sábado, 7 de noviembre de 2020

RETRIBUCIÓN

 He quedado finalista en el Certamen de Relatos Breves "Sobre enfermeras" con mi relato

RETRIBUCIÓN
Natalia regresó a su hogar tras una agotadora y desmoralizante jornada de trabajo en el hospital –una más, como lo estaban siendo todas desde que estalló la epidemia- y al disponerse a tomar el ascensor de su edificio, reparó que en la puerta había un folio de papel sujeto con celo que exhibía un texto dirigido a ella. Al, leerlo, se le heló la sangre.
No, no era el primer incidente que sufría. Al inicio de la declaración del Estado de Alarma, de camino a su trabajo, escuchó desde una ventana que alguien le gritaba: “¡Vuelve a casa, que no tienes vergüenza!”, seguido por una segunda voz que la calificaba de “¡Puta!”. ¿Qué pasa, tenía que ir en bata blanca a su hospital? Enfurecida, Natalia iba a replicarles, pero una mano anónima la lapidó con un huevo que se le estampó encima.
Muy pronto supo de aquella gente que dedicaba parte de su tiempo y energías a vigilar a quienes veían transitar por las calles, para acosarlos; ya fuesen padres que acompañaban a hijos con autismo, cajeras de supermercado, personal de limpieza u otros trabajadores de servicios esenciales. Vecinos confinados y airados. Vecinos adictos al insulto para los que habían acuñado un neologismo para definirlos: “balconazis”.
Natalia volvió a leer la nota, como si no quisiera creer lo que su vista le informaba:
Querida vecina:
Sabemos el trabajo que realiza como enfermera en el hospital y se lo agradecemos. Pero usted también debe de ser consciente que en este edificio viven muchos otros vecinos y, entre ellos, personas vulnerables como abuelos y niños, a los que usted pone en riesgo cada vez que regresa a su piso trayendo quién sabe qué cantidad de virus de sus pacientes.
Idealmente, le pedimos encarecidamente que se mude lo más rápido y lo más lejos posible para no poner en peligro nuestras vidas. Seguro que comprenderá nuestra preocupación y se marchará sin preguntar nada y sin quejarse.
En caso de persistir en su inconsciencia, le rogamos que, como mínimo, no estacione su vehículo al lado del de los demás, no use el ascensor, no baje a su perro a la calle y no toque nada de las zonas comunes sin guantes y sin haberse desinfectado las manos.
Firmado: Los vecinos.
Natalia se recluyó furiosa en su apartamento, su perrita Nana acudió a recibirla, alegre, moviendo la cola y haciendo cabriolas. La enfermera solía bromear afirmando que los perros eran mejores que las personas, y se repitió para sí misma la sentencia, pero diciéndoselo en serio. “Pongo en peligro mi vida para ayudar a los demás y me tratan como a una apestada -exclamó en voz alta, todavía sin reponerse de todo de la incredulidad que le provocó el aviso-. ¿Cuestionan que no tomo precauciones? Pero si tengo las manos destrozadas de tanto lavármelas”. La enfermera sabía que el miedo es libre y... cruel. Aquella noche a las veinte horas, con hipócrita puntualidad, los vecinos de su edificio salieron de nuevo a aplaudir con entusiasmo. A ella le sorprendió la algarabía en el cuarto de baño, el espejo le devolvió su reflejo con las marcas enrojecidas dejadas en su rostro por la mascarilla y las gafas protectoras tras una guardia de veinticuatro horas y no pudo evitar reprimir el llanto.
A la semana siguiente apareció en el turno de la enfermera, en la Unidad de Críticos, el presidente de la comunidad de propietarios del edificio en el que residía Natalia. El paciente la reconoció así que ella le atendió para valorar su estado. El hombre le dirigió una mirada suplicante y casi temerosa.
-Neumonía bilateral –dictaminó la doctora dirigiéndose a la enfermera-, hay que entubarlo y conectarlo a un ventilador.
-El registro de oxígeno está por debajo de noventa –informó Natalia.
El hombre hizo un gesto de querer decir algo. Natalia le retiró durante un segundo la máscara con el respirador.
-Gracias –musitó el paciente haciendo un esfuerzo sobrehumano, pues hasta el acto de respirar se le hacía doloroso.
-Vecino –dijo la enfermera acariciándole la frente-, vas a salir adelante, estás en buenas manos, confía en nosotros. Prométeme que vas a luchar.
El paciente sobrevivió.
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Jasmin Campos Díaz, Teresa Figuera y 60 personas más
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LLUEVE MANSAMENTE SOBRE EL CAMPOSANTO

 La Revista Digital Miseria ha publicado mi relato

LLUEVE MANSAMENTE SOBRE EL CAMPOSANTO
Llueve mansamente, sin parar; llueve sin ganas, pero con una infinita paciencia, como ha sido siempre: lluvia y sol, vida y muerte…; toda existencia forma parte de un ciclo.
“Era tan buena que hasta los ángeles lloran de pena”, suelta una amiga de la vieja. No sé si la finada era buena o no, tan sólo era mi vecina del octavo. Yo estoy aquí por Iris, mi amor, mi criatura dorada, la sobrina nieta de la muerta; no entiendo como no ha aparecido aún. Sé que ha de venir, no pasaba un mes sin que Iris no visitase a su anciana y solitaria tía. Una chica joven, bonita y con corazón; eso fue lo que me enamoró de ella.
Sí, ya llega, la tristeza aún la vuelve más bella. Mírame, te estoy sonriendo. No hagas eso, ver cómo que no me conoces, siete veces hemos coincidido en el ascensor; aún recuerdo tu perfume tenuemente dulce y nuestra última charla, cuando, tras hablar del tiempo que hacía, una cosa fue a la otra y, al final, me confesaste que tu tía adoraba escuchar mazurcas.
A ver si acaba este rollo y puedo abordarte, esta vez no me voy sin tu número de teléfono. No es cuestión de seguir asesinando a tu familia para conseguir que nos veamos. Mírame, no me ignores, no seas como las otras Iris, como la última, psicóloga de la cárcel, que dijo que yo daba en sus test un perfil de psicópata. En cuanto pude le hice una visita. Ahora yace en un nicho, feliz, eso creo; es lo que tienen las calaveras, que siempre están risueñas. Mírame Iris, te estoy sonriendo.

EN MIL PALABRAS

 La revista Marginalees en su número ocho ha publicado mi relatillo de terror

EN MIL PALABRAS
La carretera, acribillada de baches, serpenteaba el secarral inabarcable, árido y marrón, de geografía ondulada, semejante a un trozo de cartón mojado que se hubiese secado y deformado bajo el sol inclemente. Yo conducía mi ranchera sobre el desigual asfalto mientras renegaba, ¡maldita la hora en que se me ocurrió visitar el hospital de tuberculosos! Además, se había estropeado el aire acondicionado del vehículo y estaba sudando como ganado bajo un techo de uralita Y, de repente, tres un cambio de rasante, apareció la cafetería desvencijada y polvorienta a pie de carretera que, contra todo pronóstico, parecía abierta al público.
Tras la barra una señora de edad madura, bajita, cabezona, de rostro avinagrado, rictus de desprecio y cabellos largos y sucios. No había ningún cliente en aquel establecimiento de aspecto decadente. Si hubiesen sido otras las circunstancias, tal y cómo hubiese entrado en el local me habría marchado sin dilación. Eran las tres de la tarde, pero un reloj de pared con telarañas señalaba las doce en punto.
-Buenas tardes -dije acercándome a la barra, la mujer no contestó-. ¿Sería posible tomarme un café con hielo?
-Por supuesto.
Disolví el contenido del sobre de azúcar en el café y agregué el hielo.
-¡Hummm! ¡Qué bueno! Su café es delicioso -exclamé, gratamente sorprendido.
-Somos una cafetería, para nosotros el café es capital, una cuestión de vida o muerte –“Anda que no es exagerada”, pensé-. El que toma es colombiano -declaró.
-Se nota, muy rico.
-¿Y qué? ¿Ha venido para ver el hospital de tuberculosos? -me interrogó.
-Así es. ¡Menuda decepción! Un lugar vandalizado y del todo vulgar.
-¿Qué esperaba, fantasmas?
-No, esperaba encontrar inspiración y lo que hallé fue suciedad, desorden, destrucción, excrementos, grafitis y jeringuilla por el suelo.
-Les ocurre a todos.
-¿A todos?
-La decepción. Desde que ese tipo triunfó con su libro lleno de embustes acerca del hospital, con todas esas leyendas de voces y actividad paranormal, con esa enfermera de la muerte que se inventó, que recorría las sales de convalecencia, jeringuilla en mano para enviar a los pacientes a la muerte; todos los sonados vienen aquí a hacer turismo. Si no fuera por ellos, no tendría clientes. -“No me extraña”, pensé, preguntándome cómo diablos conseguía mantener el negocio abierto. La cafetería, de semblanza fantasmagórica, producía más inquietud que el destartalado edificio que acababa de visitar. Comencé a tomar mentalmente notas.
-Leí el libro -dije, tras una larga pausa-. Yo también creo que es un camelo.
-Sin embargo, es cierto que en el hospital ocurrían sucesos extraños.
-¿Cómo qué?
-Enfermos que se volvían locos y se suicidaban arrojándose desde la novena planta al jardín que denominaban “la jungla”.
-¡No me diga! -sonreí con escepticismo
-Usted es diferente -dijo, la camarera con un tono de hostilidad.
-¿En qué sentido?
-No cree nada acerca de las historias que se cuentan. No es el enésimo morboso que ha venido a curiosear.
-No creo en esas paparruchadas. Soy escritor y si decidí visitar el hospital fue, como ya le he dicho, para inspirarme; he de escribir un relato de terror para un concurso en mil palabras exactas incluido el título ¿Cómo se puede retratar el terror en mil palabras?
-A veces una sola palabra es suficiente.
-¡Ah!¿sí? Además de camarera, veo que imparte talleres literarios -lancé la frase con el tono de mayor sarcasmo que fui capaz. “¡Vaya personaje!”, pensé. Una camarera palurda enseñando como se escribe a un escritor consagrado.
-Espere, le pondré otro café. Va por cuenta de la casa –“¡Qué mujer tan idiota!”, la acabo de ofender y no se ha percatado.
La camarera me sirvió una segunda taza, fue entonces cuando leí su nombre grabado en letras negras en el broche lila que llevaba prendido en la blusa: “Jezabel” –“¡Hay que joderse! -me dije- Si hasta el nombre lo tiene de arpía”. Y supe, entonces, que debería inventar una historia acerca de aquella cafetería y su estrafalaria dueña.
-Gracias.
-En esta comarca siempre han ocurrido cosas misteriosas.
-Dígame. -Pensé que a todos los tontos e ignorantes les gusta fantasear con lo mistérico.
-Cuando cae la noche, en la siguiente curva, en dirección a la capital, aparece una chica que hace autostop.
-¡No me joda! -Aquello era ya demasiado, la puta leyenda urbana de la chica de la curva. -¿Y qué más?
-Yo, por ejemplo, tengo poderes. -“Lo que me faltaba”, me dije. Miré hacia la puerta, me acabaría el café y me iría; la camarera, pese a sus posibilidades narrativas, ya se estaba poniendo cargante. -Soy mentalista, puedo adivinar el pensamiento de las personas.
-¿Y en qué estoy pensando? -la reté.
-Usted me desprecia y desprecia a sus lectores. - Sonreí. Las dos afirmaciones eran ciertas. Escribía historias de terror, un subgénero que aborrecía con toda mi alma, tras haber incursionado infructuosamente en la novela psicológica. Consideraba que el terror en la literatura era, en un lector adolescente algo parecido al acné o a la masturbación compulsiva; una costumbre fea e irritante, pero disculpable debido a la edad del sujeto. En cambio, sostenía que en un lector adulto el consumo de esa misma literatura reflejaba su inmadurez, mal gusto, carácter crédulo y adicción a las emociones baratas. Escribía cuentos de miedo porque por algún oscuro motivo se me daba bien y porque era muy fácil componerlos. Desde que murió Edgar Allan Poe la literatura de terror no era otra cosa que el manosear una y mil veces los tópicos y los clichés que el genio de Baltimore, primero, e Hijo Puta Lovecraft, después, habían dejado fijados como cánones incombustibles; aderezados, posteriormente, con vampiros, psicópatas y zombis.
-Se equivoca, no la desprecio -mentí hipócritamente mientras me preguntaba por qué seguía charlando con aquella cretina paranoica.
-Le dije que una sola palabra basta para describir el horror y no me creyó. La palabra que busca es… arsénico.
-¿Arsénico?
-He envenado con arsénico el café que se está tomando.
-Se trata de una broma, ¿verdad?
Jezabel sonrió de manera enigmática y dijo:
-Querido, muy pronto lo sabrá.

Marginalees Edición N°8
ISSUU.COM
Marginalees Edición N°8
¡Hola! Somos Marginalees, una nueva revista cultural hecha por y para las ovejas negras de este mundo. La idea de nuestro proyecto es dar a conocer todo tipo de artistas que se encuentran en las sombras, las ovejas negras, los ocultos, los que todavía no están en la superficie. Si quieres partici...

LOS SIN ROSTRO

 El Círculo Independiente de Arte de Morelia (México) ha publicado en su Gaceta número dos mi relato

LOS SIN ROSTRO
Cada vez que viajaba a Madrid trataba de visitar el Museo del Prado. En la pinacoteca inacabable dedicaba cada una de sus visitas a una determinada galería. No obstante, nunca dejaba de examinar un determinado cuadro de Goya: Los Fusilamientos del tres de mayo. No podía evitarlo, el cuadro le hechizaba por algún motivo oscuro que no era capaz, no ya de verbalizar, sino, de articular en su pensamiento.
La obra soberbia representaba con dramatismo la escena en la que la luz brotaba de un farol para iluminar a los condenados y teñir de sombra a los ejecutores. Las víctimas configurando tres grupos definidos: los que están a la espera de ser fusilados y que ven con horror su futuro, los que están siendo ejecutados y los muertos, cadáveres que yacen en el suelo sobre un gran charco de sangre. Los soldados trazando una diagonal dan la espalda al espectador de manera que quedan ocultos sus rostros mientras que los ejecutados muestran toda una amplia gama de reacciones frente a su destino. Destaca, entre las víctimas, un hombre con camisa blanca que levanta los brazos en un gesto heroico ante la muerte, como un Jesucristo laico, para ingresar en la inmortalidad de mano de los pinceles del pintor. Los soldados, impersonales, intercambiables, un pelotón de matarifes sin rostro, seres sin identidad moral. Verdugos con la cabeza gacha que no miraban a sus víctimas, negándoles así, una interlocución y su humanidad, reduciéndolos a objetos enemigos, carne para ser fusilada en el desempeño de una tarea mecánica, ¡he aquí la banalidad del mal! –piensa el espectador-. ¿Por qué el autor ocultó sus semblantes? ¿Por qué inquietaba tanto ese ocultamiento? Cada vez que contemplaba el lienzo el visitante se estremecía.
No comprendió las causas de la fascinación que le producía el lienzo, ni menos aún de aquel desasosiego que tanto le perturbaba, hasta que un comando de terroristas encapuchados lo secuestró. Durante los más de quinientos días de infierno enloquecedor permaneció atrapado en el zulo húmedo y angosto, esperado ser asesinado en cualquier momento. Los secuestradores siempre se presentaron ante él ocultos bajo pasamontañas, jamás vio sus rostros.



martes, 3 de noviembre de 2020

HECATOMBE

 La revista mexicana "Iguales" ha publicado mi relatillo

HECATOMBE
Esplendor en la hierba, dulce pájaro de juventud. Habían sido miles, quizás cientos de miles…; una población densa, pujante, magnífica, que no pasaba desapercibida al más lerdo de los observadores. Sin embargo, aquel lucimiento orgulloso pertenecía a una época pretérita, cada vez más añorada, tan feliz como irrecuperable. Sin causa y sin freno, obedeciendo a un dictado oscuro de la naturaleza, a un impulso atávico autoaniquilador, uno tras otro, cada ejemplar se precipitaba al vacío siguiendo un rito incomprensible. Eran un manto de yedra inversa, un doloroso decrecimiento, una realidad, otrora brillante y sedosa, empujada por el dios Cronos hacia su extinción. Aquellos a los que se dio a poblar toda la circunvalación morían dejando tras de sí la encarnada claridad de la ruina. Una comunidad desaparecía en silencio. Los resistentes afloraban arrinconados en territorios cada vez más exiguos e inhóspitos, se diría que acobardados, esperando ser sacrificados víctimas de una maldición hereditaria. Entre aquellos que aguantaban, aún en su sitio, aparecían, cada vez en mayor número, cientos de albinos, heraldos de la desolación, precursores de la nostalgia, cruel decadencia escarchada.
El hombre contempló con desagrado los cabellos que se quedaban enredados en las púas de su peine. La calvicie avanzaba.

lunes, 5 de octubre de 2020

¡SILENCIO, SE RUEDA!

 

El medio argentino El País Digital ha publicado mi cuento "¡Silencio, se rueda!".

 

En otras circunstancias, la directora habría observado al grupo de sesenta y cinco gitanos famélicos con infinito asco, pero verlos ataviados con trajes folclóricos andaluces, produce en Leni Rienfenstahl un hondo y extraño regocijo en su alma de artista. “¡Son perfectos!”, se dice para sí misma, aunque logra esconder esa emoción con férrea disciplina, cualidad que ha guiado toda su vida:

 

-¿Por qué están tan desmejorados? –pregunta la directora a herr Müller, el productor ejecutivo de su película. -¡Están en los huesos!

-¿Y qué esperaba? Los hemos sacado del campo de concentración de Maxglan –se excusa el productor.

 

Leni se acerca al grupo de gitanos presos que esperan en formación a que la directora pase revista.

 

-¡Menudas caras! ¡Con este material no puedo hacer nada! –exclama la directora  enfurecida.

 -¿No irá a devolverlos? ¡Con lo que me ha costado conseguirlos! No nos los querían ceder. He tenido que pelearme con las SS en pleno, decían que les parecía una aberración utilizar infrahumanos para hacer de figurantes en una película alemana. Sólo lo autorizaron cuando les recordé que usted era amiga personal de Hitler y que si se negaban a prestarnos el personal que les solicitábamos, nos quejaríamos  al mismísimo Führer.

-Usted, ¿ha comido hoy? –se dirige la directora a uno de los extras.

-No, señora.

-Müller, esto es intolerable, ¿cómo se atreve a tener a mis actores en ayunas? Quiero que coman. Dentro de tres días empezamos a rodar, los quiero ver lozanos, lustrosos. Cébelos como a puercos si es necesario.

-Frau Rienfenstahl, ejem… -carraspea herr Waldheim, el enviado por el doctor Goebbels para supervisar el rodaje.

-¿Y a usted qué le pasa ahora? –le responde la directora, enérgica.

-Son gitanos, no entiendo tanta delicadeza.

-La directora de la película soy yo, usted está aquí para espiarme, ¡así que cállese!

-Eso que dice no cierto, me envían desde el Ministerio para recabar las necesidades del rodaje y facilitárselas.

-Mire usted, no soporto la fealdad. Nunca haría una película con gente enferma. Yo manejo y trato a mis actores como considero.

 

No, Leni no se va a achicar, hace años que quiere rodar esa película y no va a dejar que ningún correveidile se entrometa en su proyecto. Leni sabe que tiene a Goebbels en contra. Lejos quedó su amistad íntima con el Ministro de Propaganda del Reich, en los tiempos en que ella rodó los documentales El triunfo de la voluntad y Olympia. Con la guerra en marcha, Goebbels considera que la producción cinematográfica alemana ha de servir para elevar la moral de combate de la población, cada película debe ser un arma más del arsenal nazi. Tiefland, la película que se propone rodar Leni, le parece al Ministro un capricho de niña mimada, un derroche inexcusable de recursos y celuloide. Goebbels no la entiende, él no es un artista, es un burócrata.  Para Rienfenstahl el arte es una sublime y pura emanación del espíritu humano de una dimensión que está muy por encima de las mezquindades mundanas y, especialmente, de la política. El arte se justifica por sí mismo, no tiene más juez que el logro estético, se halla más allá del bien y del mal y de las plebeyas consideraciones morales. Es por ello que políticos y artistas hablan idiomas diferentes y nunca se entenderán, están destinados a chocar unos contra otros.

 

La escena está lista para ser rodada al pie de los Dolomitas, que sirven como excelso telón de fondo de la tragedia. Leni supervisa los últimos retoques en el guion, basado en el drama “Terra Baixa” de Àngel Guimerà, con aportaciones propias y elementos traídos del libreto de Eugen d’Albert, adaptación operística de la obra teatral. Albert tomó el drama rural de Guimerà y rebautizó a Manelic, el pastor protagonista,  como Pedro, a la vez que reconvertía  a los payeses catalanes de los Pirineos en gitanos andaluces. Desde que Merimée  fijara con su Carmen  en el imaginario europeo la estampa romántica y tópica de lo hispano, todos los españoles pasaron a ser andaluces, flamencos, toreros, gitanos y bandoleros. La diversidad hispana reducida a un burdo estereotipo plagado de ilusorio exotismo. Leni conoce la falsedad que encierra ese manoseado mito, pero ella también está dispuesta a perpetuarlo, al fin y al cabo, el artista no puede ser ajeno a las expectativas de su audiencia y el gran –e ignorante- público alemán identifica a los españoles con  una nación de gitanos andaluces. Sí, en su película no van a faltar las castañuelas ni los trajes de volantes. El rigor bien puede quemarse como el incienso ante el altar del propósito comercial.

 

 Leni relee texto y repasa con las yemas de sus dedos las líneas de la escena que va a rodarse. Un buen guion es el cimiento de una buena película. La contraposición que describe el libreto entusiasma a la cineasta. Por un lado, la “tierra alta”, la montaña, en la que sus habitantes endogámicos, elementales, directos y sin dobleces, brutos hasta la violencia, pero nobles; se oponen, por contraste, a la “tierra baja” del valle poblada por gentes refinadas, envilecidas por el confort e hipócritas hasta la náusea. La autenticidad del medio rural versus la decadencia de la ciudad; el pueblo esencial y puro en pugna con la corrupción de las gentes urbanas, mestizas y cosmopolitas; simbolizados, respectivamente, en los personajes del pastor Pedro y el hacendado Don Sebastián, ambos en disputa por el amor de la gitana Marta, papel interpretado por la propia Riefenstahl.

 

“¡Silencio, se rueda!”, ordena la directora, megáfono en mano. Anna Blach, una gitana quinceañera, atractiva y ágil, hace del doble de Leni en la escena en que Marta debe galopar a caballo. El resultado es impecable. Leni está entusiasmada por el desarrollo de la escena:

 

-Lo has hecho de maravilla. Te concedo un deseo –se muestra Leni magnánima con la muchacha.

-No voy a pedirle nada para mí, pero, por favor, señora, libere a mis hermanos del campo de concentración –le pide Ana que ha oído que la directora se tutea con Hitler.

-Tendrás que optar por uno –zanja la petición la directora con una  media sonrisa que Ana se le antoja cínica.

 

La joven amazona mira a la señora con ojos desmesurados por un estupor que va adquiriendo la viscosidad del espanto:

 

-Señora, no puede hacerme eso, no me obligue a elegir, yo los quiero a todos por igual –replica la niña entre balbuceos.

-¿Qué no puedo hacerte qué? –pregunta Leni, que sonríe abiertamente y se da la vuelta para encontrar las sonrisas cómplices de herr Müller y herr Waldheim. Ana no entiende porque sonríen, no hay nada divertido en lo que acaba de decir. –Mira, pequeña, has de aprender que en esta vida no se puede tener todo. Tendrás que elegir.

-Señora…, Ana comienza a sollozar.

-Si para ti es un problema elegir a uno, pues no liberamos a ninguno y asunto resuelto –añade Leni encogiéndose de hombros con gesto teatral.

-No, por favor, ni que sea uno sólo, gracias, muchas gracias señora, disculpe –baja la cabeza Ana, deshecha en lágrimas.

-Y ahora, ¡largo de mi vista!  Con los problemas que me está dando este rodaje, nada más me falta soportar a una niña llorona.

 

La respuesta de la directora es devastadora para Ana, quien pasa en el barracón la que será hasta ese momento la peor noche de su vida. La muchacha se ve responsable de la vida de sus hermanos,  por lo que un sentimiento de culpa se apodera de su conciencia. Al escoger a uno sólo de sus hermanos, siente que condena a muerte a los otros. Se pasa toda la noche rota en llantos, desgarrada por el dolor. No puede hacer lo que se le pide y condenar a los hermanos que no elija, pero tampoco puede condenar a uno de ellos si en su mano está salvarlo. El amanecer la sorprende con los ojos secos de tanto llorar, implorando a Dios que llegue a perdonarla por lo que va a hacer. Al final se decide por salvar al más pequeño de ellos, considera que los otros, por tener más edad, tendrán más posibilidades para valerse por su cuenta y sobrevivir.

 

Al día siguiente, se alista una nueva escena. La directora se impacienta con los preparativos. Ana se acerca trémula a Leni para entregarle el papel con el nombre de su hermano:

 

-Señora…

-¿Qué pasa? –le responde la directora con mal tono.

-Disculpe, el nombre de mi hermano –informa la muchacha bajando con gesto humilde la cabeza.

 

Leni se guarda con desdén la nota en un bolsillo de su pantalón. La directora empuña el megáfono y ordena: “¡Silencio, se rueda!”,

 

Otra de las extras, la gitana Zäzilia Reinhardt, amiga, compañera  y confidente de Ana, sobrevivió al Porraimos (en romaní “la devoración”), el Holocausto de los gitanos europeos a manos de los nazis. Zäzilia pudo dar testimonio de lo que ocurrió. Ana y sus hermanos se disolvieron en un silencio eterno de humo y ceniza,  en Auschwitz.

 

https://www.elpaisdigital.com.ar/contenido/literatura-desde-casa-silencio-se-rueda/28503

 

domingo, 13 de septiembre de 2020

EMANACIONES

 


La revista boliviana "Sociopatía" ha publicado en su número diez mi relato "Emanaciones". 

Soy marchante de arte, obsesionado con hallar gangas. Cada día, mientras desayuno, me dedicó a leer la lista de decesos, apunto los nombres y busco sus direcciones en internet. Después de buscar información complementaria en la red, hago una primera criba, los que pasan el filtro, los archivo en la carpeta de “muertos interesantes”. Al tercer día del óbito me presento en el domicilio del finado haciéndome pasar por un conocido del interfecto que viene a trasmitirle las condolencias a la familia o, por el marchante que soy, interesándome por una pieza que el difunto pensaba venderme. Husmeo en las casas y sondeo a los deudos acerca de lo que pudieran tener de valor. En más de un noventa por ciento de los casos mis indagaciones son infructuosas y me voy con las manos vacías; en un nueve por ciento adquiero quincalla -cuberterías de plata, máquinas de coser antiguas, colecciones numismáticas y filatélicas, libros descatalogados, etc-; en casi el uno por ciento encuentro algo interesante y verdaderamente rentable y, en contadas excepciones, como si de una aparición mariana se tratase, me topo con la gran ganga.

 

En una de mis pesquisas acudí a un edificio de pisos con solera del centro de la ciudad. La decoración modernista del vestíbulo y su ascensor de los años veinte, estilo art-decó, ya me pusieron de buen humor, mi olfato de sabueso intuía que iba a hallar una pieza interesante.  En el zaguán me franqueó el paso la portera, mocho en mano, cual cancerbero chismoso. Le dije que tenía una cita con la muerta para comprarle unas antigüedades que poseía. La portera me miró con desconfianza, era obvio que no me creía.  La anciana era una vieja alemana que no tenía familia ni amistades conocidas, ya que “era muy rancia, no se relacionaba con nadie y no salía de casa”, dictaminó la portera, así que le extrañaba que yo la conociese. Le dije que hablé con ella por teléfono, que me contó que estaba pasando apuros económicos y que tenía algunas cosas para ofrecerme. Todavía escamada, la buena señora tomó unas llaves de un casillero y me dijo “venga”, la seguí.

 

Entré en el apartamento de la muerta. No hacía falta ser Sherlock Holmes para deducir que estaba ocurriendo. La portera, sola o en compañía de otros, le estaba “limpiando” el piso. Cajones abiertos, en los que sin duda alguien había hurgado en busca de joyas y dinero y cuadros descolgados y apilados contra una de las paredes del salón. “La difunta, que Dios la tenga en su gloria, era una guarra.  Todo esto estaba hecho un asco. Yo le estoy limpiando la vivienda para que cuando vengan los herederos, si es que aparecen, no se lo encuentren todo hecho una porquería. Yo no gano nada con esto, es por mantener el prestigio de la escalera. Usted ya me entiende”, se justificó la matrona. “Claro, por supuesto”, asentí con hipocresía.

 

Reconozco que estaba decepcionado -¿mi olfato me fallaba?-, a simple vista no había nada de interés: muebles viejos, que no antiguos; menaje de los años setenta sin valor alguno; souvenirs horteras… Con desdén, casi con fastidio, revisé los cuadros: arlequines llorando y escenas de caza de un kistch infecto. Escondida tras un puzle encolado y enmarcado de la Puerta de Brandeburgo, encontré una acuarela que llamó mi atención: Era un paisaje que representaba el Castillo del Rey loco de Baviera ejecutado por un pintor mediocre en un estilo académico muy trasnochado. A simple vista me pareció una obra de principios del siglo XX. Al leer la firma, casi me tiemblan las piernas: “A. Hitler. 1910”. Reprimí mi sorpresa y mi entusiasmo y declaré en tono lacónico y poniendo mi mejor cara de poker:

 

-¡Qué desilusión, aquí no hay nada que valga la pena! La señora debía ser una vieja loca que se creía que tenía el tesoro de Sierra Madre.

- ¿La alemana no le habló de lo que quería venderme?

-No, sólo me dijo que tenía unos cuadros, pero todo esto no es más que basura. Por no irme con las manos vacías me llevaría esta acuarela, pero no sé si vale la pena. Le doy veinte euros -añadí porque sabía que la portera vendería todo lo que pudiese en algún rastro y yo, en aquel momento, era el rastro que la visitaba, ahorrándose el viaje. No tenía sentido seguir con el paripé.

-¡Veinte euros! Pero si es…, es…, es un castillo muy bonito -dijo tomando el dibujo con brusquedad con sus pezuñas de marujona. No obstante me alegró saber que no tenía ni idea de lo que tenía entre manos.

-Treinta.

-Cincuenta.

-Cuarenta, mi última oferta.

-¡Hecho!

 

La señora pensaba que había hecho una buena venta porque hasta me invitó a café con leche y madalenas caseras. Tuve que aguantar por espacio de media hora como me contaba su vida de viuda menesterosa, lo que no era más que una manera sibilina de justificar sus rapiñas.

 

La siguiente alegría al hallazgo de la acuarela fue autentificar que era obra del mismísimo Führer. Pasé un par de semanas concentrado en discutir con galerías y marchantes. Los entendidos me aconsejaron que esperase para sacarla al mercado, pues su autor era muy controvertido por razones ajenas al arte y que me aconsejaban a que la subastase en una sesión en la que se ofertaran más objetos relacionados con el dictador alemán. La última vez que se había vendido un lote de catorce acuarelas y dibujos de Hitler las pujas superaron los cuatrocientos mil euros. Había encontrado la gran ganga.

 

Como más temprano que tarde iba a ingresar un pastizal de dinero, decidí no posponer la compra de un coche nuevo, por lo que me deshice de mi Peugeot y me compré un Audi. Reconozco que fue un capricho, el primero de una serie, porque a partir de ese momento comenzaron a asaltarme oscuros deseos y extravagantes antojos.

 

Tras el Audi me empeñé en tener un perro -y eso que siempre los había detestado-. En contra de la opinión de mi esposa me compré una perra de la raza Pastor alemán a la que llamé Blonda y adiestré con palabras germanas: Sitz, revier, ruhig, hier, laufen, springt…, y mi preferida: Pfote (dame la patita). Llevado por una súbita germanofilia comencé a coleccionar soldaditos de plomo nazis y a estudiar alemán por correspondencia. También experimenté cambios en mis hábitos alimentarios; dejé de frecuentar los kebab y me aficioné al chucrut, las salchichas, el codillo y la cerveza bávara. Le siguieron otras excentricidades a las que sucumbí, como escuchar a Wagner a todas horas y a toda hostia y salir a la calle vestido de tirolés. Por último, comencé a odiar a moros, gitanos, negros, judíos, Testigos de Jehová, homosexuales y rojos.

 

A la par que aumentaba mi locura aria, la convivencia con mi mujer se fue degradando. En un postrero intento de llevarse bien conmigo, una tarde me propuso que viéramos una de las viejas películas de mi videoteca, mi cinta preferida: “El violinista en el tejado”. No pasé de los créditos de inicio. Me mareé y vomité sin querer encima de mi santa esposa. Se aseó, hizo las maletas y se marchó a casa de su madre.

 

El quedarme sólo empeoró mi deriva. Me obsesioné con la peor de mis fobias: la cuestión judía. De repente veía judíos por todas partes, aunque nada los identificara como tales, porque “no es la religión, es la sangre la que hace al judío”, no paraba de repetirme con maligna insidia.  Como no podía pedirle a los hombres que se bajaran los pantalones y me enseñaran la chorra, para ver si estaban circuncidados; me bastaba con atisbar una nariz prominente, unas orejas grandes o cabellos rizados, para certificar la raza hebraica del sujeto. En España miles de judíos se habían convertido al catolicismo a lo largo de los siglos, los llamados marranos, ¿cómo saber si a alguien le corría sangre judía por sus venas? Como no podía ir por el mundo haciendo tests genéticos, decidí recluirme en mi casa y no relacionarme con nadie. Por último, comencé a sospechar que yo también podría tener ascendencia judía. Contacté por internet con un genealogista para que buscara en mi linaje ancestros semitas. Si encontraba una sola gota de sangre judía corriendo por mis venas, por ínfima que fuese, estaba decidido a suicidarme y hasta había comprado una dosis de cianuro a tal objeto.

 

Una tarde, mientras esperaba, y temía, el veredicto del genetista, me puse a ver la película “El diario de Dorian Gray”, para tratar de distraerme. Fue entonces cuando comprendí lo que me ocurría, ¡era por culpa de la puta acuarela de Adolf Hitler! Tomé el cuadro, bajé corriendo las escaleras y lo tiré al contenedor de basura. A la mañana siguiente me levanté liviano y con un sentimiento de asco hacia mis germanofilias. A fin de comprobar mi total sanación, tras desayunar, visioné en el ordenador la película “Éxodo” protagonizada por Paul Newman, la cinta más sionista jamás filmada. Me encantó la cinta, ¡estaba curado!

 

Gracias a Dios he rehecho mi vida al lado de mi esposa, vuelvo a ser la persona normal y tolerante que era antes de que la pintura maldita me hubiese envenenado con sus emanaciones. Aunque he de reconocer que he cambiado unas manías por otras; me he dejado un bigote largo y fino que rizo en sus puntas con unas tenacillas. Mi mujer ha comenzado a protestar porque dice abuso del adjetivo “surrealista” y no entiende que lleve una barretina catalana en la cabeza todo el día, siendo yo de Parla. Está tan arisca que no sé cómo explicarle que deseo que hagamos un cambio en nuestros hábitos amatorios. Ardo en deseos de contemplar a mi mujer acostándose con todo tipo de desconocidos mientras yo la observo y me masturbo tras un biombo.


P.D. Se me olvidaba, hace tres meses adquirí en un mercadillo otra superganga, un lienzo de Salvador Dalí.

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