He quedado finalista en el Certamen de Relatos Breves "Sobre enfermeras" con mi relato
sábado, 7 de noviembre de 2020
RETRIBUCIÓN
LLUEVE MANSAMENTE SOBRE EL CAMPOSANTO
La Revista Digital Miseria ha publicado mi relato
EN MIL PALABRAS
La revista Marginalees en su número ocho ha publicado mi relatillo de terror

LOS SIN ROSTRO
El Círculo Independiente de Arte de Morelia (México) ha publicado en su Gaceta número dos mi relato
martes, 3 de noviembre de 2020
HECATOMBE
La revista mexicana "Iguales" ha publicado mi relatillo
lunes, 5 de octubre de 2020
¡SILENCIO, SE RUEDA!
El medio argentino El País Digital ha publicado mi cuento "¡Silencio, se rueda!".
En
otras circunstancias, la directora habría observado al grupo de sesenta y cinco
gitanos famélicos con infinito asco, pero verlos ataviados con trajes folclóricos
andaluces, produce en Leni Rienfenstahl un hondo y extraño regocijo en su alma
de artista. “¡Son perfectos!”, se dice para sí misma, aunque logra esconder esa
emoción con férrea disciplina, cualidad que ha guiado toda su vida:
-¿Por qué están tan desmejorados?
–pregunta la directora a herr Müller, el productor ejecutivo de su película.
-¡Están en los huesos!
-¿Y qué esperaba? Los hemos sacado del
campo de concentración de Maxglan
–se excusa el productor.
Leni se acerca al grupo de gitanos presos
que esperan en formación a que la directora pase revista.
-¡Menudas caras! ¡Con este material no puedo
hacer nada! –exclama la directora
enfurecida.
-¿No irá a devolverlos? ¡Con lo que me ha
costado conseguirlos! No nos los querían ceder. He tenido que pelearme con las
SS en pleno, decían que les parecía una aberración utilizar infrahumanos para
hacer de figurantes en una película alemana. Sólo lo autorizaron cuando les
recordé que usted era amiga personal de Hitler y que si se negaban a prestarnos
el personal que les solicitábamos, nos quejaríamos al mismísimo Führer.
-Usted, ¿ha comido hoy? –se dirige la
directora a uno de los extras.
-No, señora.
-Müller, esto es intolerable, ¿cómo se
atreve a tener a mis actores en ayunas? Quiero que coman. Dentro de tres días
empezamos a rodar, los quiero ver lozanos, lustrosos. Cébelos como a puercos si
es necesario.
-Frau Rienfenstahl, ejem… -carraspea herr
Waldheim, el enviado por el doctor Goebbels para supervisar el rodaje.
-¿Y a usted qué le pasa ahora? –le
responde la directora, enérgica.
-Son gitanos, no entiendo tanta
delicadeza.
-La directora de la película soy yo, usted
está aquí para espiarme, ¡así que cállese!
-Eso que dice no cierto, me envían desde
el Ministerio para recabar las necesidades del rodaje y facilitárselas.
-Mire
usted, no soporto la fealdad. Nunca haría una película con gente enferma.
Yo manejo y trato a mis actores como considero.
No, Leni no se va a achicar, hace años que
quiere rodar esa película y no va a dejar que ningún correveidile se entrometa
en su proyecto. Leni sabe que tiene a Goebbels en contra. Lejos quedó su
amistad íntima con el Ministro de Propaganda del Reich, en los tiempos en que
ella rodó los documentales El triunfo de
la voluntad y Olympia. Con la
guerra en marcha, Goebbels considera que la producción cinematográfica alemana
ha de servir para elevar la moral de combate de la población, cada película
debe ser un arma más del arsenal nazi. Tiefland,
la película que se propone rodar Leni, le parece al Ministro un capricho de
niña mimada, un derroche inexcusable de recursos y celuloide. Goebbels no la
entiende, él no es un artista, es un burócrata.
Para Rienfenstahl el arte es una sublime y pura emanación del espíritu
humano de una dimensión que está muy por encima de las mezquindades mundanas y,
especialmente, de la política. El arte se justifica por sí mismo, no tiene más
juez que el logro estético, se halla más allá del bien y del mal y de las
plebeyas consideraciones morales. Es por ello que políticos y artistas hablan
idiomas diferentes y nunca se entenderán, están destinados a chocar unos contra
otros.
La escena está lista para ser rodada al
pie de los Dolomitas, que sirven como excelso telón de fondo de la tragedia.
Leni supervisa los últimos retoques en el guion, basado en el drama “Terra
Baixa” de Àngel Guimerà, con aportaciones propias y elementos traídos del libreto
de Eugen d’Albert, adaptación
operística de la obra teatral. Albert tomó el drama rural de Guimerà y
rebautizó a Manelic, el pastor protagonista,
como Pedro, a la vez que reconvertía
a los payeses catalanes de los Pirineos en gitanos andaluces. Desde que
Merimée fijara con su Carmen
en el imaginario europeo la estampa romántica y tópica de lo hispano,
todos los españoles pasaron a ser andaluces, flamencos, toreros, gitanos y
bandoleros. La diversidad hispana reducida a un burdo estereotipo plagado de
ilusorio exotismo. Leni conoce la falsedad que encierra ese manoseado mito,
pero ella también está dispuesta a perpetuarlo, al fin y al cabo, el artista no
puede ser ajeno a las expectativas de su audiencia y el gran –e ignorante-
público alemán identifica a los españoles con
una nación de gitanos andaluces. Sí, en su película no van a faltar las
castañuelas ni los trajes de volantes. El rigor bien puede quemarse como el
incienso ante el altar del propósito comercial.
Leni relee texto y repasa con las yemas de sus
dedos las líneas de la escena que va a rodarse. Un buen guion es el cimiento de
una buena película. La contraposición que describe el libreto entusiasma a la
cineasta. Por un lado, la “tierra alta”, la montaña, en la que sus habitantes
endogámicos, elementales, directos y sin dobleces, brutos hasta la violencia,
pero nobles; se oponen, por contraste, a la “tierra baja” del valle poblada por
gentes refinadas, envilecidas por el confort
e hipócritas hasta la náusea.
La autenticidad del medio rural versus
la decadencia de la ciudad; el pueblo esencial y puro en pugna con la
corrupción de las gentes urbanas, mestizas y cosmopolitas; simbolizados,
respectivamente, en los personajes del pastor Pedro y el hacendado Don Sebastián,
ambos en disputa por el amor de la gitana Marta, papel interpretado por la
propia Riefenstahl.
“¡Silencio, se rueda!”, ordena la
directora, megáfono en mano.
Anna Blach, una gitana quinceañera, atractiva y ágil, hace del doble de Leni en
la escena en que Marta debe galopar a caballo. El resultado es impecable. Leni
está entusiasmada por el desarrollo de la escena:
-Lo
has hecho de maravilla. Te concedo un deseo –se muestra Leni magnánima con la
muchacha.
-No
voy a pedirle nada para mí, pero, por favor, señora, libere a mis hermanos del
campo de concentración –le pide Ana que ha oído que la directora se tutea con
Hitler.
-Tendrás
que optar por uno –zanja la petición la directora con una media sonrisa que Ana se le antoja cínica.
La
joven amazona mira a la señora con ojos desmesurados por un estupor que va
adquiriendo la viscosidad del espanto:
-Señora,
no puede hacerme eso, no me obligue a elegir, yo los quiero a todos por igual
–replica la niña entre balbuceos.
-¿Qué
no puedo hacerte qué? –pregunta Leni, que sonríe abiertamente y se da la vuelta
para encontrar las sonrisas cómplices de herr Müller y herr Waldheim. Ana no
entiende porque sonríen, no hay nada divertido en lo que acaba de decir. –Mira,
pequeña, has de aprender que en esta vida no se puede tener todo. Tendrás que
elegir.
-Señora…,
Ana comienza a sollozar.
-Si
para ti es un problema elegir a uno, pues no liberamos a ninguno y asunto
resuelto –añade Leni encogiéndose de hombros con gesto teatral.
-No,
por favor, ni que sea uno sólo, gracias, muchas gracias señora, disculpe –baja
la cabeza Ana, deshecha en lágrimas.
-Y
ahora, ¡largo de mi vista! Con los
problemas que me está dando este rodaje, nada más me falta soportar a una niña
llorona.
La
respuesta de la directora es devastadora para Ana, quien pasa en el barracón la
que será hasta ese momento la peor noche de su vida. La muchacha se ve
responsable de la vida de sus hermanos,
por lo que un sentimiento de culpa se apodera de su conciencia. Al escoger
a uno sólo de sus hermanos, siente que condena a muerte a los otros. Se pasa
toda la noche rota en llantos, desgarrada por el dolor. No puede hacer lo que
se le pide y condenar a los hermanos que no elija, pero tampoco puede condenar
a uno de ellos si en su mano está salvarlo. El amanecer la sorprende con los
ojos secos de tanto llorar, implorando a Dios que llegue a perdonarla por lo
que va a hacer. Al final se decide por salvar al más pequeño de ellos,
considera que los otros, por tener más edad, tendrán más posibilidades para
valerse por su cuenta y sobrevivir.
Al día siguiente, se alista una nueva
escena. La directora se impacienta con los preparativos. Ana se acerca trémula
a Leni para entregarle el papel con el nombre de su hermano:
-Señora…
-¿Qué pasa? –le responde la directora con
mal tono.
-Disculpe, el nombre de mi hermano
–informa la muchacha bajando con gesto humilde la cabeza.
Leni se guarda con desdén la nota en un
bolsillo de su pantalón. La directora empuña el megáfono y ordena: “¡Silencio,
se rueda!”,
Otra
de las extras, la gitana Zäzilia Reinhardt, amiga, compañera y confidente de Ana, sobrevivió al Porraimos (en romaní “la devoración”),
el Holocausto de los gitanos europeos a manos de los nazis. Zäzilia pudo dar
testimonio de lo que ocurrió. Ana y sus hermanos se disolvieron en un silencio
eterno de humo y ceniza, en Auschwitz.
https://www.elpaisdigital.com.ar/contenido/literatura-desde-casa-silencio-se-rueda/28503
domingo, 13 de septiembre de 2020
EMANACIONES
Soy marchante de arte, obsesionado con
hallar gangas. Cada día, mientras desayuno, me dedicó a leer la lista de
decesos, apunto los nombres y busco sus direcciones en internet. Después de
buscar información complementaria en la red, hago una primera criba, los que
pasan el filtro, los archivo en la carpeta de “muertos interesantes”. Al tercer
día del óbito me presento en el domicilio del finado haciéndome pasar por un
conocido del interfecto que viene a trasmitirle las condolencias a la familia
o, por el marchante que soy, interesándome por una pieza que el difunto pensaba
venderme. Husmeo en las casas y sondeo a los deudos acerca de lo que pudieran
tener de valor. En más de un noventa por ciento de los casos mis indagaciones
son infructuosas y me voy con las manos vacías; en un nueve por ciento adquiero
quincalla -cuberterías de plata, máquinas de coser antiguas, colecciones
numismáticas y filatélicas, libros descatalogados, etc-; en casi el uno por
ciento encuentro algo interesante y verdaderamente rentable y, en contadas
excepciones, como si de una aparición mariana se tratase, me topo con la gran
ganga.
En una de mis pesquisas acudí a un
edificio de pisos con solera del centro de la ciudad. La decoración modernista
del vestíbulo y su ascensor de los años veinte, estilo art-decó, ya me pusieron
de buen humor, mi olfato de sabueso intuía que iba a hallar una pieza
interesante. En el zaguán me franqueó el
paso la portera, mocho en mano, cual cancerbero chismoso. Le dije que tenía una
cita con la muerta para comprarle unas antigüedades que poseía. La portera me
miró con desconfianza, era obvio que no me creía. La anciana era una vieja alemana que no tenía
familia ni amistades conocidas, ya que “era muy rancia, no se relacionaba con
nadie y no salía de casa”, dictaminó la portera, así que le extrañaba que yo la
conociese. Le dije que hablé con ella por teléfono, que me contó que estaba
pasando apuros económicos y que tenía algunas cosas para ofrecerme. Todavía
escamada, la buena señora tomó unas llaves de un casillero y me dijo “venga”,
la seguí.
Entré en el apartamento de la muerta. No
hacía falta ser Sherlock Holmes para deducir que estaba ocurriendo. La portera,
sola o en compañía de otros, le estaba “limpiando” el piso. Cajones abiertos,
en los que sin duda alguien había hurgado en busca de joyas y dinero y cuadros
descolgados y apilados contra una de las paredes del salón. “La difunta, que
Dios la tenga en su gloria, era una guarra.
Todo esto estaba hecho un asco. Yo le estoy limpiando la vivienda para
que cuando vengan los herederos, si es que aparecen, no se lo encuentren todo
hecho una porquería. Yo no gano nada con esto, es por mantener el prestigio de
la escalera. Usted ya me entiende”, se justificó la matrona. “Claro, por
supuesto”, asentí con hipocresía.
Reconozco que estaba decepcionado -¿mi
olfato me fallaba?-, a simple vista no había nada de interés: muebles viejos,
que no antiguos; menaje de los años setenta sin valor alguno; souvenirs
horteras… Con desdén, casi con fastidio, revisé los cuadros: arlequines
llorando y escenas de caza de un kistch infecto. Escondida tras un puzle
encolado y enmarcado de la Puerta de Brandeburgo, encontré una acuarela que
llamó mi atención: Era un paisaje que representaba el Castillo del Rey loco de
Baviera ejecutado por un pintor mediocre en un estilo académico muy
trasnochado. A simple vista me pareció una obra de principios del siglo XX. Al
leer la firma, casi me tiemblan las piernas: “A. Hitler. 1910”. Reprimí mi
sorpresa y mi entusiasmo y declaré en tono lacónico y poniendo mi mejor cara de
poker:
-¡Qué desilusión, aquí no hay nada que
valga la pena! La señora debía ser una vieja loca que se creía que tenía el
tesoro de Sierra Madre.
- ¿La alemana no le habló de lo que
quería venderme?
-No, sólo me dijo que tenía unos
cuadros, pero todo esto no es más que basura. Por no irme con las manos vacías
me llevaría esta acuarela, pero no sé si vale la pena. Le doy veinte euros
-añadí porque sabía que la portera vendería todo lo que pudiese en algún rastro
y yo, en aquel momento, era el rastro que la visitaba, ahorrándose el viaje. No
tenía sentido seguir con el paripé.
-¡Veinte euros! Pero si es…, es…, es un
castillo muy bonito -dijo tomando el dibujo con brusquedad con sus pezuñas de
marujona. No obstante me alegró saber que no tenía ni idea de lo que tenía
entre manos.
-Treinta.
-Cincuenta.
-Cuarenta, mi última oferta.
-¡Hecho!
La señora pensaba que había hecho una
buena venta porque hasta me invitó a café con leche y madalenas caseras. Tuve
que aguantar por espacio de media hora como me contaba su vida de viuda
menesterosa, lo que no era más que una manera sibilina de justificar sus
rapiñas.
La siguiente alegría al hallazgo de la
acuarela fue autentificar que era obra del mismísimo Führer. Pasé un par de
semanas concentrado en discutir con galerías y marchantes. Los entendidos me
aconsejaron que esperase para sacarla al mercado, pues su autor era muy
controvertido por razones ajenas al arte y que me aconsejaban a que la
subastase en una sesión en la que se ofertaran más objetos relacionados con el
dictador alemán. La última vez que se había vendido un lote de catorce
acuarelas y dibujos de Hitler las pujas superaron los cuatrocientos mil euros.
Había encontrado la gran ganga.
Como más temprano que tarde iba a
ingresar un pastizal de dinero, decidí no posponer la compra de un coche nuevo,
por lo que me deshice de mi Peugeot y me compré un Audi. Reconozco que fue un
capricho, el primero de una serie, porque a partir de ese momento comenzaron a
asaltarme oscuros deseos y extravagantes antojos.
Tras el Audi me empeñé en tener un perro
-y eso que siempre los había detestado-. En contra de la opinión de mi esposa
me compré una perra de la raza Pastor alemán a la que llamé Blonda y
adiestré con palabras germanas: Sitz, revier, ruhig, hier, laufen, springt…,
y mi preferida: Pfote (dame la patita). Llevado por una súbita
germanofilia comencé a coleccionar soldaditos de plomo nazis y a estudiar
alemán por correspondencia. También experimenté cambios en mis hábitos
alimentarios; dejé de frecuentar los kebab y me aficioné al chucrut, las
salchichas, el codillo y la cerveza bávara. Le siguieron otras excentricidades
a las que sucumbí, como escuchar a Wagner a todas horas y a toda hostia y salir
a la calle vestido de tirolés. Por último, comencé a odiar a moros, gitanos,
negros, judíos, Testigos de Jehová, homosexuales y rojos.
A la par que aumentaba mi locura aria,
la convivencia con mi mujer se fue degradando. En un postrero intento de
llevarse bien conmigo, una tarde me propuso que viéramos una de las viejas
películas de mi videoteca, mi cinta preferida: “El violinista en el tejado”. No
pasé de los créditos de inicio. Me mareé y vomité sin querer encima de mi santa
esposa. Se aseó, hizo las maletas y se marchó a casa de su madre.
El quedarme sólo empeoró mi deriva. Me
obsesioné con la peor de mis fobias: la cuestión judía. De repente veía judíos
por todas partes, aunque nada los identificara como tales, porque “no es la
religión, es la sangre la que hace al judío”, no paraba de repetirme con
maligna insidia. Como no podía pedirle a
los hombres que se bajaran los pantalones y me enseñaran la chorra, para ver si
estaban circuncidados; me bastaba con atisbar una nariz prominente, unas orejas
grandes o cabellos rizados, para certificar la raza hebraica del sujeto. En
España miles de judíos se habían convertido al catolicismo a lo largo de los
siglos, los llamados marranos, ¿cómo saber si a alguien le corría sangre judía
por sus venas? Como no podía ir por el mundo haciendo tests genéticos,
decidí recluirme en mi casa y no relacionarme con nadie. Por último, comencé a
sospechar que yo también podría tener ascendencia judía. Contacté por internet
con un genealogista para que buscara en mi linaje ancestros semitas. Si
encontraba una sola gota de sangre judía corriendo por mis venas, por ínfima
que fuese, estaba decidido a suicidarme y hasta había comprado una dosis de
cianuro a tal objeto.
Una tarde, mientras esperaba, y temía,
el veredicto del genetista, me puse a ver la película “El diario de Dorian
Gray”, para tratar de distraerme. Fue entonces cuando comprendí lo que me
ocurría, ¡era por culpa de la puta acuarela de Adolf Hitler! Tomé el cuadro,
bajé corriendo las escaleras y lo tiré al contenedor de basura. A la mañana
siguiente me levanté liviano y con un sentimiento de asco hacia mis
germanofilias. A fin de comprobar mi total sanación, tras desayunar, visioné en
el ordenador la película “Éxodo” protagonizada por Paul Newman, la cinta más
sionista jamás filmada. Me encantó la cinta, ¡estaba curado!
Gracias a Dios he rehecho mi vida al
lado de mi esposa, vuelvo a ser la persona normal y tolerante que era antes de
que la pintura maldita me hubiese envenenado con sus emanaciones. Aunque he de
reconocer que he cambiado unas manías por otras; me he dejado un bigote largo y
fino que rizo en sus puntas con unas tenacillas. Mi mujer ha comenzado a
protestar porque dice abuso del adjetivo “surrealista” y no entiende que lleve
una barretina catalana en la cabeza todo el día, siendo yo de Parla. Está tan
arisca que no sé cómo explicarle que deseo que hagamos un cambio en nuestros
hábitos amatorios. Ardo en deseos de contemplar a mi mujer acostándose con todo
tipo de desconocidos mientras yo la observo y me masturbo tras un biombo.
P.D. Se me olvidaba, hace tres meses adquirí en un mercadillo otra superganga, un lienzo de Salvador Dalí.

