo a lo que se negó.

 

Pensé que no necesitaba a Figueroa, ni el apoyo de mi Facultad ni a nadie más, yo sólo emprendería la expedición. Durante meses recabé información sobre la Reserva de la biodiversidad de los Picos de Europa. Esta reserva funcionaba desde hacía más de un siglo y se había creado para preservar a los lobos, urogallos, osos y demás fauna autóctona. Al principio se la denominó “Santuario de la fauna salvaje”, término que me sorprendió, y no sólo por su brutal especismo, si no, sobre todo, por el uso de una expresión de rancias y castrantes connotaciones cristianas como era la palabra santuario, pues desde el advenimiento del NOW el cristianismo había sido cancelado en todas sus denominaciones y sólo estaban permitidos el neopaganismo, las creencias new age, el budismo y el islam. Desde el principio el área de la reserva se declaró zona vedada a la presencia humana y, si bien, en sus inicios podían internarse en ella algunos biólogos con causa justificada, la presión animalista terminó convirtiéndola desde hacía más de ochenta años en una zona prohibida para nuestra especie.  Desde entonces escaseaban las noticias, era un agujero negro en un mapa, el triángulo de las Bermudas asturianu. Pequeños breves periodísticos daban cuenta de las desapariciones de excursionistas perdidos, recolectores de setas y amantes del misterio que se habían adentrado en el interior de la reserva para no regresar jamás.

 

En ocasiones la tecnología es tan sofisticada que se vuelve estúpida. Para adentrarme en la reserva debía burlar las cámaras de control perimetral. Y lo hice como lo haría un ladrón, amparándome en la noche, vistiendo de negro y con el rostro tiznado, oculto con un paraguas verde, que me ayudaba a camuflarme entre el follaje, y así impedí que las cámaras de reconocimiento facial me identificasen. Con destreza corté las concertinas con una cizalla y penetré en lo desconocido.

 

Trepé peñas arriba y vagué durante siete días por la montaña sin hallar rastro alguno de presencia humana. Ya estaba por desistir, con la convicción de haber sido seducido por un mito, cuando me eché a descansar en un prado junto a un arroyo rumoroso y cedí a la tentación de la siesta.

 

Una patada me sacó de mi sueño. Lo que vi era aterrador y fascinante a la vez –durante unos segundos pensé que se trataba de un sueño-, un grupo de hombres, en taparrabos y armados con lanzas, me rodeaba. Sus rostros barbados eran fieros, surcados por escarificaciones, lucían cabellos enmarañados que se desparramaban sobre sus hombros. Con gestos bruscos me ordenaron que me pusiera en pie, las lanzas me señalaban en un corro amenazante que se fue cerrando en torno a mí. El más aguerrido y aterrador de los nativos presionó mi cuello con su punta de lanza de pedernal hasta hacerme sangrar y dictó mi sentencia de muerte: “¡La cagaste Burt Lancaster!”. Y en ese preciso en que iban a matarme, uno de ellos, el que luego supe que era el chamán del grupo, elevó una estatuilla dorada hacia el cielo ofrendando mi vida, fetiche que yo reconocí por haberlo visto en un documental incluido en el máster de cine cancelado. Era una reproducción del Óscar de la Academia de Hollywood. “Óscar”, dije; “¡Óscar, Óscar, Óscar!” corearon a mi alrededor agitando sus lanzas y golpeando sus pechos con los puños.  No tengo dudas que el reconocer la efigie me salvó la vida.

 

Me llevaron, entre una algarabía de gritos indescriptibles, a su campamento situado en una cuevona, cuya entrada se adornaba con calaveras clavadas en estacas. En el interior aguardaban las mujeres. Mi mente de antropólogo trabajaba rápido, pese al terror que aún sentía. Constaté con apenas un vistazo la división de roles determinados en función del sexo: ellos cazadores, ellas recolectoras, alfareras y encargadas de cuidar a la prole famélica. ¡Todo era tan ancestral y políticamente incorrecto! ¡Un sueño húmedo para un antropólogo! En un altar se exhibía otra reproducción del ídolo “Óscar”, sin duda el Dios mayor de su panteón -su material era plástico y en su base llevaba inscrita la leyenda Made in Taiwan-, junto a otros dioses menores: la palma de oro, el César, el Bafta, el Oso de Berlín, el Razzie, el Gaudí, el premio Donostia y un Goya, éste último un fetiche cabezón y grotesco, una muestra de arte plástico del primitivismo más aberrante.

 

Me acogieron como uno más en su tribu tras pasar el rito de iniciación que consistía en reproducir, en francés y sin equivocación, un artículo sobre la nouvelle vague entresacado de un número de Cahiers du cinema escrito por Godard, revista que guardaban como una reliquia, todo ello mientras fumaba en pipa una picadura de hierbas narcotizantes.  Escarificaron mi rostro y me tatuaron en la espalda la figura del león de la Metro.  Me enseñaron a cazar cabras montesas y comí otras muchas cosas impensables. Participé en sus rituales y practiqué el sexo con ellos y ellas -negarme hubiera sido ofenderlos-.  Documenté mi experiencia antropológica mediante grabaciones y con anotaciones en mi dietario y dibujos en mi cuaderno de campo. Para dotar de mayor dignidad a mi labor, me embutía en mi terno de explorador modelo Coronel Tapioca, salacot incluido, mi particular totem.

 

Hablaban un español arcaico y casi ininteligible; por ejemplo: había ellos y ellas, pero no elles. Por las noches se agrupaban alrededor de una fogata que proyectaba sombras fantasmagóricas en el vientre oscuro de la gruta –a la que dominaban Garganta profunda-. En torno al fuego, y tras leer artículos de la revista “Fotogramas”, comenzaba lo que yo bauticé como la ronda, en la que cada uno de los miembros adultos recitaba las frases memorizadas de antiguos guiones de cine cancelado. Era el momento cumbre de cada noche, el ritual que cohesionaba identitariamente al grupo. El chamán se mantenía atento y golpeaba en la cabeza con una vara de castaño a los individuos que se equivocaban en la recitación de los salmos sagrados.  Documenté las siguientes oraciones:

 

“¡A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!”.

“¡Yo soy Espartaco!”.

“He cruzado océanos de tiempo para encontrarte”.

“Señora Robinson, ¿me está seduciendo?”

“¡Hasta el infinito y más allá!”.

“Podrán quitarnos la vida, pero nunca podrán arrebatarnos la libertad”.

“Lo llaman una Royale con queso”.

“Nadie es perfecto”.

Hakuna Matata”.

“Dar cera, pulir cera”.

“Sayonara, baby”.

“Me encanta el olor a Napalm por la mañana”.

Houston, tenemos un problema”.

“Yo soy tu padre”.

 “Siempre nos quedará París”.

“Le haré una oferta que no podrá rechazar”.

Esta noche cenaremos en el infierno”.

“¿Me estás hablando a mí?”.

Alégrame el día”.

En ocasiones veo muertos”.

“Qué la fuerza te acompañe”.

“Teléfono…Mi casa…”

“Rosebud”.

“Bond, James Bond”.

“¿Sabes silbar, Steve? Solo tienes que juntar los labios y soplar”.

“¡Stella…Stella!”.

“¡Chencho!”

“Por favor, Hal, abre las puertas”.

“Toto, tengo la sensación de que ya no estamos en Kansas”.

Sí, señorita Escarlata”.

“El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos”.

“Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”.

“La vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”.

“Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

“Hagas lo que hagas ámalo, como amabas la cabina del Cinema Paradiso”.

¡Y también dos huevos duros!”.

 

El significado profundo de aquel extraño ritual me fue desvelado al cabo de unos meses por el chamán, custodio celoso de la memoria del clan. Según la cosmogonía que me narró, al principio Óscar creó los cielos y la Tierra. La Tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían el haz del abismo, y Óscar dijo ¡hágase la luz! y aparecieron los hermanos Lumière y la luz se hizo a un ritmo de veinticuatro destellos por segundo. Milenios después Óscar se enojó con los humanos porque dejaron de adorarlo y apostataron de su culto en favor de otros dioses llamados Netflix, HBO, Amazon prime video y Disney+. En castigo Óscar decidió acabar con el espíritu crítico y el libre pensamiento en la especie humana, lo que permitió que ocurriera la revolución de los ofendiditos que desembocó en el NWO y el advenimiento woke y que trajo la cancelación del viejo cine. Pero como Óscar, aunque es severo, es misericordioso, delegó en la Virgen Paramount que se apareciera a los pocos creyentes con la misión de que resistieran, señalándoles un castaño a cuyos pies estaba enterrado a un Metro Goldwyn Mayer de profundidad un libro que los inspiraría acerca de lo que tenía que hacer las pocas almas del rebaño cinéfilo que se mantenían fieles en su credo. Obedecieron a Paramount y desenterraron el libro que se titulaba Farenheit 451, una novela prohibida, que estudiaron y reinterpretaron con denuedo hasta concluir que cada creyente debía memorizar todos los guiones de cine que fuera capaz y todos ellos debían refugiarse en las montañas para evitar ser perseguidos. Aquel núcleo de resistentes constituyó el génesis de la tribu. Con el paso de una generación tras otra, la memoria oral se fue degradando y los humanos-película apenas recordaban unas escasas frases emblemáticas de las cintas memorizadas.

 

Mi estancia entre la tribu fue una experiencia excitante y no exenta de penurias y peligros. Pasé frío, hambre y me comieron los parásitos. Enfermé y casi muero por falta de medicinas, lo más parecido a una atención médica que recibí fue la del chamán que danzó a mi alrededor cubriendo su rostro con una máscara de un tal José Luís Garci a la que tenía grapadas trozos de películas de treinta y cinco milímetros y que sólo se la quitaba para fumar una pipa ritual y expelerme el humo en mi jeta. No sé cómo pude sobrevivir.

 

 Sabía que no me dejarían marchar, no correrían el peligro de que delatara su existencia. Yo había estado muy atento a las drogas que preparaban las féminas hierberas y las recolecté en secreto. Al noveno mes de permanecer en la tribu, les anuncié que tenía una sorpresa para ellos, primero les hice una infusión con las últimas bolsas de roibos que me quedaban, pero en la segunda ronda les serví un cocimiento de belladona. Aprovechando que estaban drogados pude escaparme de la gruta.

 

Me doctoré cum laude en Antropología Woke con mi tesis sobre la tribu cinéfila mientras penaba mis dos años de cárcel por penetrar ilegalmente en el área 51 de los Picos de Europa. Obtuve la plaza de catedrático, pese a provocar protestas de repudio y disturbios estudiantiles, y tomé posesión de ella con un emotivo discurso en el que hice una loa de la ruptura del techo de cristal al acceder al puesto, algo inimaginable dada mi condición de hombre blanco y heterosexual.

 

El Centro Nacional de Inteligencia creó un comité de seguimiento de la tribu, nombrándome su asesor científico. Tras muchas deliberaciones, llegaron a la conclusión de que los cinéfilos debían ser exterminados, pues constituían una amenaza fascista intolerable y prepararon una expedición militar para erradicarlos.

 

Traté la cuestión con mi compañera –que sigue conmigo porque está alienada, sufre síndrome de Estocolmo y ha creado unos vínculos emocionales tóxicos con su agresor–; vamos, lo normal entre las personas que menstrúan que siguen unidas inexplicablemente de manera sentimental y sexual a hombres, seres per se maltratadores, violadores y asesinos en potencia. Ella me rogó que tratara de convencer al CNI para que no los exterminaran, pero le dije que la decisión ya estaba tomada y que yo no podía hacer nada para disuadirlos. Es más, les había propuesto que los trasladaran a un complejo universitario donde permaneciesen encerrados en calidad de cobayas al objeto de poder ser estudiados por un equipo multidisciplinar científico que lideraría, pero no me hicieron caso.  Ella, siempre tan sentimental, no entendía la necesidad de masacrarlos y hasta me habló de Winston Smith, el más famoso de los casos de individuos que, tras pasar por campos de reeducación, habían podido reinsertarse en el NWO. Yo le dije que no eran casos equivalentes y que los miembros de la tribu eran irrecuperables.  Entonces se le nubló el rostro y me espetó:

 

-Claro, ahora lo entiendo, si los exterminan la única tesis sobre ellos será la que tú has escrito y ningún otro antropólogo podrá venir después a enmendarte la plana. Con ellos muertos te blindas académicamente.

-No diré que no me conviene –admití.

-¿De verdad no vas a intentar hacer algo por evitar que los maten? ¡Son seres humanos!

-Francamente, querida, me importa un bledo.

 

 

 

 


lunes, 17 de noviembre de 2025

EL PRECIO DE LOS SUEÑOS

 

He quedado finalista en el IV CONCURSO ÉRASE UNA VEZ ZARALETRAS con el relato
 
EL PRECIO DE LOS SUEÑOS
 
Tuve un sueño delicioso: Ava Gardner, Kim Novak, Ingrid Bergman, Sofia Loren, Rita Hayworth, Brigitte Bardot y Jane Fonda aparecían en él; todas ellas, jóvenes, sensuales y bellísimas, tal y como yo las había visto en las pantallas de cine durante mi adolescencia. Las actrices bailaban coreografías de la película West Side History al compás de la vibrante música de Leonard Bernstein. De repente, descendía por una escalera antiincendios Natalie Wood y me tomaba de la mano para llevarme a una cama con dosel rococó situada en una azotea en donde me esperaba desnuda Marilyn Monroe, quien, tras cantarme Happy birth day to you, me hacía el amor desaforadamente mientras el resto de actrices nos jaleaban y batían palmas, a la vez que una sutil neblina nos envolvía añadiendo misterio a la escena. Tras el frenesí erótico las chicas cantaban el coro de los hebreos de la ópera Nabucco y yo me unía a ellas con una insólita voz de barítono que no poseo en absoluto.
 
Llevaba un par de días recordando el sueño y relamiéndome con las buenas sensaciones que me había dejado cuando, en la bandeja de entrada de mi correo electrónico, me llegó un comunicado de la Sociedad de Autores en el que, bajo el encabezamiento “Estimado señor pirata:”, se me acusaba de haber incurrido en “prácticas oníricas no autorizadas” utilizando imágenes, temas musicales originales y otros con arreglos, protegidos por sus correspondientes derechos de autor. A la comunicación se le añadía una factura que yo debía abonar para resarcir el prejuicio económico causado.
 
Me quedé atónito. Una vez repuesto de mi estupefacción les dije que no pensaba pagarles un céntimo -la minuta ascendía a más de seis ceros- y que me denunciaran si les daba la gana. Me advirtieron que no dudarían en llevarme a los tribunales y que tenían pruebas de la noche de autos, entre las cuatro y nueve y las cinco y treinta y cinco en que tuve, durante la fase REM, los sueños lesivos con el ánimo de lucro de la sociedad recaudadora. En un archivo adjunto me hicieron llegar imágenes de tomografías computerizadas de mi cerebro que demostrarían “fehacientemente los hechos alegados”. Me ofrecían, eso sí, pagar lo adeudado en cómodos plazos durante siete años, aplicándole una tasa de interés de Euribor más uno punto sesenta y nueve.
 
Apabullado con toda la información que manejaban sobre los aspectos más íntimos de mi persona, admití mi delito mientras les preguntaba cómo diablos podían haber hurgado en mis sueños. Me explicaron que ALEXÍA, cacharro que yo pensaba que era un inocente asistente de voz, se trataba en realidad de un dispositivo ultratecnológico, dotado con I.A., que mapeaba mi actividad cerebral, datos que vendía a empresas publicitarias, quienes, a su vez, me ofertaban los productos que yo más deseaba. En conclusión: no me tocaba otra que pagar y que tuviera “mucho cuidadito” con lo que me atreviese a pensar, que todavía me denunciarían por delito de odio.

FUERA DE PLAZO

 

FUERA DE PLAZO (relato publicado en el número 49 de la revista Papenfuss).
 
“De esta me hacen socio en el bufete. ¡Seguro!”, murmuró Pedro Redondo, con la toga todavía puesta y el fallo de la sentencia caliente en sus oídos. 
 
Pedro Redondo, el joven y ambicioso abogado se había hecho con la cuenta del cliente más cotizado de su despacho: El laboratorio que fabricó el medicamento llamado talidomida. Solo Dios sabia cuántos codazos había tenido que dar, cuántos callos había tenido que pisar y cuánta adulación había tenido que desplegar para que, a él, al nuevo, el último en llegar al bufete, le otorgasen el pleito con más millones de euros en juego de todos los que se ventilaban en "Fernández Cuevillas-Cuesta y Asociados". Era lógica la animadversión que había suscitado entre sus compañeros y el apelativo de “el trepa” con el que le habían etiquetado al poco de llegar. A Redondo poco le importaba, él no iba al trabajo a hacer amistades, él iba a ganar casos. No podía perder aquel pleito jugoso y no lo perdió. Una vez más, como en otros momentos decisivos de su ascenso social, todo le había salido redondo (su apellido era premonitorio). El joven abogado convenció a la Sala de la Audiencia Nacional para que desestimara las indemnizaciones que exigían los perjudicados para resarcir los efectos devastadores del fármaco.
Las madres de los demandantes habían tomado talidomida, medicamento que se recetaba para evitar molestias durante el embarazo, con la consecuencia fatal del nacimiento de niños con malformaciones. A Redondo le pareció de mal gusto que el defensor de la asociación de afectados mostrara durante la vista una colección de fotografías de recién nacidos con extremidades atrofiadas. “Carecen de relevancia jurídica” fue la respuesta de Pedro Redondo ante aquella estrategia por parte de los perjudicados. No fue un pleito fácil, ¡claro que no! pero ni aquellos viejos tullidos que desfilaron como testigos narrando sus desgracias entre lágrimas, ni las maniobras del abogado de la asociación, pudieron derribar el principal obstáculo que les impedía cobrar la indemnización de la farmacéutica alemana: la prescripción temporal. La demanda, adujo Redondo, estaba fuera de plazo. 
 
La ingesta del fármaco por parte de las mujeres se produjo a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado, aunque los afectados alegaban que no hubo reconocimiento oficial de sus lesiones y su causa hasta el 2010, por lo que no pudieron emprender acciones legales antes. Redondo esgrimió con solvencia que en el Derecho español un asesinato prescribe a los veinte años de haberse cometido, por lo que no sería lógico admitir que una demanda civil no prescribiera tras más de medio siglo transcurrido desde que se produjo el perjuicio. Por encima de cualquier otra consideración había que salvaguardar el principio de seguridad jurídica, por muy grande que fuese la compasión que suscitaran los demandantes; dura lex, sed lex. 
 
Qué placer cuasi orgásmico saber que había ganado el juicio. Y no menos placentero fue recibir la llamada del mismísimo Fernández Cuevillas-Cuesta felicitándole y prometiéndole que ya se podía considerar como nuevo socio in pectore del bufete. Según le dijo su jefe, la noticia del fallo había sido publicada en los medios digitales y, como consecuencia, las acciones de la farmacéutica en la bolsa de Frankfurt habían subido como la espuma. El dividendo de aquel año a los accionistas no se resentiría para tener que pagar a unos lisiados españoles. Exultante, Redondo invitó a Nicolás, su pasante, a una mariscada para celebrar su victoria en el juicio. A Redondo le gustaba Nicolás, se reconocía en aquel pipiolo recién salido de la facultad de derecho, en su ambición, en su falta de escrúpulos, en sus sueños de codicia. Era otro trepa como él. Tras la mariscada, café, copa y puro, ya en la sobremesa, un vendedor ambulante de cupones de la O.N.C.E. les ofreció lotería. Como estaban de buen humor, Redondo y Nicolás le compraron sendos números. Dos días después era primero de agosto y el bufete cerró hasta septiembre.
 
Estando de vacaciones en Roma, Redondo tropezó con un gato negro que se le cruzó entre las piernas y se cayó por la escalinata de la Piazza di Spagna. Se rompió la tibia y regresó enyesado y en silla de ruedas. Era la primera vez que se fracturaba un hueso y que veía su movilidad reducida y aquella situación adversa le hizo pensar en los afectados de talidomida con sus piernas atrofiadas, dejándole un regusto desagradable en la conciencia.
 
Redondo no se incorporó al bufete hasta diciembre y, para su sorpresa, Nicolás, su adulador pasante, no estaba. Al indagar sobre él le dijeron que se había despedido. La noticia le desconcertó. “¿Pero no te enteraste? Le tocó el cupón de la O.N.C.E., cien mil euros”, le explicaron. “¡Mierda, el cupón!”, pensó Redondo, con todo el problema del accidente se había olvidado de la apuesta. Había comprado el mismo número que Nicolás, así que al menos le habían tocado otros cien mil euros. Redondo se despidió de sus compañeros y abandonó el despacho, se encaminó a paso ligero hacia donde recordaba que había un quiosco de la O.N.C.E.
 
La persona que regentaba el puesto de lotería era una señora mayor que, víctima de la talidomida, presentaba un brazo deforme. Reconoció a Redondo por haber asistido en calidad de testigo al juicio, aunque el jurista no la recordaba. El abogado le preguntó cómo y a dónde debía ir para cobrar el premio. La mujer avinagró el rostro y le pidió que le dejara comprobar el boleto.
-¡Vaya! -sonrió la lotera-. Usted ha sido el único ganador del sorteo extraordinario de agosto, ¡veinte millones de euros! -Redondo gritó de alegría- Pero, ¡oh, qué pena! Los cupones caducan a los treinta días naturales de haberse celebrado el sorteo. Señor letrado, está usted fuera de plazo.