sábado, 14 de noviembre de 2020

LA CURVA

 


Sé que fue una imprudencia, pero recogí a aquella chica que hacía auto-stop; ¡la vi tan desamparada deambulando por la cuneta en mitad de la noche!

 

El aspecto de la mujer era inquietante, por no decir siniestro: Cabellos largos y enredados, rostro demacrado de palidez cadavérica, ojos nebulosos hundidos en sus cuencas, labios agrietados y dientes amarillos. Por lo demás, se adivinaba una complexión huesuda bajo el vestido de una sola pieza, blanco, sucio y desgarrado. Me pidió que la llevara al pueblo al que hacía “mucho tiempo que no regresaba”.

 

No habló durante el trayecto, arrellenada en el asiento del copiloto parecía una muerta en vida. Poco antes de llegar al pueblo una violenta agitación pareció poseerla.

 

-¡Aminora! –exclamó presa del pánico- ¡Reduce! Esa curva es peligrosa. En esa curva…, en esa curva… -sus dedos flacos y huesudos temblaron en el aire señalando la curva cerrada que apenas se insinuaba en la noche sin luna.
-¡Ya! Ahora me dirás que en esa curva te mataste en un accidente –le respondí escéptico.
-No, tras esa curva suele agazaparse un coche camuflado de la policía de tráfico.

 

La multa que me cascaron a mí también me mató del susto.


(Relato publicado en la revista colombiana de Arte y Literatura "Crisopeya" en su número 5)



https://drive.google.com/.../1dpSAjJk25OS2ZqJOZiL.../view...

 

 

DESTINO ESCRITO

El cinco de julio de 1884, naufragó el buque Mignonette, un velero mercante inglés que navegaba al sur del Cabo de Buena Esperanza. Cuatro tripulantes lograron sobrevivir al desastre: el capitán Tom Dudley, los marineros Edwin Stephens y Edmund Brooks y el grumete Richard Parker de diecisiete años, que había mentido sobre su edad para poder enrolarse en el barco. Tras varios días a la deriva los supervivientes se quedaron sin comida ni agua y tomaron la desesperada decisión de echar a suertes quién serviría de alimento a los demás. Le tocó a Edmund Brooks, pero éste pidió un último deseo antes de morir. Y como la realidad se presenta muchas veces ataviada con el vestido de lo inverosímil, para sorpresa de los presentes, Brooks extrajo de su macuto el único libro que llevaba consigo, la novela "La narración de Arthur Gordon Pym" de Edgar Allan Poe. Y mostró, más que leyó -su boca llagada por la sed y el salitre le dificultaba el habla-, a los que iban a ser sus verdugos circunstanciales, algunos pasajes seleccionados. Concretamente los referidos al naufragio del barco ballenero Grampus y cómo, tras varios días a la deriva, cuatro supervivientes, desesperados por no tener comida, deciden asesinar y comer la carne de uno de ellos para asegurar la supervivencia del resto. Después de echarlo a suertes la desafortunada elección recae en el más joven de todos, un grumete llamado Richard Parker, que es apuñalado y devorado por partes durante cuatro días.

 

La revelación literaria causó una conmoción entre los náufragos que, de inmediato, decidieron invalidar el sorteo macabro -pese a las airadas protestas del grumete-. El destino del chico estaba escrito hacía más de cuarenta años antes y debía cumplirse sin demora ni piedad alguna.

 

Tras saciarse de carne y sangre humana, el marinero Edmund Brooks, sonrió satisfecho al imaginarse que diría su esposa, inculta y tacaña, que le criticaba por gastar dinero en novelas. ¿Quién dijo que la literatura no servía para nada?

  https://www.lasprovincias.es/culturas/cuentos-minimos/destino-escrito-20201113200640-nt.html

sábado, 7 de noviembre de 2020

RETRIBUCIÓN

 He quedado finalista en el Certamen de Relatos Breves "Sobre enfermeras" con mi relato

RETRIBUCIÓN
Natalia regresó a su hogar tras una agotadora y desmoralizante jornada de trabajo en el hospital –una más, como lo estaban siendo todas desde que estalló la epidemia- y al disponerse a tomar el ascensor de su edificio, reparó que en la puerta había un folio de papel sujeto con celo que exhibía un texto dirigido a ella. Al, leerlo, se le heló la sangre.
No, no era el primer incidente que sufría. Al inicio de la declaración del Estado de Alarma, de camino a su trabajo, escuchó desde una ventana que alguien le gritaba: “¡Vuelve a casa, que no tienes vergüenza!”, seguido por una segunda voz que la calificaba de “¡Puta!”. ¿Qué pasa, tenía que ir en bata blanca a su hospital? Enfurecida, Natalia iba a replicarles, pero una mano anónima la lapidó con un huevo que se le estampó encima.
Muy pronto supo de aquella gente que dedicaba parte de su tiempo y energías a vigilar a quienes veían transitar por las calles, para acosarlos; ya fuesen padres que acompañaban a hijos con autismo, cajeras de supermercado, personal de limpieza u otros trabajadores de servicios esenciales. Vecinos confinados y airados. Vecinos adictos al insulto para los que habían acuñado un neologismo para definirlos: “balconazis”.
Natalia volvió a leer la nota, como si no quisiera creer lo que su vista le informaba:
Querida vecina:
Sabemos el trabajo que realiza como enfermera en el hospital y se lo agradecemos. Pero usted también debe de ser consciente que en este edificio viven muchos otros vecinos y, entre ellos, personas vulnerables como abuelos y niños, a los que usted pone en riesgo cada vez que regresa a su piso trayendo quién sabe qué cantidad de virus de sus pacientes.
Idealmente, le pedimos encarecidamente que se mude lo más rápido y lo más lejos posible para no poner en peligro nuestras vidas. Seguro que comprenderá nuestra preocupación y se marchará sin preguntar nada y sin quejarse.
En caso de persistir en su inconsciencia, le rogamos que, como mínimo, no estacione su vehículo al lado del de los demás, no use el ascensor, no baje a su perro a la calle y no toque nada de las zonas comunes sin guantes y sin haberse desinfectado las manos.
Firmado: Los vecinos.
Natalia se recluyó furiosa en su apartamento, su perrita Nana acudió a recibirla, alegre, moviendo la cola y haciendo cabriolas. La enfermera solía bromear afirmando que los perros eran mejores que las personas, y se repitió para sí misma la sentencia, pero diciéndoselo en serio. “Pongo en peligro mi vida para ayudar a los demás y me tratan como a una apestada -exclamó en voz alta, todavía sin reponerse de todo de la incredulidad que le provocó el aviso-. ¿Cuestionan que no tomo precauciones? Pero si tengo las manos destrozadas de tanto lavármelas”. La enfermera sabía que el miedo es libre y... cruel. Aquella noche a las veinte horas, con hipócrita puntualidad, los vecinos de su edificio salieron de nuevo a aplaudir con entusiasmo. A ella le sorprendió la algarabía en el cuarto de baño, el espejo le devolvió su reflejo con las marcas enrojecidas dejadas en su rostro por la mascarilla y las gafas protectoras tras una guardia de veinticuatro horas y no pudo evitar reprimir el llanto.
A la semana siguiente apareció en el turno de la enfermera, en la Unidad de Críticos, el presidente de la comunidad de propietarios del edificio en el que residía Natalia. El paciente la reconoció así que ella le atendió para valorar su estado. El hombre le dirigió una mirada suplicante y casi temerosa.
-Neumonía bilateral –dictaminó la doctora dirigiéndose a la enfermera-, hay que entubarlo y conectarlo a un ventilador.
-El registro de oxígeno está por debajo de noventa –informó Natalia.
El hombre hizo un gesto de querer decir algo. Natalia le retiró durante un segundo la máscara con el respirador.
-Gracias –musitó el paciente haciendo un esfuerzo sobrehumano, pues hasta el acto de respirar se le hacía doloroso.
-Vecino –dijo la enfermera acariciándole la frente-, vas a salir adelante, estás en buenas manos, confía en nosotros. Prométeme que vas a luchar.
El paciente sobrevivió.
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Jasmin Campos Díaz, Teresa Figuera y 60 personas más
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LLUEVE MANSAMENTE SOBRE EL CAMPOSANTO

 La Revista Digital Miseria ha publicado mi relato

LLUEVE MANSAMENTE SOBRE EL CAMPOSANTO
Llueve mansamente, sin parar; llueve sin ganas, pero con una infinita paciencia, como ha sido siempre: lluvia y sol, vida y muerte…; toda existencia forma parte de un ciclo.
“Era tan buena que hasta los ángeles lloran de pena”, suelta una amiga de la vieja. No sé si la finada era buena o no, tan sólo era mi vecina del octavo. Yo estoy aquí por Iris, mi amor, mi criatura dorada, la sobrina nieta de la muerta; no entiendo como no ha aparecido aún. Sé que ha de venir, no pasaba un mes sin que Iris no visitase a su anciana y solitaria tía. Una chica joven, bonita y con corazón; eso fue lo que me enamoró de ella.
Sí, ya llega, la tristeza aún la vuelve más bella. Mírame, te estoy sonriendo. No hagas eso, ver cómo que no me conoces, siete veces hemos coincidido en el ascensor; aún recuerdo tu perfume tenuemente dulce y nuestra última charla, cuando, tras hablar del tiempo que hacía, una cosa fue a la otra y, al final, me confesaste que tu tía adoraba escuchar mazurcas.
A ver si acaba este rollo y puedo abordarte, esta vez no me voy sin tu número de teléfono. No es cuestión de seguir asesinando a tu familia para conseguir que nos veamos. Mírame, no me ignores, no seas como las otras Iris, como la última, psicóloga de la cárcel, que dijo que yo daba en sus test un perfil de psicópata. En cuanto pude le hice una visita. Ahora yace en un nicho, feliz, eso creo; es lo que tienen las calaveras, que siempre están risueñas. Mírame Iris, te estoy sonriendo.

EN MIL PALABRAS

 La revista Marginalees en su número ocho ha publicado mi relatillo de terror

EN MIL PALABRAS
La carretera, acribillada de baches, serpenteaba el secarral inabarcable, árido y marrón, de geografía ondulada, semejante a un trozo de cartón mojado que se hubiese secado y deformado bajo el sol inclemente. Yo conducía mi ranchera sobre el desigual asfalto mientras renegaba, ¡maldita la hora en que se me ocurrió visitar el hospital de tuberculosos! Además, se había estropeado el aire acondicionado del vehículo y estaba sudando como ganado bajo un techo de uralita Y, de repente, tres un cambio de rasante, apareció la cafetería desvencijada y polvorienta a pie de carretera que, contra todo pronóstico, parecía abierta al público.
Tras la barra una señora de edad madura, bajita, cabezona, de rostro avinagrado, rictus de desprecio y cabellos largos y sucios. No había ningún cliente en aquel establecimiento de aspecto decadente. Si hubiesen sido otras las circunstancias, tal y cómo hubiese entrado en el local me habría marchado sin dilación. Eran las tres de la tarde, pero un reloj de pared con telarañas señalaba las doce en punto.
-Buenas tardes -dije acercándome a la barra, la mujer no contestó-. ¿Sería posible tomarme un café con hielo?
-Por supuesto.
Disolví el contenido del sobre de azúcar en el café y agregué el hielo.
-¡Hummm! ¡Qué bueno! Su café es delicioso -exclamé, gratamente sorprendido.
-Somos una cafetería, para nosotros el café es capital, una cuestión de vida o muerte –“Anda que no es exagerada”, pensé-. El que toma es colombiano -declaró.
-Se nota, muy rico.
-¿Y qué? ¿Ha venido para ver el hospital de tuberculosos? -me interrogó.
-Así es. ¡Menuda decepción! Un lugar vandalizado y del todo vulgar.
-¿Qué esperaba, fantasmas?
-No, esperaba encontrar inspiración y lo que hallé fue suciedad, desorden, destrucción, excrementos, grafitis y jeringuilla por el suelo.
-Les ocurre a todos.
-¿A todos?
-La decepción. Desde que ese tipo triunfó con su libro lleno de embustes acerca del hospital, con todas esas leyendas de voces y actividad paranormal, con esa enfermera de la muerte que se inventó, que recorría las sales de convalecencia, jeringuilla en mano para enviar a los pacientes a la muerte; todos los sonados vienen aquí a hacer turismo. Si no fuera por ellos, no tendría clientes. -“No me extraña”, pensé, preguntándome cómo diablos conseguía mantener el negocio abierto. La cafetería, de semblanza fantasmagórica, producía más inquietud que el destartalado edificio que acababa de visitar. Comencé a tomar mentalmente notas.
-Leí el libro -dije, tras una larga pausa-. Yo también creo que es un camelo.
-Sin embargo, es cierto que en el hospital ocurrían sucesos extraños.
-¿Cómo qué?
-Enfermos que se volvían locos y se suicidaban arrojándose desde la novena planta al jardín que denominaban “la jungla”.
-¡No me diga! -sonreí con escepticismo
-Usted es diferente -dijo, la camarera con un tono de hostilidad.
-¿En qué sentido?
-No cree nada acerca de las historias que se cuentan. No es el enésimo morboso que ha venido a curiosear.
-No creo en esas paparruchadas. Soy escritor y si decidí visitar el hospital fue, como ya le he dicho, para inspirarme; he de escribir un relato de terror para un concurso en mil palabras exactas incluido el título ¿Cómo se puede retratar el terror en mil palabras?
-A veces una sola palabra es suficiente.
-¡Ah!¿sí? Además de camarera, veo que imparte talleres literarios -lancé la frase con el tono de mayor sarcasmo que fui capaz. “¡Vaya personaje!”, pensé. Una camarera palurda enseñando como se escribe a un escritor consagrado.
-Espere, le pondré otro café. Va por cuenta de la casa –“¡Qué mujer tan idiota!”, la acabo de ofender y no se ha percatado.
La camarera me sirvió una segunda taza, fue entonces cuando leí su nombre grabado en letras negras en el broche lila que llevaba prendido en la blusa: “Jezabel” –“¡Hay que joderse! -me dije- Si hasta el nombre lo tiene de arpía”. Y supe, entonces, que debería inventar una historia acerca de aquella cafetería y su estrafalaria dueña.
-Gracias.
-En esta comarca siempre han ocurrido cosas misteriosas.
-Dígame. -Pensé que a todos los tontos e ignorantes les gusta fantasear con lo mistérico.
-Cuando cae la noche, en la siguiente curva, en dirección a la capital, aparece una chica que hace autostop.
-¡No me joda! -Aquello era ya demasiado, la puta leyenda urbana de la chica de la curva. -¿Y qué más?
-Yo, por ejemplo, tengo poderes. -“Lo que me faltaba”, me dije. Miré hacia la puerta, me acabaría el café y me iría; la camarera, pese a sus posibilidades narrativas, ya se estaba poniendo cargante. -Soy mentalista, puedo adivinar el pensamiento de las personas.
-¿Y en qué estoy pensando? -la reté.
-Usted me desprecia y desprecia a sus lectores. - Sonreí. Las dos afirmaciones eran ciertas. Escribía historias de terror, un subgénero que aborrecía con toda mi alma, tras haber incursionado infructuosamente en la novela psicológica. Consideraba que el terror en la literatura era, en un lector adolescente algo parecido al acné o a la masturbación compulsiva; una costumbre fea e irritante, pero disculpable debido a la edad del sujeto. En cambio, sostenía que en un lector adulto el consumo de esa misma literatura reflejaba su inmadurez, mal gusto, carácter crédulo y adicción a las emociones baratas. Escribía cuentos de miedo porque por algún oscuro motivo se me daba bien y porque era muy fácil componerlos. Desde que murió Edgar Allan Poe la literatura de terror no era otra cosa que el manosear una y mil veces los tópicos y los clichés que el genio de Baltimore, primero, e Hijo Puta Lovecraft, después, habían dejado fijados como cánones incombustibles; aderezados, posteriormente, con vampiros, psicópatas y zombis.
-Se equivoca, no la desprecio -mentí hipócritamente mientras me preguntaba por qué seguía charlando con aquella cretina paranoica.
-Le dije que una sola palabra basta para describir el horror y no me creyó. La palabra que busca es… arsénico.
-¿Arsénico?
-He envenado con arsénico el café que se está tomando.
-Se trata de una broma, ¿verdad?
Jezabel sonrió de manera enigmática y dijo:
-Querido, muy pronto lo sabrá.

Marginalees Edición N°8
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Marginalees Edición N°8
¡Hola! Somos Marginalees, una nueva revista cultural hecha por y para las ovejas negras de este mundo. La idea de nuestro proyecto es dar a conocer todo tipo de artistas que se encuentran en las sombras, las ovejas negras, los ocultos, los que todavía no están en la superficie. Si quieres partici...

LOS SIN ROSTRO

 El Círculo Independiente de Arte de Morelia (México) ha publicado en su Gaceta número dos mi relato

LOS SIN ROSTRO
Cada vez que viajaba a Madrid trataba de visitar el Museo del Prado. En la pinacoteca inacabable dedicaba cada una de sus visitas a una determinada galería. No obstante, nunca dejaba de examinar un determinado cuadro de Goya: Los Fusilamientos del tres de mayo. No podía evitarlo, el cuadro le hechizaba por algún motivo oscuro que no era capaz, no ya de verbalizar, sino, de articular en su pensamiento.
La obra soberbia representaba con dramatismo la escena en la que la luz brotaba de un farol para iluminar a los condenados y teñir de sombra a los ejecutores. Las víctimas configurando tres grupos definidos: los que están a la espera de ser fusilados y que ven con horror su futuro, los que están siendo ejecutados y los muertos, cadáveres que yacen en el suelo sobre un gran charco de sangre. Los soldados trazando una diagonal dan la espalda al espectador de manera que quedan ocultos sus rostros mientras que los ejecutados muestran toda una amplia gama de reacciones frente a su destino. Destaca, entre las víctimas, un hombre con camisa blanca que levanta los brazos en un gesto heroico ante la muerte, como un Jesucristo laico, para ingresar en la inmortalidad de mano de los pinceles del pintor. Los soldados, impersonales, intercambiables, un pelotón de matarifes sin rostro, seres sin identidad moral. Verdugos con la cabeza gacha que no miraban a sus víctimas, negándoles así, una interlocución y su humanidad, reduciéndolos a objetos enemigos, carne para ser fusilada en el desempeño de una tarea mecánica, ¡he aquí la banalidad del mal! –piensa el espectador-. ¿Por qué el autor ocultó sus semblantes? ¿Por qué inquietaba tanto ese ocultamiento? Cada vez que contemplaba el lienzo el visitante se estremecía.
No comprendió las causas de la fascinación que le producía el lienzo, ni menos aún de aquel desasosiego que tanto le perturbaba, hasta que un comando de terroristas encapuchados lo secuestró. Durante los más de quinientos días de infierno enloquecedor permaneció atrapado en el zulo húmedo y angosto, esperado ser asesinado en cualquier momento. Los secuestradores siempre se presentaron ante él ocultos bajo pasamontañas, jamás vio sus rostros.



martes, 3 de noviembre de 2020

HECATOMBE

 La revista mexicana "Iguales" ha publicado mi relatillo

HECATOMBE
Esplendor en la hierba, dulce pájaro de juventud. Habían sido miles, quizás cientos de miles…; una población densa, pujante, magnífica, que no pasaba desapercibida al más lerdo de los observadores. Sin embargo, aquel lucimiento orgulloso pertenecía a una época pretérita, cada vez más añorada, tan feliz como irrecuperable. Sin causa y sin freno, obedeciendo a un dictado oscuro de la naturaleza, a un impulso atávico autoaniquilador, uno tras otro, cada ejemplar se precipitaba al vacío siguiendo un rito incomprensible. Eran un manto de yedra inversa, un doloroso decrecimiento, una realidad, otrora brillante y sedosa, empujada por el dios Cronos hacia su extinción. Aquellos a los que se dio a poblar toda la circunvalación morían dejando tras de sí la encarnada claridad de la ruina. Una comunidad desaparecía en silencio. Los resistentes afloraban arrinconados en territorios cada vez más exiguos e inhóspitos, se diría que acobardados, esperando ser sacrificados víctimas de una maldición hereditaria. Entre aquellos que aguantaban, aún en su sitio, aparecían, cada vez en mayor número, cientos de albinos, heraldos de la desolación, precursores de la nostalgia, cruel decadencia escarchada.
El hombre contempló con desagrado los cabellos que se quedaban enredados en las púas de su peine. La calvicie avanzaba.