https://montillatelevision.com/2017/10/31/la-asociacion-cultural-el-coloquio-de-los-perros-clausura-el-concurso-de-relato-corto-y-fotografia-con-la-entrega-de-premios-y-presentacion-del-libro/
http://www.elcoloquiodelosperros.com/2017/10/libro-del-15-concurso-de-relato-corto-y.html
domingo, 19 de noviembre de 2017
domingo, 29 de octubre de 2017
MY PRIVATE BARETO
Yo soy muy de baretos. El bar ha sido, a la vez, mi universidad y mi
parque de atracciones. Un día mi mujer, a la que quiero con locura, me
dijo que estaba hasta el moño de ver cómo me pasaba las tardes y las
noches en la tasca y regresaba entonado, así que me planteó un
ultimátum: “El bar o yo”. Si me hubiera dicho: ¿qué brazo quieres que te
corte? ¿el derecho o el izquierdo? no me hubiera dolido tanto.
Desesperado traté de hallar la solución al problema sin renunciar a lo
uno ni a la otra. Y como la necesidad agudiza el ingenio, enseguida
llegué a una síntesis satisfactoria. En el cobertizo anexo a mi casa,
que hasta entonces se empleaba como trastero, instalé mi bar privado,
así la parienta ya no tendría motivos para reprocharme que me ausentaba
de casa para irme a empinar el codo.
Siempre he sido un tío manitas y deje el bar niquelao. Tenía de todo: barra, aseos, taburetes, neveras, grifos de cerveza, caja registradora, máquina tragaperras, anaqueles con botellas de licores con etiquetas amarillentas, una bola de cristalitos discotequera y hasta un jamón con chorreras colgando del techo. No instalé máquina de cafés ni plancha, pasando.
Huelga decir que disfruté como un descosido de mi bareto durante los primeros meses de su existencia. Apenas regresaba de mi trabajo, me metía en mi bar particular y me ponía ciego de cervezas y otras bebidas espirituosas. Sin embargo, enseguida noté que faltaba algo para que la felicidad fuera completa: faltaba el ambiente. Instalé una televisión para ver y comentar conmigo mismo los partidos de fútbol, pero no fue suficiente. Para que hubiese color, desarrollé una personalidad doble, merengue y culé respectivamente. Al calor de la rivalidad futbolística discutía y me vacilaba a mí mismo y un día llegué a las manos y me pegué un puñetazo en un ojo.
Lo de la personalidad doble estuvo bien, pero tampoco me bastó. Lo siguiente fue inventarme un barman y unos clientes habituales imaginarios con los que relacionarme y mantener tertulias de bareto. Mi mente enferma llegó a recrear a un chino, que sólo hacía que jugar a la tragaperras y un cuñado taxista, un bocazas insufrible con el que discutía acerca de todo, voz en grito.
Al principio la relación con el público habitual y el barman fue buena. Ya saben, la camaradería típica de los bares –esos templos de la masculinidad-, el entrar por la puerta y ese amigote recibiéndote regocijado: “¡Pichaaa!”. Ese camarero que te sirve la copa que siempre tomas sin necesidad de pedírsela. Esas charlas interminables en tertulia española –a gritos e interrumpiéndose los unos a los otros- con ese vacileo unánime de listillos. Ese griterío, esas frases rebozadas de tacos y exabruptos, esos abrazos, esas rondas que corren, esos chistes guarros, esa exaltación de la amistad que se produce tras la tercera copa. ¡Qué gozada!
Todo iba perfecto, el mío era el bareto soñado, aunque sin saber muy bien porqué el ambiente comenzó a enrarecerse. De las amenas e inofensivas broncas de bar surgieron rencillas con algunos de los parroquianos. Destaco la trifulca que tuve con uno de los clientes macarras –no hay bar sin macarra, es su hábitat natural-: Yo andaba una tarde pasado de copas y al fulano, que es un paranoico, le dio por decir que le hacía ojitos a su novia y que me iba a partir la jeta. La acusación me enervó, así que le contesté:
-¿Pero qué dices, payaso? Si tu novia es más fea que mandar a la abuela a comprar costo. Es tan fea que sólo le guiñan el ojo los francotiradores. ¿Cómo coño voy a mirarla?
-¡Borracho! –me soltó el callo.
-Sí, pero a mí se me pasa mañana.
Fue dejar caer la última frase y el macarra y yo nos liamos a hostias. La cosa acabó cuando le partí una botella de cerveza en la cabeza, aún se advierte la cicatriz en mi cráneo.
Problemas con la clientela aparte, también el barman comenzó a mosquearse conmigo con una sucesión de puyas que fueron en aumento. Un día el camarero me acusó de mangarle la prensa, otro de usar demasiado el baño – “A cagar te vas a tu casa”, me soltó, luego me prohibió que entrara con mi perro en el bar y, por último, alegó que le había hecho un simpa, cosa falsa de toda falsedad. El tío mamón juraba y perjuraba que un día me bebí no sé cuántos quintos y que cuando me reclamó su importe, yo le vacilé diciéndole. “Los quintos que rompan filas”. ¡Mentira cochina! Un día aciago me ordenó con muy malos modos que bajara la voz y me llamó “borracho tocacojones”, amenazándome con echarme del bar. “No tienes huevos”, le reté, pero lo cierto es que me echó a patadas. No me arredré. Me presenté al otro día en mi bareto, más chulo que un ocho y le solicité que me pusiera un destornillador (vodka con naranja) y el tío me metió un destornillador de estrella hasta la garganta. Denuncié a mi alter ego en el Juzgado, al que solicité una orden de alejamiento de mí mismo, pero el Juez archivó la denuncia. ¡Puta Justicia corrupta!
Como podéis ver no ganaba para broncas baretiles. Mi mujer se hartó y me dijo que me apuntara a un grupo de alcohólicos anónimos y que buscara ayuda psicológica. Le hice caso. Acudí a un par de reuniones, pero el grupo de alcohólicos anónimos –sería más honesto llamarlos borrachos conocidos- me pareció una puta mierda y lo dejé. Aquella gente estaba loca, en su obsesión malsana por querer apartarse de la priva, estaban dispuestos a renunciar a los bares, algo que se me antojaba inconcebible. Soy de la opinión que la civilización empezó cuando el hombre salió de las cavernas y se metió en las tabernas. Decepcionada conmigo, mi parienta me abandonó. Aquello fue un duro golpe para mí, así que me refugie en mi bar como nunca. Las broncas cesaron, todos los tíos se ponían en mi piel y me daban palmaditas en la espalda y un menda, que es un el fondo un sentimental, en agradecimiento les pagaba rondas y cuando estábamos bolingas cantábamos todos juntos, “Asturias, patria querida”, “Nos han dejado solos a los de Tudela y por eso cantamos de cualquier manera” y “Clavelitos”. El barman, hechas las paces conmigo, me escuchaba narrar durante horas interminables mis penas de amor con gesto impertérrito mientras secaba vasos.
Comencé a beber para olvidar y, al final, me olvidé de ir a trabajar y hasta de donde había puesto mi bar privado. Un día vinieron los loqueros a buscarme y me llevaron al manicomio. La terapia que me aplicaron fue agresiva: Duchas frías, celdas acolchadas, aislamiento, píldoras que te dejan grogui, camisas de fuerza, electroshocks, lobotomía. Reconozco que las pasé canutas, pero me curaron. Ya no tengo personalidad múltiple.
Regresé a mi casa y regresé a mi bar. El barman y los habituales seguían allí como siempre, hasta el chino que arrojaba monedas a la tragaperras. Yo les conté mis quebrantos y ellos los suyos. El dueño del bar me dijo que la crisis había sido muy dura, que aquello ya no era negocio y que lo había puesto en traspaso. Yo le confesé, algo avergonzado, que ya no bebía, que en psiquiátrico me habían desintoxicado. El camarero no reprochó mi debilidad, se limitó a servirme una cerveza sin alcohol y a llamarme “desertor”, “maricón” y otras lindezas parecidas. No me enfadé, lo importante para mí era regresar a mi hogar, disfrutar de mi bar y de su ambiente.
Ahora mi bar privado lo llevan unos chinos. Me llevo bien con ellos, no les entiendo una mierda cuando hablan ni ellos a mí, pero me llevo bien. Han bajado los precios de las consumiciones; el quinto sale a un “eulo” y te dan una tapa.
(Este relato fue el ganador del XV Concurso de Relato Corto "El coloquio de los perros").
Siempre he sido un tío manitas y deje el bar niquelao. Tenía de todo: barra, aseos, taburetes, neveras, grifos de cerveza, caja registradora, máquina tragaperras, anaqueles con botellas de licores con etiquetas amarillentas, una bola de cristalitos discotequera y hasta un jamón con chorreras colgando del techo. No instalé máquina de cafés ni plancha, pasando.
Huelga decir que disfruté como un descosido de mi bareto durante los primeros meses de su existencia. Apenas regresaba de mi trabajo, me metía en mi bar particular y me ponía ciego de cervezas y otras bebidas espirituosas. Sin embargo, enseguida noté que faltaba algo para que la felicidad fuera completa: faltaba el ambiente. Instalé una televisión para ver y comentar conmigo mismo los partidos de fútbol, pero no fue suficiente. Para que hubiese color, desarrollé una personalidad doble, merengue y culé respectivamente. Al calor de la rivalidad futbolística discutía y me vacilaba a mí mismo y un día llegué a las manos y me pegué un puñetazo en un ojo.
Lo de la personalidad doble estuvo bien, pero tampoco me bastó. Lo siguiente fue inventarme un barman y unos clientes habituales imaginarios con los que relacionarme y mantener tertulias de bareto. Mi mente enferma llegó a recrear a un chino, que sólo hacía que jugar a la tragaperras y un cuñado taxista, un bocazas insufrible con el que discutía acerca de todo, voz en grito.
Al principio la relación con el público habitual y el barman fue buena. Ya saben, la camaradería típica de los bares –esos templos de la masculinidad-, el entrar por la puerta y ese amigote recibiéndote regocijado: “¡Pichaaa!”. Ese camarero que te sirve la copa que siempre tomas sin necesidad de pedírsela. Esas charlas interminables en tertulia española –a gritos e interrumpiéndose los unos a los otros- con ese vacileo unánime de listillos. Ese griterío, esas frases rebozadas de tacos y exabruptos, esos abrazos, esas rondas que corren, esos chistes guarros, esa exaltación de la amistad que se produce tras la tercera copa. ¡Qué gozada!
Todo iba perfecto, el mío era el bareto soñado, aunque sin saber muy bien porqué el ambiente comenzó a enrarecerse. De las amenas e inofensivas broncas de bar surgieron rencillas con algunos de los parroquianos. Destaco la trifulca que tuve con uno de los clientes macarras –no hay bar sin macarra, es su hábitat natural-: Yo andaba una tarde pasado de copas y al fulano, que es un paranoico, le dio por decir que le hacía ojitos a su novia y que me iba a partir la jeta. La acusación me enervó, así que le contesté:
-¿Pero qué dices, payaso? Si tu novia es más fea que mandar a la abuela a comprar costo. Es tan fea que sólo le guiñan el ojo los francotiradores. ¿Cómo coño voy a mirarla?
-¡Borracho! –me soltó el callo.
-Sí, pero a mí se me pasa mañana.
Fue dejar caer la última frase y el macarra y yo nos liamos a hostias. La cosa acabó cuando le partí una botella de cerveza en la cabeza, aún se advierte la cicatriz en mi cráneo.
Problemas con la clientela aparte, también el barman comenzó a mosquearse conmigo con una sucesión de puyas que fueron en aumento. Un día el camarero me acusó de mangarle la prensa, otro de usar demasiado el baño – “A cagar te vas a tu casa”, me soltó, luego me prohibió que entrara con mi perro en el bar y, por último, alegó que le había hecho un simpa, cosa falsa de toda falsedad. El tío mamón juraba y perjuraba que un día me bebí no sé cuántos quintos y que cuando me reclamó su importe, yo le vacilé diciéndole. “Los quintos que rompan filas”. ¡Mentira cochina! Un día aciago me ordenó con muy malos modos que bajara la voz y me llamó “borracho tocacojones”, amenazándome con echarme del bar. “No tienes huevos”, le reté, pero lo cierto es que me echó a patadas. No me arredré. Me presenté al otro día en mi bareto, más chulo que un ocho y le solicité que me pusiera un destornillador (vodka con naranja) y el tío me metió un destornillador de estrella hasta la garganta. Denuncié a mi alter ego en el Juzgado, al que solicité una orden de alejamiento de mí mismo, pero el Juez archivó la denuncia. ¡Puta Justicia corrupta!
Como podéis ver no ganaba para broncas baretiles. Mi mujer se hartó y me dijo que me apuntara a un grupo de alcohólicos anónimos y que buscara ayuda psicológica. Le hice caso. Acudí a un par de reuniones, pero el grupo de alcohólicos anónimos –sería más honesto llamarlos borrachos conocidos- me pareció una puta mierda y lo dejé. Aquella gente estaba loca, en su obsesión malsana por querer apartarse de la priva, estaban dispuestos a renunciar a los bares, algo que se me antojaba inconcebible. Soy de la opinión que la civilización empezó cuando el hombre salió de las cavernas y se metió en las tabernas. Decepcionada conmigo, mi parienta me abandonó. Aquello fue un duro golpe para mí, así que me refugie en mi bar como nunca. Las broncas cesaron, todos los tíos se ponían en mi piel y me daban palmaditas en la espalda y un menda, que es un el fondo un sentimental, en agradecimiento les pagaba rondas y cuando estábamos bolingas cantábamos todos juntos, “Asturias, patria querida”, “Nos han dejado solos a los de Tudela y por eso cantamos de cualquier manera” y “Clavelitos”. El barman, hechas las paces conmigo, me escuchaba narrar durante horas interminables mis penas de amor con gesto impertérrito mientras secaba vasos.
Comencé a beber para olvidar y, al final, me olvidé de ir a trabajar y hasta de donde había puesto mi bar privado. Un día vinieron los loqueros a buscarme y me llevaron al manicomio. La terapia que me aplicaron fue agresiva: Duchas frías, celdas acolchadas, aislamiento, píldoras que te dejan grogui, camisas de fuerza, electroshocks, lobotomía. Reconozco que las pasé canutas, pero me curaron. Ya no tengo personalidad múltiple.
Regresé a mi casa y regresé a mi bar. El barman y los habituales seguían allí como siempre, hasta el chino que arrojaba monedas a la tragaperras. Yo les conté mis quebrantos y ellos los suyos. El dueño del bar me dijo que la crisis había sido muy dura, que aquello ya no era negocio y que lo había puesto en traspaso. Yo le confesé, algo avergonzado, que ya no bebía, que en psiquiátrico me habían desintoxicado. El camarero no reprochó mi debilidad, se limitó a servirme una cerveza sin alcohol y a llamarme “desertor”, “maricón” y otras lindezas parecidas. No me enfadé, lo importante para mí era regresar a mi hogar, disfrutar de mi bar y de su ambiente.
Ahora mi bar privado lo llevan unos chinos. Me llevo bien con ellos, no les entiendo una mierda cuando hablan ni ellos a mí, pero me llevo bien. Han bajado los precios de las consumiciones; el quinto sale a un “eulo” y te dan una tapa.
(Este relato fue el ganador del XV Concurso de Relato Corto "El coloquio de los perros").
miércoles, 25 de octubre de 2017
RESEÑA DE LA VANGUARDIA
Un cuento inspirado en 'El Quijote' gana el cibercertamen de relatos feministas Hypatia
- 239 relatos, en catalán y castellano, han participado en la novena edición de premio de la asociación ANIM
Redacción, Lleida
'Carta a Dulcinea', un relato de Héctor Daniel Olivera Campos ha ganado el cibercertamen Hipatia de Alejandría de Literatura Breve de relatos sobre feminismo, organizado por la asociación ANIM de Lleida.
El cuento está inspirado en El Quijote de Miguel de Cervantes, y trata sobre un ficticio pasaje en el que el ingenioso hidalgo manchego se ofrece a su amada, a través de su escudero Sancho, para liberarla de los malos tratos que recibe de su marido, ha informado la asociación, este miércoles, en un comunicado.
Héctor Daniel Olivera Campos (Barcelona 1965), trabajador de la administración local de Barberà del Vallès, ha ganado el Cibercertamen literario Hipatia de Alejandría por segunda vez; en 2013, año en el que el tema elegido fue el miedo, lo hizo con 'Instituto Casandra'.
El autor ha recibido el primer premio también en el Primer Concurso de Microrrelatos ELACT (Encuentro Literario de Autores de Cartagena), con el microrrelato "Susceptibilidades" (2013), el III Certamen de Microrrelatos de Historia "Francisco Gijón" con el microrrelato "Amnesia" (2015), el XI Premio Saigón de Literatura 2017 con el micorrelato "Sabotaje" y el XV Premio de Relato Corto "El coloquio de los perros" 2017 con el relato "My private bareto".
El cibercertamen de relatos Hypatia de Lleida, de ANIM, tiene 300 euros de premio y busca la reflexión sobre temas que preocupan a la sociedad, este año ha elegido el feminismo.
'El muro de enfrente'de la periodista y escritora Saro Díaz Monroy y 'La calle sin nombre', de Laura Delgado González han sido los relatos finalistas en la novena edición del cibercertamen de relatos de ANIM, en la que han participado 239 trabajos en catalán y castellano.
ANIM tiene un club de lectura en el que sus socios se reúnen cada mes para analizar un libro. En la próxima cita, el 10 de noviembre, comentarán ‘La novia francesa de Ho Chi Minh’ del escritor oscense Oscar Sipán, que asistirá al encuentro.
sábado, 7 de octubre de 2017
EL NEGRO
I
Quizás había sido una mala idea después de
todo, masculló para sí mismo Daniel, acordándose de Flavio. En el momento en
que le ofrecieron el trabajo todo parecían ventajas, tan sólo debía realizar, dos
veces por turno, una ronda rutinaria que no le llevaría más de una hora,
dejándole libre el resto del tiempo. Lo malo es que estaba cubriendo una baja,
así que en cuanto el titular se restableciera de su enfermedad, rescindirían su
contrato. Daniel aceptó aquel empleo precario de vigilante nocturno a falta de
algo mejor, contento con la oportunidad que se le presentaba de poder escribir
durante el horario laboral sin que le molestasen. Peor llevaba enfundarse el
uniforme parapolicial con su fálico complemento: la porra de goma. Se sentía
disfrazado y ridículo.
Tener demasiado tiempo para pensar invita
muchas veces a descender por el angosto pasadizo de nuestra propia oscuridad.
El pensamiento de Daniel reclamaba, una y otra vez, en la noche, la presencia
ofensiva de Flavio, el autor de novela policiaca para el que hacía de negro.
¿Iba a escribirle su nueva novela una vez más? El dinero esclaviza y muchas
veces para tener que comer realizamos las bajezas que no haríamos por un
millón, pues el millón no lo necesitamos realmente, pero comer, hay que comer cada
día. Daniel le había escrito a Flavio siete novelas de enorme éxito, todas
ellas adaptadas al cine. Suya era la imaginación y el sudor y de Flavio el
reconocimiento, la fama, las promociones, la parte grande del pastel, la
dulzura de vivir. Por un acuerdo verbal, Daniel había de llevarse el diez por
ciento de las ganancias, aunque jamás recibió dicho porcentaje, ni la mitad tan
siquiera. Flavio, avaricioso, le escatimaba su salario, le hacía rogárselo,
demoraba las entregas y cuando le pasaba el sobre, lo hacía de mala gana, con
un semblante más propio de un tipo al que estuvieran operando de vesícula, que
de alguien que salda una deuda legítima. ¿Cuántas veces se había dicho Daniel a
sí mismo, “esta es la última vez que lo hago”? Pero, claro, explícale esas
miserias al casero o al director de la oficina bancaria para que no devuelva
los recibos por falta de fondos. Por eso le iba bien aquel trabajo, para poder
escribirle a Flavio su octava novela y bañarlo nuevamente con notoriedad y
dinero, mientras él continuaba reptando en la oscura precariedad. Daniel
fantaseó muchas veces con la idea de matar a Flavio y esa emoción le ayudaba a
fabricar y entender a sus homicidas de papel. Se permitía aquella licencia,
aquella impotencia, aquella ridícula sacarina con la que endulzar sus
claudicaciones. Y sin embargo, sabía que hasta las renuncias tienen un límite;
sentía miedo de sí mismo, terror a que llegase el día en que no bastase con
sublimar su resentimiento a través de la literatura, el día en que descubriera
que matar es más fácil de lo que parece.
III
-Carlos, ¿de verdad que no me
puedes sacar de aquí? Este sitio es horrible. Esta mañana cuando me encerraron
me quejé de que mi celda no estuviese preparada, la cama estaba sin hacer. ¿Y
sabes que me contestó el funcionario que me escoltaba? Que esto no era un
hotel, que estaba en una cárcel y la cama te la haces tú. Eres mi abogado, ya
sé que nos han denegado la fianza, pero algo se podrá hacer, recurrir, que sé
yo.
-Flavio, parece mentira que te
hayas ganado la vida escribiendo novela negra. Estás acusado de matar a nueve
mujeres y de violarlas, incluso, post mortem, aparte de descuartizarlas
y otras atrocidades. ¿Y pretendes que convenza al Juez que te deje libre?
Bastante conseguiré si logro que no te saquen del módulo de los chivatos,
porque a la que te des una vuelta por el patio con el resto de los reclusos no
ibas a durar vivo ni cinco minutos.
-Soy inocente.
-Lo sé. Soy tu cuñado, te conozco;
tú no eres capaz de abrir ni una lata de sardinas, menos aún de matar a nueve
personas a lo largo de quince años. Pero la cuestión es cómo convenceremos al
Tribunal cuando te juzgue. Has escrito una novela en la que narras con
minuciosidad como asesinaste a esas mujeres, incluyes detalles objetivos que sólo
podían ser conocidos por alguien que se encontraba en el escenario del crimen.
Si tú no lo hiciste, ¿cómo sabías la forma exacta en que murieron?
-Carlos, hay algo que debo decirte.
Es algo… vergonzoso.
-Soy tu abogado, lo que me digas es
confidencial.
-Yo no escribí esa maldita novela,
de hecho, jamás he escrito ninguna novela. Tengo un negro, alguien que escribe
lo que yo firmo.
-¡Sabía que eras inocente!
-Se me hiela la sangre pensar que
contraté a semejante monstruo.
-¿Hay un contrato que os vincule?
-No, era un negro; entiéndeme, no
podía dejar ningún rastro que le relacionara conmigo. No hay contrato, ni
recibos, ni cartas, ni correos
electrónicos, ni mensajes telefónicos. Yo le hacía los encargos y los pagos en
efectivo. A veces él me seguía y me abordaba por la calle con impaciencia
cuando creía que me retrasaba en abonarle lo convenido, era muy mezquino en
cuestiones de dinero.
-Va a ser muy difícil probar que
fue tu negro quien redactó la novela. Ten, escribe en esta hoja su nombre y donde
se le puede encontrar. Encargaremos a un detective privado que le investigue.
-Carlos, si esto sale a la luz, el
público se dará cuenta de que soy un fraude. Será mi ruina.
-Es el precio que habrás de pagar
para evitar nueve condenas por asesinato.
II
Casi al terminar su segunda ronda
nocturna por la Ciudad Judicial, Daniel merodeaba por el archivo de la Sala de
lo penal. Llamó su atención una estantería coronada por un rótulo: “casos
abiertos”. Se detuvo a examinar varios legajos. El primer expediente trataba
del cuerpo de una mujer desconocida hallado en el interior de una maleta
abandonada en un bosque. El vigilante separó la carpeta y siguió buscando, cada
vez más animado. A medida que iba leyendo, se abría en su mente un mundo de
posibilidades narrativas. Aquellos sumarios proporcionaron el excelente
material con el que Daniel confeccionó la última y más exitosa novela negra de
Flavio.
( Relato públicado en el tercer número de la "Sirena
Varada; revista literaria bimestral" que se edita en México).
lunes, 11 de septiembre de 2017
MI RELATO "MY PRIVATE BARETO" GANADOR DEL 15 CONCURSO DE RELATO CORTO "EL COLOQUIO DE LOS PERROS"
Ganadores del 15 Concurso de Relato Corto y Fotografía
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El barcelonés Héctor Daniel Olivera Campos con su divertida obra "My
private bareto" es el ganador del apartado de relato corto de la
decimoquinta edición del Concurso de Relato Corto y Fotografía que
organiza la Asociación Cultural “El coloquio de los perros”, cuyo tema
en esta ocasión ha sido "Bares".
Asimismo, el segundo premio y accesit del certamen ha sido otorgado al relato "Bucle", del riojano Ernesto Tubía Landeras.
En cuanto al apartado de fotografía, la imagen ganadora es "Manhattan breakfast", enviada desde Valencia por José Beut Duato, que muestra a dos jóvenes desayunando en la puerta de un local en la isla neoyorquina.
Además de estas tres obras premiadas, los miembros del jurado decidieron otorgar menciones especiales a los relatos "El bar multiusos", del también valenciano Eduardo Viladés Fernández de Cuevas; "Tortilla de patata", enviado por Cristina Cifuentes Bayo desde la localidad zaragozana de La Puebla de Alfindén; y "Un lugar en el paraíso", del almeriense Manuel Agustín Belmonte Pérez. También recibieron esas menciones las fotografías "Bar 2 de Mayo", del argentino Juan Cruz Olivieri; "Escenas", del granadino de Ogíjares José Tomás Rojas; "Tabernas del sur", del portugués João Galamba de Oliveira; “La terraza de Sísifo”, del donostiarra Andoni Alemán Amundarain; y "Desayuno y prensa", del barcelonés Carlos Frías Pérez.
Los relatos y fotografías ganadores y mencionados por el jurado formarán parte del libro que la Asociación Cultural El coloquio de los perros edita cada año con las obras más destacadas del concurso, y que será presentado en el acto de entrega de premios que tendrá lugar a final de octubre de este año en fecha y lugar aún por concretar.
En cuanto al apartado de fotografía, la imagen ganadora es "Manhattan breakfast", enviada desde Valencia por José Beut Duato, que muestra a dos jóvenes desayunando en la puerta de un local en la isla neoyorquina.
Además de estas tres obras premiadas, los miembros del jurado decidieron otorgar menciones especiales a los relatos "El bar multiusos", del también valenciano Eduardo Viladés Fernández de Cuevas; "Tortilla de patata", enviado por Cristina Cifuentes Bayo desde la localidad zaragozana de La Puebla de Alfindén; y "Un lugar en el paraíso", del almeriense Manuel Agustín Belmonte Pérez. También recibieron esas menciones las fotografías "Bar 2 de Mayo", del argentino Juan Cruz Olivieri; "Escenas", del granadino de Ogíjares José Tomás Rojas; "Tabernas del sur", del portugués João Galamba de Oliveira; “La terraza de Sísifo”, del donostiarra Andoni Alemán Amundarain; y "Desayuno y prensa", del barcelonés Carlos Frías Pérez.
Los relatos y fotografías ganadores y mencionados por el jurado formarán parte del libro que la Asociación Cultural El coloquio de los perros edita cada año con las obras más destacadas del concurso, y que será presentado en el acto de entrega de premios que tendrá lugar a final de octubre de este año en fecha y lugar aún por concretar.
jueves, 24 de agosto de 2017
FALLADO EL XI PREMIO SAIGÓN DE LITERATURA (2017)
En la undécima edición del premio
«Saigón» de literatura que organiza la Asociación Cultural Naufragio, el
poeta Juan García López ha resultado ganador de la modalidad de Poesía
por su poema «Siria desmembrada», y Héctor Daniel Olivera Campos, en la
modalidad de Microrrelato por su texto «Sabotaje». Al igual que en la
pasada edición, se ha concedido un accésit, en esta ocasión al
microrrelato «La maleta mágica», escrito por el músico valenciano
Ignacio Calle Albert, Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación.
El jurado responsable del fallo ha
estado formado por cuatro escritores de la provincia de Córdoba: la
directora de la Editorial Groenlandia, Ana Patricia Moya, la escritora
María Pizarro, y los ganadores del décimo premio (2016) en ambas
modalidades, el poeta egabrense José Manuel Pozo Herencia y su paisano
Mario Morales Casas. En esta edición, las bases indicaban un único
requisito indispensable: la referencia y el protagonismo del conflicto
sirio en los textos, sin sobrepasar los 30 versos en poesía o las 250
palabras en microrrelato. Asimismo y como indican dichas bases, podremos
leer los textos ganadores en Saigón 29, el próximo número de la revista
que se presentará, según adelanta Sensi Budia, Directora de la
asociación, en Cabra (Córdoba) a finales de noviembre; momento en que
tendrá lugar la entrega de premios a los ganadores.
![]() |
| Ana Patricia Moya, Sensi Budia, María Pizarro, Mario Morales y José Manuel Pozo tras el fallo. |
| Héctor Daniel Olivera Campos |
Héctor Daniel Olivera Campos (Barcelona
1965). Es empleado en la administración local en Barberà del Vallès.
Autor de los libros “Mis letras me seguirán hasta los infiernos”
(Editorial Vampiro de Libros) (2014) y “Podemos y otros relatos
indignados” (Amazon.es) (2015). Galardonado con el primer premio en los
siguientes concursos literarios: Primer Concurso de Microrrelatos ELACT
(Encuentro Literario de Autores de Cartagena), con el microrrelato
Susceptibilidades” (2013). V Cibercertamen literario Hipatia de
Alejandría de literatura breve, con el relato “Instituto Casandra”
(2013). III Certamen de Microrrelatos de Historia “Francisco Gijón” con
el microrrelato “Amnesia” (2015). También he obtenido el Tercer Premio
en el IV Certamen de Relato Breve “Navidad solidaria” con el cuento
“Belén, 25 de diciembre” (2017). Asimismo
ha sido finalista en numerosos certámenes y ha publicado sus relatos en
las antologías Bocados sabrosos III (2013), Te veré en el climax y
otros relatos pecaminosos (Pukiyari Editores, 2014), Natalie y otros
relatos eróticos” (Editorial Donbuk, 2016), y en la revista Los Heraldos
Negros, nº 23.
viernes, 4 de agosto de 2017
AYUDANTE DE PRODUCCIÓN
Martes
noche, un bar lúgubre en Los Ángeles. En un extremo de la barra, dos hombres
sentados en sendos taburetes beben whisky y charlan entre ellos. Uno es
corpulento, el otro delgado en extremo. Los nudos de sus corbatas están flojos
y los sombreros reposan sobre la barra. A unos metros de los clientes, el
barman dormita.
-¿Así que
de la industria del cine? –deja caer la pregunta retórica el hombre corpulento.
-Ayudante
de producción de la Universal –responde el flaco que habla casi sin separar los
labios, lo que vuelve su dicción espesa.
-¿Y qué se
supone que hace un ayudante de producción?
-Muchas
cosas, pero yo me dedico en exclusiva a atender a los monstruos.
-¿Monstruos?
-Sí.
¿Usted ha visto Drácula?
-Sí,
claro.
-Pues
Drácula existe. No es un actor, es un vampiro de verdad. No se ría, no miento.
Y lo mismo puedo decir de la momia y de los demás.
-¿Y Lon
Chaney, Bela Lugosi, Boris Karloff, etc, a qué se dedican?
-Son
hombres de paja. No podemos revelarles al público la verdad.
-Le
escucho, señor….
-Edgar.
-¡Claro!
Como Edgar Allan Poe.
-Esto que
le voy a decir es confidencial, ha de jurarme que no compartirá con nadie lo
que yo le cuente esta noche.
-Se lo
juro.
-La mía es
una profesión terrible. Paso miedo, auténtico terror. Es un trabajo sucio, pero
alguien tiene que hacerlo, es como ser verdugo. ¿Me comprende? Drácula, por
ejemplo, lo tenemos recluido en una mansión en Sunset Boulevard. Su dieta es
sangre humana, probamos con sangre de cerdo, pero no funcionó. Todos los
viernes por la noche acudo a un banco de sangre y los empleados, que han sido
sobornados por la Universal, me entregan las bolsas con plasma que llevo a
Drácula. Me presento provisto de ajos, crucifijos, agua bendita y estacas. Toda
precaución es poca. Su sed de sangre es insaciable, podría atacarme en
cualquier momento.
-Interesante.
Los Estudios le pagarán un plus por peligrosidad, supongo.
-Frankenstein
–Edgar hace ver que no ha escuchado la ironía-. Todo lo que tiene de fuerza
física, le falta de cerebro; el tipo sólo piensa en joder, en meterla. Yo soy
el que le llevo a su novia para que se la beneficie, he de vigilar que no la
lastime. Sigamos: La criatura de la laguna negra: Logramos que las autoridades
declararan el lago en el que habitaba reserva natural y que se prohibiera la
pesca, pero como siempre hay pescadores furtivos, nos vimos obligados a recrear
su hábitat en un estanque artificial. No se imagina el trabajo que nos dio eso.
La momia…
-No me
diga más, fuma y se le queman las vendas.
-No, al
igual que Drácula es fotosensible. Los hemos de filmar en noche americana. El que fuma es el hombre invisible y, menos mal,
porque suele ir desnudo por la casa y no lo ves, así que cuando fuma sabes
dónde está por el cigarrillo que parece danzar en el aire. El tipo es un
incordio, aprovecha su invisibilidad para gastarte bromas pesadas. El
siguiente: El hombre-lobo, es tan peligroso como Drácula, mire lo que llevo
conmigo –el flaco extrajo una bala de su bolsillo de la chaqueta americana y la
colocó sobre la barra- es de plata.
-Sí que lo
parece –examinó la munición su interlocutor.
-Hay que
vacunarlo y desparasitarlo cada tres meses. Ya ha matado a dos veterinarios. Al principio lo ocultábamos en otra mansión
de la Universal situada en Mulholland Drive, pero el imbécil, cuando hay luna
llena se dedica a aullar y los vecinos llamaban a la policía protestando. Era
cuestión de tiempo que lo descubrieran. Así que tuvimos que llevarlo a una
granja abandonada en el desierto de Mojave. Y, por último, el fantasma de la
Ópera. ¡Insufrible! No hay quien lo saque del teatro de la Ópera. Yo es un
género que no soporto; gordas sobre el escenario lanzando gorgoritos; pues
tendría que verle usted como llora el amigo, llora a lágrima viva embargado por
la emoción estética.
-Desde luego se gana
usted el sueldo.
-Y todos ellos tienen
muy mal humor. Al principio de instalarlos, se equivocaron los de las mudanzas
y le entregaron el sarcófago a Drácula y el féretro a la Momia y no quiera ver
la que me armaron.
-Mire, amigo… Edgar,
¿eso dijo, no?
-Edgar Van Helsing.
-Yo me llamo Willy
Loman, viajante de comercio.
-Encantado, Willy, no
nos hemos presentado como es debido.
-He entrado a este
tugurio porque tras un maldito día de ventas fracasadas necesitaba una jodida
copa. Pensé que iba a ser otro día de mierda en mi decadente carrera de
vendedor, pero, gracias a Dios, has aparecido tú y me has contado todo ese
montón de mentiras y estupideces y me he olvidado de mis problemas. Me has
hecho disfrutar de lo lindo. La próxima ronda corre a mi cuenta.
-Willy no son mentiras.
-Claro, claro, los
actores han de ser fieles a su papel por absurdo que sea.
-He venido a este bar
porque te estaba buscando.
-¿A mí?
-No a ti en particular,
buscaba una víctima, te vi entrar, estás rollizo, tu aspecto es saludable.
“Éste es perfecto”, me dije.
-¿Perfecto? –Loman
comenzaba a inquietarse.
-Sufrí un accidente el
viernes pasado y todo cambió.
-¡Ah! Entiendo, te
mordió el Conde Drácula y ahora eres un vampiro.
-¿Cómo lo has
adivinado?
-Era previsible. Como
comediante me troncho de la risa, pero como guionista eres malísimo.
Willy Loman bajó la
cabeza para apurar su postrero trago de whisky. Lo último que sintió fueron los
colmillos de Edgar clavándose en su yugular.
(Relato publicado en la revista mexicana Penumbria, número 39)
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