viernes, 1 de junio de 2018

EL CLUB DE LOS 27




Cuando llevas toda la vida viviendo en el mismo barrio se producen fenómenos indeseables; uno de ellos consiste en que acabas conociendo a todos los zumbados del vecindario. A medida que creces y te adentras en ese páramo que es la vida adulta, los lazos que te unían con tus amigos de la juventud se van diluyendo abrupta o lentamente. Las personas que te apetecería frecuentar se mudan, hacen mutis por el foro en el escenario de tu vida, y los figurantes que quedan suelen ser vecinos recalcitrantes y malhumorados, siluetas cuya contemplación no te inspira otra cosa que hastío o irritación. Los notas y los colgados no emigran; sales a comprar el pan y allí están ellos, poblando el paisaje urbano con la misma furia que hace veinte años. Ellos te saludan, te abordan, te piden tabaco y, lo que es peor aún, te conocen por el nombre y se enganchan  a darte la murga con el propósito de volcarte todas sus obsesiones. Supongo que lo que digo no es muy compasivo, pero macerarse años y años en el apartamento-colmena de un polígono, contemplando un eterno desfile de idénticos rostros que el transcurso de los años va pudriendo con lentitud, tampoco es la mejor trinchera que puede depararte esta vida para derrochar compasión.

El Beni era uno de los colgados del barrio. Nunca llevó los cabellos largos, pero todos sabíamos desde la época en que éramos jóvenes despreocupados que matábamos el tiempo en el parque bebiendo litronas mientras escuchábamos música y arreglábamos el mundo en extensas charlas que duraban hasta el amanecer, que el Beni era rockero de corazón. Cuando los heavys existían y mecían sus soberbias pelambreras al viento, el Beni ya los despreciaba, como los apóstatas que según su credo, eran. Para el Beni, tras Led Zeppelin, todo lo que había seguido después era decadencia y fango. Pasaron los años y los heavys se quedaron calvos, firmaron hipotecas y tuvieron hijos -en eso quedó toda su rebeldía-. Pero el Beni permaneció inalterable como si hubiese hecho un pacto con el diablo: delgado, estatura media, cabellos negros escasamente colonizados por las canas, una pose y un tono de voz que denotaban un malhumor sempiterno, la mirada hostil y una indignación perpetua; solterón, por supuesto. El Beni vestía modosamente, hacía años que había colgado la cazadora cruzada de cuero negro en la percha del armario y ya no se le distinguía de cualquier parroquiano. Yo le recordaba de mis tiempos mozos, y aunque por entonces, veinticinco años atrás, ya nos parecía un tío raro, no teníamos conciencia de que fuera alguien que padeciera un probable, aunque nunca desvelado, desorden mental. El tipo, claro está, me conocía y siempre que me lo tropezaba por el barrio -los colgados siempre pululan por la vía pública, parece que no tengan casa-, me abordaba para soltarme alguna diatriba, mayormente contra la música comercial: “Tío, tío, ya no quedan músicos auténticos. ¿Dónde hay ahora mismo un Led Zeppelín o un Deep Purple?” Su apego a los dinosaurios del rock constituía una pasión que se antojaba entre entrañable y ridícula. Sentía nostalgia por un tiempo que ni siquiera él había vivido y su adoración por la “autenticidad” -su palabra favorita- no era más que una adhesión fanática a los discursos caducos que había parido una avariciosa máquina de la mercadotecnia de tiempos remotos. Es cierto que nunca fui melómano, así que el seguidismo fan de los grupos siempre ha quedado muy lejos de mi completa comprensión. Jamás pertenecí del todo a mi generación; no atesté habitaciones enteras con cajas de vinilos, no viajé al extranjero para asistir a un concierto de mi grupo, no exhibí camisetas con la estampa  de mi grupo favorito, no me tragué toda la filosofía barata que vomitaban la inacabable legión de críticos musicales en su amalgama de pedantería y esnobismo; todo esto, ahumado por el humo de un millón de porros. Mis amigos se construyeron una identidad a través de la música, yo no, y siempre me parecieron adocenados y maleables, no hallé en aquellos acordes la épica que ellos encontraron. El Beni se había quedado colgado para siempre en aquella época, atrapado por siempre en aquella mística de plástico.

Con el paso de los años, incluso el Beni se fue desdibujando, ya no me tropezaba tan a menudo con él y sólo de vez en cuando me lo encontraba en la biblioteca pública, tomando en préstamo compactos de estilos musicales que él juraba y perjuraba despreciar con toda su alma. Ya no se arremolinaba a mí, no me contaba batallitas y al reconocerme se limitaba a ejercitar un lamentable gesto de saludo, apenas un gruñido.

El 25 de julio de 2011 me encontraba en la biblioteca leyendo la prensa, en concreto, repasaba los artículos que informaban sobre la matanza acaecida en Utoya, Noruega. Un tal Anders Behring Breiwik, noruego de pura cepa, treinta y dos años de edad; alto, rubio, ojos claros; que se definía en su página de Facebook como cristiano conservador (el día que dijeron aquello de “no matarás”, faltó a misa), nacionalista; aficionado a la caza, al culturismo, a la música trance, a vídeojuegos como World of Warcraft y a la serie televisiva Dexter (protagonizada por un forense justiciero y psicópata); había perpetrado un doble atentando en el que habían sido asesinadas cerca de un centenar de personas. Llevaba todo el fin de semana interesado en el caso. Behring -“se llama igual que el estrecho de Bering   -pensé-, un nombre apropiado para un estrecho de mente”- era un ultraderechista aterrado por la “islamización” de Europa de la que culpaba a “violentas organizaciones marxistas”; granjero ecológico, masón y lector de Stuart Mill, George Orwell, Maquiavelo y Kafka; vamos, como se suele decir, alguien con una empanada mental importante. En la foto que publicaba la prensa, extraída de su perfil de Facebook, se veía a un joven bien parecido, con pinta de niño pijo -estaba titulado en Comercio y era hijo de un diplomático- enfundado en un sweater Lacoste, ¡fíate de las apariencias! Sus víctimas eran miembros de las juventudes socialdemócratas. Personalmente, también me caían fatal los niños trepillas que se apuntan a las juventudes de los partidos políticos mayoritarios con la esperanza de medrar, pero, ¡de ahí a acribillarlos a balazos! Siguiente duda, ¿un sólo tirador podía aniquilar a casi setenta personas? ¿Estábamos ante un nuevo Lee Harvey Oswald?

Me hallaba enfrascado en mis reflexiones acerca de la masacre de Noruega, cuando el Beni me sacó de mi ensimismamiento, zarandeando mi hombro:

-Tío, tío, ¡qué desgracia! -me dijo con sus ojos húmedos. No sabía yo que el Beni fuera tan humanitario.
-Sí, ha sido una desgracia muy grande, hay mucho colgado hijo de puta suelto por el mundo –le respondí.
-Hablo de Amy Winehouse.

Aquello era para cagarse y no tener con que limpiarse, el tipo estaba triste por la muerte de la cantante británica:

-¿Pero…, te gusta el soul?
-Yo creí que la tía era un pastel, que iba de pose, pero ha demostrado ser una tía auténtica.
-¿Cómo?
-Muriéndose a los veintisiete ha demostrado que no iba de farol, que vivía lo que cantaba y cantaba lo que vivía - “¡Joder! -pensé-, ya estamos con el puto malditismo”.
-Muerta a los veintisiete. No entiendo a esa gente que teniendo éxito, talento, juventud y dinero, se autodestruyen.
-Claro que no le entiendes, tío, se ha de tener un espíritu muy refinado para entenderlo.

Sus palabras me molestaron, así que le repliqué picado:

-Tú sólo entiendes lo que te venden. Donde tú ves glamour, mito y culto; yo sólo advierto la historia sórdida de una persona politoxicómana con un entorno más preocupado en explotarla económicamente que en ayudarla a superar sus adicciones y que, ahora, tras su muerte, se van a lucrar como nunca.
-No es eso tío, no es eso. Ella no quería rehabilitarse, ya lo dijo en su canción Rehab, no, no y no. Ella ha ingresado en el club de los veintisiete porque entendía que la vida después de esa edad tan sólo es decadencia.
-¿El club de los veintisiete?
-Sí, hombre, la edad a la que mueren los grandes: Robert Johnson, Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain y ahora Amy Winehouse. Y también.., –hizo una pausa como si lo que fuese a decir a continuación fuese una profanación- Cecilia y Nino Bravo.
-¡No me jodas! O sea, que mola palmarla a los veintisiete.
-Yo hubiera querido morir a los veintisiete -el Beni, soltó aquella frase con los ojos brillantes.
-Pero, ¿qué dices?
-Piénsalo, morir a los veintisiete supone fallecer en pleno esplendor de la juventud. Los veintisiete es el punto de inflexión, la cumbre, la cima de Sísifo; a partir de esa edad solo ruedas hacia abajo. Tu cuerpo aún podrá conservar algunos años más el vigor juvenil, pero a partir de los cuarenta se irá marchitando, perderás belleza y lozanía, aparecerán los achaques y las limitaciones, pondrás proa a la vejez; cada vez que visites al médico temerás que te den una mala noticia. A los veintisiete has vivido ya todo lo importante, las experiencias que te ocurran después de esa edad, difícilmente  despertarán en ti pasiones arrebatadoras, ya no vivirás febrilmente, cada acontecimiento tendrá un regusto a déjà vu.  A medida que te hagas mayor verás que los sueños no se cumplen. Caerán tus ideales como pétalos de una flor ajada y tan sólo te quedará el amargo cáliz del escepticismo.

Me quedé con la boca abierta, no sabía si la parrafada que me acababa de soltar el Beni era lo más lúcido o lo más desquiciado que había  escuchado en mi vida. Supongo que satisfecho por su victoria dialéctica, el Beni decidió dar por terminada la conversación, se despidió con cortesía y se marchó de la biblioteca a pasear su duelo por el barrio.

Una semana más tarde volvía a pisar los suelos de la biblioteca. Al entrar en la sala de lectura, la bibliotecaria me hizo una seña para que me acercara al mostrador de préstamos:

-¿Te acuerdas del Beni?
-Sí, la semana pasada, estuve hablando con él, ¿le ha pasado algo?
-Le han encontrado muerto en la bañera de su casa.
-¡Jolines!
-Murió el día en que cumplía cincuenta y cuatro años.

Abandoné la biblioteca anonadado por la noticia. Mientras caminaba por la calle con rumbo al bar más próximo en el que tomarme un trago a la salud del Beni, reparé en que cincuenta y cuatro es el doble de veintisiete. “¡Serás cabrón! -pensé- Acabas de entrar en el club de los veintisiete por partida doble”. Me imaginé al Beni dentro de una caldera en el último círculo del infierno dándole la brasa a sus ídolos y sonreí.

Este relato ha sido publicado en la revista "El Callejón de las Once Esquinas" en su número 6.





martes, 1 de mayo de 2018

"HASTA LUEGO LUCAS" LIBRO DE HOMENAJE A CHIQUITO DE LA CALZADA

La P.A.E. Plataforma de Adictos a la Escritura convocó un concurso de microrrelatos en homenaje al gran Chiquito de la Calzada. Pues bien, los micorrelatos finalistas escritos han sido recogidos en una antología titulada "Hasta luego Lucas". Cinco microrrelatos míos han sido recogidos. Aquí van:

DISPUTA FILOSÓFICA
-Te mueves más que los precios, ¡Pecadooorrr! –dijo ese fistro de Parmínedes.
-Es que nadie se baña dos veces en el mismo río, ¡por la gloria de mi madre! –le rebatió Heráclito.



LAS VENTAS
Ese peaso de escritor independiente que pasa más desapercibido que un peo en un jacuzzi. Va un amigo y le pregunta:
-¿Cóomoorr van las ventas de ese fistro de libro?
-Mala persona, las ventas dice, las ventas son una plaza de toros. ¿Te das cuén?


CHEF CHOF
-Papaaar, papaaar, no quiero almóndigas.
-¡Cómoorrr! ¿No quieres almóndigas que es carne de mi carne, de mi diodeno sexuaaal?
Y ese padre que trabaja menos que el sastre de Tarzán, aplasta la almóndiga de un puñetazo y le dice al niño:
-Pues come hamburguesa.


LA PLACA
-Doctor, doctor, tengo pupita en el fistro diodenal.
-Vamos a tener que hacerle una placa.
-¿Del fistro?
-No, fúnebre.

EN LA GLORIA DE SU MADRE
-Señor enemigo, ¿podría acercarnos el barco? Es para mandarles un torpedo, sí, que con los recortes los lanzamos con tirachinas.
-Gila, ¿Qué guarrerida española es esa? ¿Cómoorr vas a lanzar un torpedo sexuaaal con tirachinas? ¡Cobardeer! ¡Al ataqueerr!

 Resultado de imaxes para chiquito de la calzada

sábado, 28 de abril de 2018

PROXENETISMO




-Tienes que venir -le rogó el poeta Heinrich Heine a su amigo, otro exiliado alemán como él-. La tarde moría y las callejuelas del barrio latino de París se emborronaban de tinieblas.
-¿Al salón de esa aristócrata marimacho? -respondió con desdén Karl Marx
-No es marimacho.
-¿No? Viste como un hombre, fuma en pipa y firma su literatura con un nombre de varón…, ¿cómo es?
-George Sand. Si firmara con su nombre de mujer no le harían caso. Quizás en la sociedad socialista con la que sueñas se considere por igual a hombres y a mujeres -alegó Heinrich-. Marx se encogió de hombros. -Ven, será una velada estupenda. Su pareja, Chopin, tocará el piano; lo hace siempre que su salud se lo permite. Esta noche estarán presentes el compositor Franz Liszt, el pintor Eugène Delacroix, los escritores Víctor Hugo y Honoré de Balzac…
-No sigas, todos burgueses decadentes. Además, no puedo ir. He quedado dentro de una hora en el Café de la Régence con un tal Friedrich Engels, es un alemán de ideas socialistas afincado en Inglaterra que está deseando conocerme, según afirmó en una efusiva carta que me mandó.
-Aplaza la entrevista. Hay una mujer extraordinaria invitada esta noche.
-¿Otra lesbiana hombruna?
-Flora Tristán.
-¿Quién? -preguntó Marx.
-¿Te llamas socialista y no conoces a Flora Tristán, la mujer de verbo profético y enérgico que en Francia ha organizado a miles de trabajadores en la Unión obrera? -Karl Marx comprendió que aquella noche debía acudir a la velada del salón de George Sand.

Fue un flechazo, un fulgor. Fue una comunión de ideas, pareceres e indignaciones y sueños. Apenas Heine los presentó, Flora y Karl se sentaron la una frente al otro y se desentendieron de alternar con el resto de los invitados al salón, lo que suponía una grosería social. Una mujer que lucía cabellos negros que se derramaban en tirabuzones hasta sus hombros. Bella, pero con una intensidad en la mirada y en la severidad de la expresión de su rostro que revelaba su carácter enérgico y tozudo. Karl estaba extasiado. Jamás había conocido una mujer igual y durante toda la conversación casi se limitó a escucharla. Ella, de origen pudiente, huérfana de padre, con una madre caída en la pobreza, había conocido la explotación del proletariado y la cárcel del matrimonio; se definía a sí misma como una “paria” por su condición de hija natural y de mujer separada que abandonó a su marido porque la maltrataba. Una mujer tenaz y valiente que había viajado a Perú, en busca de fortuna, y a Inglaterra, de criada; que había escrito libros en los que denunciaba la explotación de los obreros y la opresión de la mujer. Una fémina que sobrevivió de milagro al intento de su ex marido de asesinarla, disparándola a plena luz del día en una calle de París, y que convivía con una bala alojada en el pecho. Y lo que era más importante aún para Marx, ¡una mujer! líder indiscutible de una organización que aunaba a miles de obreros por toda Francia; algo impresionante para él, que apenas era un joven filósofo que soñaba con transformar el mundo.

Flora ya había tenido bastante con los hombres; es más, el amor y la plenitud carnal la estaba viviendo con Olympia, el verdadero amor de su vida. Sin embargo, se sintió atraída por aquel joven idealista que remarcaba las erres hablándole en un francés con acento alemán exagerado y dañino para los oídos. Sí, era hermoso; los cabellos rizados, que denotaban su ascendencia judía, sus profundos ojos negros y aquellos dos tramos de bigote sobre las comisuras del labio superior en un intento, un poco ridículo, de aparentar virilidad. Tenía el porte y el aspecto de un héroe romántico. Pero, sobre todo, Flora descubrió un hombre sabio y cultivado, pese a su juventud, bendecido por una mente privilegiada; una máquina de pensar, una atronadora razón en marcha guiada por una insobornable pasión moral. Un hombre casado con una aristócrata: un burgués que había renunciado a una apacible carrera académica, que había perdido fortuna y patria, y que había sido perseguido por las autoridades de su país al ponerse del lado de los oprimidos, en el lugar correcto de la barricada de la Historia.

La velada se les hizo corta para los dos, ¡tenían tantas cosas de qué hablar! Flora y Karl volvieron a verse furtivamente por París. Primero en los cafés, después en las pensiones y en los lechos de insalubres buhardillas. ¿Cómo no iban a vestirse de amantes adulterinos cuándo tenían tanto en común? El destino había decidido unirlos. Ella le explicó sus ideas socialistas tras hacer el amor con desespero, como si el mundo fuese a acabarse, o la revolución anhelada por ambos estuviese a punto de estallar en cualquier momento. Flora opinaba que los obreros debían emanciparse por ellos mismos como clase social, sin esperar nada de los socialistas utópicos burgueses; que los trabajadores no tenían patria y el chovinismo nacionalista era una trampa y que sólo una gran unión internacional de los proletarios de todo el mundo tendría la fuerza necesaria para poner fin al sistema presente e inaugurar una nueva era de justicia e igualdad sobre la tierra;  que no podía haber una liberación verdadera de los oprimidos si no se rompían, a la vez, las cadenas que sujetaban a la mujer en el hogar.

Flora también le explicó a su amante cosas más personales de su vida: como que a los veintidós años tuvo que huir de la casa de Chazal, su marido impresor, llevándose a sus dos hijos Ernest y Aline, tras descubrir que el padre había violado a su hija.

“Dad a todos y a todas el derecho al trabajo, la posibilidad de comer, el derecho a la instrucción, la posibilidad de vivir por el espíritu, el derecho al pan, la posibilidad de vivir del todo independiente, y la humanidad hoy tan vil, tan repugnante, tan hipócritamente viciosa, se transformará en el acto y se volverá noble, orgullosa, independiente, ¡libre!, ¡bella! y ¡feliz!” -subrayó Marx el párrafo en uno de los libros que aquella mujer, de educación autodidacta, había escrito.

La muerte puso fin al romance. El catorce de noviembre de 1844 moría Flora Tristán a consecuencia de las secuelas que el intento de asesinato de su ex marido había dejado en su cuerpo.

Cuatro años después Karl Marx publicaba El Manifiesto comunista en el que se apropiaba de las ideas de Flora, sin nombrarla. Nunca reconocería su legado. Años después, en Inglaterra, sí lo haría en privado, en una charla con Engels, en la que admitió haber saqueado las ideas de Flora: “En cierto modo, Friedrich, me comporté como un proxeneta” declaró, en una inusual muestra de autocrítica, el genial y arrogante filósofo Karl Marx.

(Relato publicado en el número 28 de la revista mexicana "Los Heraldos Negros")

 http://heraldosnegros.org/

sábado, 7 de abril de 2018

FUTURO IMPERECTO

Un siglo después de que se editara el último libro en papel –la postrera derrota de lo vegetal frente a lo digital-, las radiaciones emitidas por una gigantesca tormenta solar perforaron la magnetosfera terrestre; los circuitos eléctricos se colapsaron en su totalidad, los transformadores eléctricos fueron dañados, las comunicaciones tecnológicas abatidas, los aparatos e-readers fenecieron sin excepción y los contenidos de todos los e-books del planeta se extinguieron. La humanidad se enfrentaba a las consecuencias del grave error que había supuesto la abolición de las antiguas bibliotecas.