Mi nombre es Judas. También soy
conocido como Tomás o Dídimo,
que en arameo y griego significan, respectivamente, “el gemelo”. Soy el hermano
gemelo de Jesús de Nazaret. Y en estas escrituras narro la historia verídica
del que es conocido como “el Cristo”.
Un equívoco se propaga por todas
las naciones. Y en el nombre de este equívoco hay quien es perseguido, sufre
tormento y es conducido a la muerte. Es vital que la verdad irrumpa y se
afiance en los corazones de los hombres, sobre todo ahora que se cuentan tantas
historias falsas acerca de mi hermano.
Por citar tan solo una
de las mentiras que se han vertido, basta mencionar el relato que el apóstol
Juan hace de las andanzas de su Maestro. Juan afirma que había un discípulo a
quién Jesús amaba –al que no nombra, aunque parece referirse a sí mismo–,
insinuando que entre el Maestro y el discípulo pudiera haber existido una
relación que fue más allá de lo fraterno, similar a la que practican muchos
griegos.
Desenmascarar, pues, el fraude en
todas sus facetas es el propósito que persigo con mi testimonio. Sé que mi cobardía
durante estos años pasados no tiene disculpa, pero no me ha sido posible alzar
la voz hasta que he traspasado las fronteras del mundo conocido; de haberlo
hecho antes hubiese acabado como mi hermano –aunque también admito, para mi
vergüenza, que he tardado demasiado, que he dudado en exceso antes de tomar el
cálamo–. Sin más dilación, comience aquí mi Evangelio:
Es difícil describir lo que supone
tener un hermano gemelo, piensen por un momento que esa pálida imagen que
contemplan ante el bruñido espejo no fuese tan solo un reflejo mudo y plano,
sino que hubiese otra persona con ese rostro, los mismos ojos, idéntico color
de pelo, la misma curva de la boca, que incluso bostezara igual que uno. Otra
persona que hubiese estado a su lado desde siempre y en todo momento, que
anduviese, vistiese y se moviese de una manera pareja a la suya. Si hubiesen
vivido esa experiencia comprenderían que un gemelo no es un hermano ordinario
y, entonces, sabrían, con rotundidad, que la relación con ese hermano sería el
vínculo más especial que hubieran podido establecer jamás con persona
alguna.
El Señor me había bendecido con la
existencia de mi hermano Jesús –cuyo nombre significa “Dios salva”–, aunque
aquella fue una vivencia malograda, pues ya en mi más remota infancia se fue
abriendo entre ambos un foso que nos separó de una manera casi violenta. En
cuanto tuve uso de razón me percaté de que mi hermano no era como yo, en muchos
aspectos, ni era como otros niños; mi hermano era diferente. El que crea dirá
que, siendo el Hijo de Dios, no podía ser igual que el resto de mortales; pero
no es eso a lo que me refiero. Jamás advertí en mi hermano nada maravilloso ni
sobrenatural pues comía, bebía, dormía y le afligían las necesidades del cuerpo
igual que a cualquier semejante. Nadie lo investigó tanto como yo y no encontré
en él nada milagroso. Mi hermano era especial porque era distinto, era mucho
más sensible que lo que suele ser el común de los humanos. Así, desde niños
fueron divergiendo nuestros caracteres. Jesús: reservado, generoso, compasivo,
reflexivo, inteligente, pacífico, dispuesto siempre a contemplar la luz en los
demás. En cambio, yo: jactancioso, egoísta, cruel, desconfiado, impulsivo,
astuto, violento, duro.
Fueron mis padres, y en particular
mi madre, los primeros en descubrir que mi hermano era diferente. Se hace
difícil comprender que, en ocasiones, los padres no traten a los hijos por
igual pese a sus deseos más sinceros en ese sentido. El hijo tullido, el
enfermizo, el descarriado, aquel con más dificultades para valerse en la vida,
recibirá una mayor porción de atención, cariño y disculpa que los demás. Por
aparecer, mi hermano, en primer lugar, a la luz del mundo desde el útero
materno, él era el primogénito; pero las obligaciones, responsabilidades y asperezas
de la primogenitura recayeron sobre mis hombros, mientras que Jesús era
protegido y mimado hasta el ridículo por nuestra madre. Yo me moría de celos,
pero nuestra madre, lejos de negar que le amaba más que a mí, me contaba que un
ángel se le había presentado siendo ella virgen para anunciarle que Jesús sería
llamado Hijo de Dios y reinaría sobre la casa de Jacob. Revelación a la que mi
progenitora añadía otras señales que
corroboraban la excepcionalidad y santidad de mi hermano, como aquella que nos
explicaba que Jesús nació con abundancia de cabello y yo casi calvo. Todo esto
me fue dicho a una edad en que uno se cree cualquier cosa que le digan los
padres. Es lógico que yo sufriera pues no entendía por qué el ángel había
encumbrado a mi hermano, mientras a mí se me relegaba, siendo ambos tan
idénticos (nadie ajeno a la familia nos distinguía, aunque quizás los ángeles
sí pudieran hacerlo). Y soñaba con un tropel de seres celestiales que, en mis
sueños, corregían la primigenia injusticia, y yo tomaba la posición de mi
hermano mientras que él se desvanecía y era mío, entonces, el trono de David.
Durante el día, cuando mis padres miraban para otra parte, aprovechaba para
atizar a mi hermano cuanto podía; él lloraba, y mi padre, que sabía lo que yo había
hecho, me propinaba, sin tan siquiera preguntarme por mi maldad, un correctivo
con una vara de olivo que tenía preparada para tal fin. Desde que tuve uso de
razón supe que mi madre era una mujer herida y que detrás de aquella historia
increíble que nos narraba, latía un oscuro y vergonzante secreto de familia.
Mis lamentaciones no se agotaban en
el seno de mi familia. Mi hermano era diferente y la diferencia se paga. Y si
esa diferencia consiste en una mayor sensibilidad y bondad, entonces se paga
doblemente. Los niños, con su crueldad inocente e implacable, tienen un olfato
finísimo para identificar y dañar al que es distinto. Mi hermano Jesús sufrió
el acoso por parte de los críos de mi aldea apenas supo caminar; se burlaban de
él y le maltrataban, le apodaron “el niño loco”. Además, para agravar la
situación, Nazaret al completo sabía que mi madre se había casado con mi padre
estando embarazada de otro hombre –del que nunca se conoció su identidad porque
mi madre jamás la reveló–; y era por ello que nuestros vecinos añadían a
nuestro nombre el apelativo de “hijo de María”, mientras que mis otros hermanos
fueron conocidos como “hijos de José”. Sin embargo, a mi madre la acabaron
tolerando pese a su condición de pecadora, por pura conveniencia, por ser ella
la única mujer de la localidad que peinaba, cortaba y arreglaba los cabellos
con ocasión de las bodas y otras ceremonias solemnes y por ser su esposo el
único carpintero y albañil de la aldea; y eso, a pesar de que Anás, el escriba, jamás cejó de soliviantar al pueblo exigiendo
nuestra expulsión del vecindario, acusando a nuestra familia de ser un mal
ejemplo, “la vergüenza de Nazaret”. Bien es sabido que el interés y la
conveniencia –y también el dinero, aunque no fuera este el caso, – vuelven
respetables a aquellos que no deberían serlo conforme a sus faltas. En cambio,
a nosotros dos, a sus hijos, los niños de Nazaret –que no se sentían
concernidos a mostrarse hipócritas o condescendientes– nos recordaban nuestra
bastardía con una cotidianidad de insultos y golpes, agravadas las ofensas por
el silencio cómplice de mis padres que nunca levantaron un dedo para
defendernos, ya que mi madre, en tanto que adúltera, vivía como una judía entre
gentiles, al resguardo de una tolerancia frágil que podía decaer en cualquier
momento. Para hacer más hiriente la situación de Jesús y la mía, he de añadir
que nuestros hermanos Santiago, José, Simón, Salomé y Susana, que nunca fueron
molestados por nadie, –ya que eran hijos legítimos–, rara vez se preocuparon en
acudir en nuestro auxilio, demostrando su escasa lealtad fraternal.
En lo que a mí se refiere, deciros
que yo no daba abasto rescatando a Jesús, una y otra vez, de algún altercado en
el que era golpeado por los niños de la vecindad; no por amor a él, sino por
salvaguardar el maltrecho orgullo de la familia. Y era habitual que, tras el
incidente, fuera yo el que golpeaba a mi hermano por su indignidad al no
defenderse ante quienes le acometían. No diré que Jesús fuera cobarde, pues no
huía y se enfrentaba con palabras firmes a sus agresores, pero no recurría a la
violencia. Una vez que le reproché su actitud, me respondió que él, las
bofetadas, las daba sin manos. Yo, que por defenderlo andaba sangrando
profusamente por la nariz y por la ceja izquierda, me exasperé con un deseo, a
duras penas reprimido, de herirle:
–¿Qué quieres decir? No te entiendo –le interpelé.
–Cuando ellos sean mayores y
recuerden sus actos, se avergonzarán tanto, que el dolor que sientan será mucho
mayor que el que pudiera causarles respondiendo a sus golpes.
–¿Esa es tu venganza?
–No es venganza; simplemente, en
esta vida se recoge lo que se siembra.
Atrapé sus cabellos e iba a
estirarlos hasta que le saltaran las lágrimas, pero, no sé por qué, me detuve
y, en cambio, mojé mis dedos con mi sangre y los froté contra su rostro. Fue
tan aguda la expresión de dolor que cubrió su semblante que me sobrecogí y
desde entonces no volví a ponerle la mano encima. Contábamos diez años de edad.
Durante su infancia, mi hermano
mantuvo una relación intensa con nuestro vecino Baraquia, rabino de la sinagoga
de Nazaret, con el que pasó conversando muchas horas acerca de las cosas
santas. El rabino era un buen hombre y sentía por nosotros una misericordia
sincera. Jesús y yo teníamos prohibida la entrada a la sinagoga, en tanto que
bastardos. Era algo que nos dolía, sobre todo durante la celebración de la
fiesta del Purim, en la que se procede a la lectura del Libro de Ester y los
niños hacen sonar sus matracas, con alegría desbordada, a lo largo de la plegaria
cada vez que se nombra al malvado Amán. Baraquia se apiadaba de nosotros y nos
guardaba dulces hechos con motivo de la celebración y nos los entregaba a
escondidas. Por aquel entonces yo confundía la bondad con la debilidad y
despreciaba al rabino por parecerme blandengue, de la misma forma que
despreciaba a mi hermano por la misma razón; la vida era dura y despiadada
–bien temprano que lo estaba aprendiendo–, la vida era lucha y no había lugar
para los débiles, la bondad era un perfume demasiado caro para ser derrochado.
Baraquia, que se había encariñado
con mi hermano, con motivo de un viaje que hubo de realizar a Jerusalén, se
hizo acompañar por Jesús, con permiso de nuestro padre. Pasaron una semana
hospedados en la casa Hilel el Sabio, el más grande rabino de Israel. Aquellas jornadas
dejarían una huella indeleble en Jesús.
A Hilel se le
consideraba el hombre más docto de Israel. Sedientos de su magisterio, varones
judíos acudían a visitarlo desde de todos los rincones del mundo. En sus
enseñanzas, el rabino enfatizaba el cumplimiento de los preceptos éticos, la
piedad personal, la humildad y la preocupación por el prójimo. Cuando mi
hermano, según nos contó más tarde, le preguntó, en un alarde de audacia, si
era posible resumir todo el contenido de la Toráh
en una única sentencia, Hilel respondió: “No hagas a tu prójimo lo que no
quieres que te hagan a ti; todo lo demás es comentario”. Jesús quedó
deslumbrado por tal concisión e hizo suya la máxima.
Al regreso a nuestra
aldea, mi hermano no dejaba de elogiar al rabino Hilel, al que tenía por un
santo. En más de una ocasión manifestó su intención de ser como él. ¿Por qué
no? Hilel, la máxima autoridad en la Ley judía, tenía unos orígenes humildes,
comenzó siendo un zapatero de Babilonia que estudiaba la Toráh en sus ratos libres. Mi madre se encargó de quitarle de la
cabeza la idea de emular al gran rabino: “Jesús, olvídate de eso, tú estás
llamado para un destino mucho más grande”, sentenció. Muchos años después, ya
de adulto, cuando llevaba mis alforjas cargadas de experiencias y había pagado
la contribución de sufrimientos que nos exige la vida, me pregunté, con
misericordia, si aquellas ensoñaciones de grandeza que arrebataban a mi madre,
y en las que confiaba ciega y sinceramente, no fueron, sino, la forma que
encontró de evadirse de sus penurias cotidianas, una manera de conllevar su
simultánea condición de mujer, pobre, ignorante y adúltera.
Al año de su visita a
Jerusalén, Baraquia murió. Pese a todo lo que renegaba de él, cuando supe de su
fallecimiento lo lloré en la intimidad como se le llora a un padre. Tras su
muerte, mi hermano solía ponerlo de ejemplo para ilustrar la idea que acabó
dominando su paso por la Tierra: que la fe puede mejorar a las personas. Por mi
parte, yo contradecía su argumento y le señalaba que las buenas personas lo
serían de todas formas, sin el apoyo de creencia alguna, porque tal cualidad
era atributo del carácter personal de cada cual, añadiendo que, a la mayoría,
la religión tan solo los convierte en hipócritas, obligándolos a ocultar sus vicios
y a alardear de sus virtudes, ya sean estas ciertas o falsas, y que, a no
pocos, el culto los volvía aún peores de lo que eran, algo que había constatado
durante las lapidaciones prescritas por la Ley al contemplar la saña, la
crueldad y el odio inexplicable de los que apedreaban a los infelices
condenados a muerte. Verdugos que, con las manos manchadas de sangre, se
creían, con absoluta sinceridad, buenos, justos e incluso santos por haber
llevado a cabo aquello que estaba escrito.
Al cumplir los doce años ocurrió un
incidente desagradable. Habíamos acudido en peregrinación a celebrar la Pascua
a Jerusalén y, cuando nos disponíamos a regresar a Nazaret, mi hermano no
aparecía. Tras buscarlo durante tres días, lo hallamos en el Templo, disputando
sobre asuntos doctrinales con los sacerdotes y hasta con el propio Hilel, que
estaba presente y que no salía de su asombro al ver que un mocoso le instruía
acerca de la verdadera interpretación de la Ley. Cuando mis padres le riñeron
por su ausencia, mi hermanito contestó: “¿Por qué tuvieron que buscarme? ¿No
sabían, acaso, que tengo que estar en la casa de mi Padre?”. Cuando pudimos
estar a solas, yo, a su vez, le reprendí:
–¿Qué está pasando? ¿Ahora juegas a
ser rabino?
–Hermano, tú serás el primero en
saberlo, pero te pido que guardes secreto hasta que sea el día. Yo soy el que
esperan, soy el Mesías.
–Tienen razón aquellos que te llaman
loco.
Mi hermano, a partir del incidente
del Templo, se transformó en un iluminado. Hablaba a
las gente como si fuera un rabino erudito, reconviniendo a todo el mundo en
cuestiones de moral. En Nazaret se ganó una fama pésima; nuestros vecinos murmuraban:
“¿No es este uno de los chicos de la carpintería, hijo de María? ¿De dónde le
viene esta sabiduría?”. Tan solo nuestro primo Juan, en las escasas ocasiones
en que vino a visitarnos, parecía estar a gusto en su compañía. A partir de los
catorce años, Jesús se obsesionó con las especulaciones sobre las cosas
últimas, tales como nuestro destino después de la muerte, la existencia o no de
un Juicio Final, la venida del Reino de Dios, la posibilidad de un Cielo para
los justos, o bien, del Gehena donde los malvados purgarán para siempre... Yo
me burlaba de él y, en privado, tildaba de “excrementos” sus preocupaciones
piadosas, con el propósito de ofenderle, buscando provocar una ira que nunca
conseguí arrancarle. A lo largo de nuestra juventud, mi hermano se dedicó a
sermonearme de forma tenaz, siendo el resultado de sus prédicas el contrario al
buscado, pues solo consiguió despertar en mí un deseo salvaje de pecar. Creo
que si me abracé a todos los excesos fue por el gusto que encontraba en
escandalizar a mis padres y en consternar a mi hermano. Las energías que empleó
Jesús en fortalecer mi fe hicieron de mí el muchacho más incrédulo de
Palestina. Además, ¿dónde estaba ese Dios en los momentos en que le había
pedido ayuda? Un Dios que enviaba profetas que clamaban en el desierto y
ángeles de luz, pero que era incapaz de corregir hasta la más pueril de las
injusticias. Un Dios extraño, silencioso e inútil, al que no entendía ni me
convencía. Llegué al privado convencimiento de que Dios no existía y que las Sagradas
Escrituras no eran más que una profana y vulgar reunión de rollos escritos por
hombres carentes de inspiración divina.
El punto culminante de estas
discusiones se produjo cuando teníamos quince años de edad y asistimos, en
Séforis –a donde habíamos acompañado a nuestro padre para ayudarle en unos
trabajos de carpintería que se hacían con motivo de la reconstrucción de la
ciudad–, a la lapidación de una adúltera. Yo aproveché aquel hecho para tratar
de erosionar la fe de mi hermano:
–Jesús, esta es tu religión, la que
mata a esa pobre mujer ante la puerta de la casa de sus padres. Una mujer que,
no lo olvides, podría ser nuestra madre.
–El Señor no lo aprueba.
–¡Blasfemas! ¿Acaso no está escrito
en la ley de Moisés que los reos de adulterio deben morir? ¿Quién eres tú para
enmendar la Ley? ¿O es que, como eres el Mesías, ya pretendes fundar un culto
distinto al que Yahvéh otorgó al
pueblo de Israel?
–Nada de eso.
–¿Entonces? –Lo había cazado en una
contradicción y disfrutaba con ello.
–Dios es amor y misericordia. Ama a
Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. De estos dos
mandamientos pende toda la Ley y los Profetas. –Mi hermano, en las cosas
referidas a su fe, hablaba con sentencias, para mi irritación.
Le escuché perplejo, había resumido
los numerosos y prolijos preceptos que constreñían la vida de los creyentes,
normas que habían sido compiladas con paciencia meticulosa por los doctores de
la Ley, en tan solo dos mandatos.
–¿Ya está?, ¿así de simple?
–Tú lo has dicho, así de simple.
Tal y como podéis observar, la
intimidad de una familia puede resultar tan insólita como sorprendente puede
llegar a ser la vida.
Por una parte, estaba mi padre,
quien había aceptado, en un acto de amor, lo inaceptable: el embarazo de su
desposada por parte de un desconocido. Él no solo la perdonó –ignorando lo que
le recomendaron personas sensatas: que la repudiara en secreto para no
exponerla a la ignominia pública–, sino que hasta emigró al país de las
pirámides en un intento fallido de ocultar la preñez de su mujer a las miradas
indiscretas. Un padre al que yo no le perdonaba que hubiese regresado a Nazaret
desde Egipto, impelido por la nostalgia de la patria, cuando yo todavía era
niño, exponiéndonos a mi hermano y a mí al oprobio que conllevaba el
conocimiento público de nuestra bastarda concepción.
Por otro parte, mi madre. Una mujer
visitada por ángeles que le transmitían mensajes, a veces tan prosaicos como
aquel que nos obligaba a comer humus la víspera del Sábbath.
Sin olvidarme, por supuesto, de un
hermano gemelo santurrón que nombraba a su Padre Celestial a cada momento; ni
de otros hermanos, incrédulos como yo, de la condición profética de Jesús, pero
que se alineaban siempre con la matriarca cuando se desataban las demasiado
frecuentes discusiones familiares.
Comprenderéis que tuve que
marcharme, alejarme de mi extravagante familia.
Al poco de cumplir los dieseis
años, un día, cansado ya de las admoniciones que me dirigía mi hermano, me
planté y le exigí, con gritos y malos modos, que me dejara en paz, que estaba
harto de él, que no me censurara más, que no se atreviese ya a realizar la más
mínima observación acerca de mi vida y conducta. Jesús me replicó:
–Examínate a ti mismo y aprende
quién eres, de qué manera existes y cómo es que serás. Puesto que tú serás
llamado mi hermano, no es adecuado que seas ignorante de ti mismo.
Recuerdo haberlo mirado con odio,
con un desprecio infinito. “Es un loco”, pensé –eso creía entonces; en alguna
ocasión había visto a Jesús hablando solo, ¿se supone que conversaba con su
Padre Celestial?–. He de confesaros que también me recorrió un viejo y familiar
escalofrío: el terror profundo
a heredar la locura de mi madre, tal y cómo pensaba que le había ocurrido a mi
hermano. Aquel mismo día pedí mi parte de la herencia y anuncié que me iba de
casa. Mi madre trató de impedir mi marcha y, con una lucidez hasta el momento
inédita en ella, me rogó que me quedará para proteger a Jesús:
–Tú eres el fuerte, él es el
espiritual. Ama a tu hermano como a tu alma, cuida de él como a la pupila de
tus ojos –me rogó.
–¿Acaso soy yo el guardián de mi
hermano? –le respondí, con sarcasmo.
No me convenció. Muchas veces me he
preguntado qué hubiera pasado de haberme quedado a protegerlo, tal y como me
solicitó mi madre. De haber estado a su lado, ¿habría podido evitar que lo
crucificaran?
En el reparto de la heredad no me
tocó mucho, sin embargo, y pese al escaso peculio obtenido, mi decisión de
abandonar el hogar paterno era firme.
El día de mi marcha no permití que
ninguno de mis familiares me acompañara en la despedida. Al poco de abandonar
la población por el camino que conducía hacia Judea, recuerdo haberme detenido
y haberme dado la vuelta para divisar por última vez Nazaret; apenas un
miserable y exiguo apiñamiento de viviendas de piedra blanca al resguardo de
tres colinas. Agucé la vista hasta distinguir el hogar que dejaba atrás: la
casa que mi padre José había construido tras regresar de Egipto, una casa-cueva
que aprovechaba una hendidura natural en uno de los promontorios, situada en la
periferia de la aldea. Suspiré y apreté el paso. Jamás regresé a Nazaret.