lunes, 22 de enero de 2018

VENCIDO





El hombre levanta la vista de los pliegos que sostiene. Le envuelve la celda mugrienta de muros de revoque roído. En las paredes, escritas con caligrafía grotesca; obscenidades, juramentos y blasfemias y largas cuentas garabateadas por reos anónimos que consignan los días que les restan de condena. A veces, en el ocaso, el paseo de una cucaracha sobre los muros quiebra la monotonía. Todo es tan mezquino que hasta la luz que se filtra por el ventanuco parece impura. El hombre halla un regusto amargo de repetición en la miseria que le rodea. Otra pena más, un presidio distinto y una celda semejante.

Tiene cincuenta años, está cansado y vuelve a estar preso. Unas cuentas turbias con el fisco le han conducido a prisión. Él, que sirvió al Rey con gallardía, que fue herido y mutilado en el combate contra el turco, secuestrado por piratas, cautivo en Argel; recibe el presidio por pago a sus servicios,.

El hombre se saca del jubón raído la carta que le ha dirigido el Rey en respuesta a su segunda petición solicitando un cargo en las Indias. El billete es de hace quince años y está casi deshecho, lo relee: “Busque por acá en qué se le haga merced”, le responde el monarca, el dueño del mundo.
El hombre, que siempre ha colocado el honor por delante del dinero, creía que el que resiste vence y que incluso los que sucumben son dignos de elogio si lo hacen con honra como lo hicieron los hijos de Numancia. Sin embargo, se siente, en la hora triste del desamparo, ahíto de amargura, vencido sin remedio, más versado en desdichas que en versos.  Sus ideales de juventud yacen malheridos víctimas de la violencia de la vida. La ingratitud, la mezquindad, las envidias, toda la coalición de miserias de su injusta España le han desangrado el alma. La patria entera es un inmenso solar cuyos muros se desmoronan. Pícaros que sobreviven gracias al engaño, hidalgos empobrecidos, conversos marginados, caravanas de presos enviados a galeras; miserables, desheredados; hambre, injusticia, enfermedad, piojos y chinches. Mientras los nobles y los burgueses de cuellos engolados, enriquecidos y soberbios, observan y desprecian a la plebe que bulle y sufre en su penar diario. No hay en que creer, ni siquiera en una Iglesia tan descorazonadora como profana en sus prácticas, aunque se engalane con un ramillete de santos, místicos y ascetas. España martillo de herejes. Qué importa que los galeones arriben de las Indias cargados de oro y plata, nunca será bastante para saciar la codicia de los poderosos y las deudas contraídas, el país es un pozo de corrupción sin fondo.

El hombre permanece solo en el calabozo sabiendo que pronto arrojarán otro reo a su celda, otro convicto culpable de pobreza y de hambre. Hace dos días murió en sus brazos un joven, apenas un chiquillo, cuyo nombre era Alonso Quijano, condenado por sustraer un puerco de la finca de un marqués, con el propósito de alimentar a sus padres enfermos. El desgraciado falleció a causa de alguna enfermedad pulmonar. Su respiración era un silbido hondo, prolongado y macabro, interrumpida por esputos de sangre. Los presos veteranos saben que no conviene demorarse en los duelos, así que Don Miguel ha aprovechado su efímera soledad para pergeñar unas líneas de una novela que ha engendrado mientras purga su pena en la Cárcel Real de Sevilla.

¿Por qué escribir? se pregunta el autor. ¿Acaso emborronar unos cuantos papeles puede devolverle la libertad y restituir su buen nombre mancillado por la condena? Escribir porque es lo único que le sosiega frente a las adversidades de la vida. Él, que se le ha dado contemplar más de un exorcismo, compara el acto de escribir con expulsar sus propios demonios. Escribir es lo único a lo que puede aferrarse para no capitular.

Escribir. Todavía aspira a conseguir un magro salario con sus letras, así que sus historias han de gustar al público. La visión que se reitera en su imaginación desde hace semanas, como un sueño recurrente, es la de un personaje, un hombre de su misma edad, un hidalgo cincuentón devoto de los libros de caballería que se pasa las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y  que así, del poco dormir y del mucho leer, se le ha secado el cerebro y ha perdido el juicio hasta el punto de creerse –bajo el resplandor de la lumbre de su locura- caballero andante.  La idea es simple: poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballería. Esa literatura amada por el vulgo, esos librotes manoseados que ha hojeado y leído gracias a la cortesía de algún comensal mientras aguardaba a que le sirvieran la cena en rudos mesones. Será una novela humorística. Un loco que recorre la Mancha disfrazado de caballero a lomos de un viejo rocín, asistido por un fiel, simple, glotón y prosaico escudero. Don Quijote, que es el nombre que adoptará el protagonista de su novela para acometer sus hazañas, también conocido como el Caballero de la Triste Figura, se hará armar en la orden de la caballería en una venta que él confunde con un castillo, batallará contra molinos a los que tomará por gigantes y se prestará a desfacer entuertos siguiendo el código de honor de los caballeros, no consiguiendo otra cosa que el ser apaleado en numerosas peripecias. También rendirá culto a su amada: Aldonza Lorenzo, una moza con la mejor mano de la Mancha a la hora de salar cerdos, a la que toma por poco menos que por una princesa y a la que rebautizará con el sonoro nombre de Dulcinea del Toboso.

Como una criatura gigantesca, una araña que desenvuelve un inmenso hilo, el hidalgo cabalga y lo que se va cociendo en la imaginación del escribiente comienza a trascender la simple chanza y la ocurrente parodia. El autor va comprendiendo las posibilidades y el alcance del argumento que hilvana. Los ideales caballerescos de Don Quijote, su derroche de valor, sentido de la justicia y culto a la belleza, se estrellarán contra la realidad bronca e ingrata, levantando un auto de fe en el que arderán todos los vicios de su época. ¡Cuán extraña ventura hallar virtud en la derrota, descubrir heroísmo en el fracaso! Don Quijote crece a medida en que el autor labra su obra. Y el loco hace de su desvarío un alegato de lucidez extrema, por lo que el hidalgo se agiganta hasta representar lo más generoso e íntegro del ser humano. Y es así como Don Miguel de Cervantes y Saavedra comprende, en la penuria de su celda, que él es también Don Quijote de la Mancha; ligados ambos, autor y personaje, cuerdo y loco, por una relación paterno filial, uncidos por el yugo de una misma derrota.
El ocaso embadurna de tinieblas la mazmorra. Cervantes reniega y enciende una vela; suspira, moja la pluma en el tintero y escribe: En un lugar de la Mancha…



(Este relato quedó finalista en el V Concurso de Relato Breve de Cornellá).


viernes, 15 de diciembre de 2017

NO NOS PODEMOS QUEJAR


A una remota república de nombre impronunciable enviaron a un relator comisionado por un observatorio de los Derechos Humanos. Se rumoreaba, a tenor de las pocas noticias que llegaban de aquel país, que se producía una constante e intensa violación de los Derechos políticos y sociales. El relator, con el propósito de documentar los abusos, entrevistó a numerosas paisanos quienes invariablemente respondían: “no nos podemos quejar”, cuando eran preguntados acerca de la labor de su gobierno o sobre sus condiciones de vida. En todas las casas lucía una fotografía del presidente de la nación y en todos los balcones tremolaba la bandera del Estado.

Convencido de la conformidad de la población con el gobierno y de que en aquel país no se producía una violación significativa de los Derechos Humanos, el relator se relajó y reservó el último día de su misión para hacer turismo. En un parque, a los pies de una estatua ecuestre de un ilustre espadón, yacía un hombre muerto, tiroteado, orlado su rostro por un charco de sangre oscura. Un pequeño corrillo de curiosos parecía velar al cadáver.
 
-¿Quién es? –preguntó el relator.
-Uno, uno más –respondió con indiferencia un señor con mostacho.
-¿Por qué lo han matado? –insistió el relator.
Los presentes bajaron la cabeza, desviaron la mirada y un ensordecedor silencio se apoderó del parque, hasta los pájaros dejaron de piar. El miedo era palpable y viscoso.
-Este… -se atrevió a hablar un jovenzuelo imberbe-, se quejó.

(Texto finalista en el IV Concurso de micorrelatos "Escribir por derechos" organizado por Amnistia Internacional de Madrid y dedicado  a la libertad de expresión).

https://twitter.com/amnistiamadrid/status/941013434983792640

domingo, 29 de octubre de 2017

MY PRIVATE BARETO

Yo soy muy de baretos. El bar ha sido, a la vez, mi universidad y mi parque de atracciones. Un día mi mujer, a la que quiero con locura, me dijo que estaba hasta el moño de ver cómo me pasaba las tardes y las noches en la tasca y regresaba entonado, así que me planteó un ultimátum: “El bar o yo”. Si me hubiera dicho: ¿qué brazo quieres que te corte? ¿el derecho o el izquierdo? no me hubiera dolido tanto. Desesperado traté de hallar la solución al problema sin renunciar a lo uno ni a la otra. Y como la necesidad agudiza el ingenio, enseguida llegué a una síntesis satisfactoria. En el cobertizo anexo a mi casa, que hasta entonces se empleaba como trastero, instalé mi bar privado, así la parienta ya no tendría motivos para reprocharme que me ausentaba de casa para irme a empinar el codo.

Siempre he sido un tío manitas y deje el bar niquelao. Tenía de todo: barra, aseos, taburetes, neveras, grifos de cerveza, caja registradora, máquina tragaperras, anaqueles con botellas de licores con etiquetas amarillentas, una bola de cristalitos discotequera y hasta un jamón con chorreras colgando del techo. No instalé máquina de cafés ni plancha, pasando.

Huelga decir que disfruté como un descosido de mi bareto durante los primeros meses de su existencia. Apenas regresaba de mi trabajo, me metía en mi bar particular y me ponía ciego de cervezas y otras bebidas espirituosas. Sin embargo, enseguida noté que faltaba algo para que la felicidad fuera completa: faltaba el ambiente. Instalé una televisión para ver y comentar conmigo mismo los partidos de fútbol, pero no fue suficiente. Para que hubiese color, desarrollé una personalidad doble, merengue y culé respectivamente. Al calor de la rivalidad futbolística discutía y me vacilaba a mí mismo y un día llegué a las manos y me pegué un puñetazo en un ojo.

Lo de la personalidad doble estuvo bien, pero tampoco me bastó. Lo siguiente fue inventarme un barman y unos clientes habituales imaginarios con los que relacionarme y mantener tertulias de bareto. Mi mente enferma llegó a recrear a un chino, que sólo hacía que jugar a la tragaperras y un cuñado taxista, un bocazas insufrible con el que discutía acerca de todo, voz en grito.

Al principio la relación con el público habitual y el barman fue buena. Ya saben, la camaradería típica de los bares –esos templos de la masculinidad-, el entrar por la puerta y ese amigote recibiéndote regocijado: “¡Pichaaa!”. Ese camarero que te sirve la copa que siempre tomas sin necesidad de pedírsela. Esas charlas interminables en tertulia española –a gritos e interrumpiéndose los unos a los otros- con ese vacileo unánime de listillos. Ese griterío, esas frases rebozadas de tacos y exabruptos, esos abrazos, esas rondas que corren, esos chistes guarros, esa exaltación de la amistad que se produce tras la tercera copa. ¡Qué gozada!

Todo iba perfecto, el mío era el bareto soñado, aunque sin saber muy bien porqué el ambiente comenzó a enrarecerse. De las amenas e inofensivas broncas de bar surgieron rencillas con algunos de los parroquianos. Destaco la trifulca que tuve con uno de los clientes macarras –no hay bar sin macarra, es su hábitat natural-: Yo andaba una tarde pasado de copas y al fulano, que es un paranoico, le dio por decir que le hacía ojitos a su novia y que me iba a partir la jeta. La acusación me enervó, así que le contesté:

-¿Pero qué dices, payaso? Si tu novia es más fea que mandar a la abuela a comprar costo. Es tan fea que sólo le guiñan el ojo los francotiradores. ¿Cómo coño voy a mirarla?
-¡Borracho! –me soltó el callo.
-Sí, pero a mí se me pasa mañana.

Fue dejar caer la última frase y el macarra y yo nos liamos a hostias. La cosa acabó cuando le partí una botella de cerveza en la cabeza, aún se advierte la cicatriz en mi cráneo.

Problemas con la clientela aparte, también el barman comenzó a mosquearse conmigo con una sucesión de puyas que fueron en aumento. Un día el camarero me acusó de mangarle la prensa, otro de usar demasiado el baño – “A cagar te vas a tu casa”, me soltó, luego me prohibió que entrara con mi perro en el bar y, por último, alegó que le había hecho un simpa, cosa falsa de toda falsedad. El tío mamón juraba y perjuraba que un día me bebí no sé cuántos quintos y que cuando me reclamó su importe, yo le vacilé diciéndole. “Los quintos que rompan filas”. ¡Mentira cochina! Un día aciago me ordenó con muy malos modos que bajara la voz y me llamó “borracho tocacojones”, amenazándome con echarme del bar. “No tienes huevos”, le reté, pero lo cierto es que me echó a patadas. No me arredré. Me presenté al otro día en mi bareto, más chulo que un ocho y le solicité que me pusiera un destornillador (vodka con naranja) y el tío me metió un destornillador de estrella hasta la garganta. Denuncié a mi alter ego en el Juzgado, al que solicité una orden de alejamiento de mí mismo, pero el Juez archivó la denuncia. ¡Puta Justicia corrupta!

Como podéis ver no ganaba para broncas baretiles. Mi mujer se hartó y me dijo que me apuntara a un grupo de alcohólicos anónimos y que buscara ayuda psicológica. Le hice caso. Acudí a un par de reuniones, pero el grupo de alcohólicos anónimos –sería más honesto llamarlos borrachos conocidos- me pareció una puta mierda y lo dejé. Aquella gente estaba loca, en su obsesión malsana por querer apartarse de la priva, estaban dispuestos a renunciar a los bares, algo que se me antojaba inconcebible. Soy de la opinión que la civilización empezó cuando el hombre salió de las cavernas y se metió en las tabernas. Decepcionada conmigo, mi parienta me abandonó. Aquello fue un duro golpe para mí, así que me refugie en mi bar como nunca. Las broncas cesaron, todos los tíos se ponían en mi piel y me daban palmaditas en la espalda y un menda, que es un el fondo un sentimental, en agradecimiento les pagaba rondas y cuando estábamos bolingas cantábamos todos juntos, “Asturias, patria querida”, “Nos han dejado solos a los de Tudela y por eso cantamos de cualquier manera” y “Clavelitos”. El barman, hechas las paces conmigo, me escuchaba narrar durante horas interminables mis penas de amor con gesto impertérrito mientras secaba vasos.

Comencé a beber para olvidar y, al final, me olvidé de ir a trabajar y hasta de donde había puesto mi bar privado. Un día vinieron los loqueros a buscarme y me llevaron al manicomio. La terapia que me aplicaron fue agresiva: Duchas frías, celdas acolchadas, aislamiento, píldoras que te dejan grogui, camisas de fuerza, electroshocks, lobotomía. Reconozco que las pasé canutas, pero me curaron. Ya no tengo personalidad múltiple.

Regresé a mi casa y regresé a mi bar. El barman y los habituales seguían allí como siempre, hasta el chino que arrojaba monedas a la tragaperras. Yo les conté mis quebrantos y ellos los suyos. El dueño del bar me dijo que la crisis había sido muy dura, que aquello ya no era negocio y que lo había puesto en traspaso. Yo le confesé, algo avergonzado, que ya no bebía, que en psiquiátrico me habían desintoxicado. El camarero no reprochó mi debilidad, se limitó a servirme una cerveza sin alcohol y a llamarme “desertor”, “maricón” y otras lindezas parecidas. No me enfadé, lo importante para mí era regresar a mi hogar, disfrutar de mi bar y de su ambiente.

Ahora mi bar privado lo llevan unos chinos. Me llevo bien con ellos, no les entiendo una mierda cuando hablan ni ellos a mí, pero me llevo bien. Han bajado los precios de las consumiciones; el quinto sale a un “eulo” y te dan una tapa.

(Este relato fue el ganador del XV Concurso de Relato Corto "El coloquio de los perros").