CONSAGRACIÓN
-No, si el libro está muy bien. Es muy bueno y me he reído
mucho. Es fresco, desenfadado y original. Es mucho mejor que los
otros libros de microrrelatos que hemos editado en esta casa hasta el momento -confesó
el editor, arrellanado en la silla de cuero de su despacho.
-¿Entonces, qué problema hay para que no quieran editarlo?
-le interrogó el escritor novel.
-Su nombre.
-No entiendo. ¿Se refiere al título?
-No, al nombre de usted. Únicamente publicamos a autores con
nombres conocidos.
-Entonces no habrá problemas. Me llamo Pérez Pérez, ¡habrá
apellido más conocido!
-Mire, no me vacile, ese es el problema. ¿Quién es Pérez
Pérez? Nadie. Yo no sé quién es, no me suena de nada y al lector tampoco. ¿Y
por qué alguien va a comprar un libro de Pérez Pérez o de Pepito de los Palotes
o de cualquier otro insigne desconocido?
-Confiaba en que su editorial se encargaría de la
promoción
-Y a su edad también se creerá que el ratoncito Pérez, que
debe ser primo suyo, se lleva los dientes de leche.
-Ahora el que me vacila es usted.
-Mire, le voy a hablar claro. Le voy a explicar lo que
ningún editor le contará nunca: El mundo editorial ha cambiado. Los
editores ya no vendemos libros, el libro es secundario y la calidad literaria
importa un bledo. Los editores vendemos un producto y ese producto es el autor.
El autor ha de convertirse en su propia marca. La gente que adquiere un
sólo libro al año por Sant Jordi, y que son el grueso del mercado,
compra aquel libro del autor que les suene, título que ya se ha
publicitado previamente en la prensa a cargo de unos cuantos críticos
mamporreros y en las redes sociales a cargo de personal que se dedica
profesionalmente a tales menesteres. Usted me dirá, ¿entonces hay promoción?
¡Claro que la hay! Hasta podemos sacarlo en televisión o hacer que gane un
concurso literario de renombre convenientemente amañado. Pero, en cualquier
caso, sólo se promociona sobre seguro, los autores ya vienen
promocionados de casa, ya tienen una marca reconocida como escritores o son
autores mediáticos que salen por la tele a los que les buscamos un negro para
que les escriban sus flamantes obras que compraran las marujas el día de autos.
-Entonces...
-Debe crear una marca propia y reconocible. Escoja un
género y no se mueva de él. Si hace microrrelatos, que no se le ocurra escribir
otra cosa porque la novedad desconcertará a sus potenciales lectores. Pérez
Pérez ha de ser garantía de microrrelato de humor, pongamos por caso, de
manera que el comprador con sólo leer su nombre ya se haga la idea del libro
que se va a llevar a casa, encasillarse es básico. Cree un blog que no
sea cutre. Siga al top teen de blogs
del género por el que ha optado, según el número de visitas, e interactúe con ellos de manera que, al
final, consiga enlaces de sus blogs al suyo; así se irá haciendo un
nombre. Una vez que haga eso, contrate un community manager que le lleve las cuentas y compre bots que generen perfiles falsos de
seguidores de su blog. Si usted tiene una cifra abultada de followers, aunque sean más falsos que un
duro de cartón, por el efecto gregario le entrarán seguidores de verdad que no
querrán quedarse fuera de seguir al más cool.
Y, por supuesto, no tenga manías en lamer todos los culos que haga falta
y en escribir reseñas elogiosas de truños de autores ya consagrados e
influyentes.
-¿Y si hago todo eso ustedes me editarán?
-Es posible. Pero en su caso, lo dudo, es usted gordo, poco
fotogénico y cincuentón. Los nuevos valores que se promocionan son todos
jóvenes, delgados, modernetes y quedan bien en las fotos. Además, usted viste
convencional. Déjese coleta, tatúese o, al menos, póngase un sombrerito y,
desde luego, apúntese a un gimnasio. Desarrolle una leyenda, diga que fue
mercenario en Angola, camello en Ibiza o camarero en un burdel de Copacabana;
no importa que sea mentira, lo esencial es que el periodista que le vaya a
entrevistar pueda llevarse un titular a la boca. Y si todo eso no funciona,
siempre puede liarla parda.
-Creo que no le entiendo.
-Le pondré un ejemplo. ¿Mire -el editor extrajo una foto del
cajón de su escritorio-, lo ve? Este individuo es el escritor Eduardo Labarca
meando sobre la tumba de Borges.
-¿Por qué me enseña eso? ¿Qué me propone? ¿Qué vaya a mearme
en la tumba de Cela?
-Eso sería magnífico.
-¡Ni en broma!
-Le aseguro que con escrúpulos no irá a ninguna parte como
no sea a autoeditarse en Amazón, que es el cajón de-sastre, el
cementerio de los elefantes, la sentina de los autores fracasados que pasan más
desapercibidos que un pedo un jacuzzi.
-No pienso hacer nada de lo que me ha dicho.
-¿Por qué señor Pérez Pérez?
-Porque me produce pereza.
Tiempo
después y por mucho que le jodiera, Pérez Pérez hubo de reconocer que el editor
tenía razón. Los amigos y conocidos no le compraron su libro autoeditado en
Amazón porque se preguntaban: “¡Qué coño va a escribir este tío!”. Y los desconocidos
tampoco adquirían su libro porque se preguntaban: “¿Quién coño es este tío?”.
El autor se
sentía atrapado como un hámster en su rueda, enjaulado en un terco anonimato, destinado
a morir exhausto sin que nadie lo leyera, sin que el público llegara jamás a
apreciar si era bueno, malo o simplemente discreto.
Cuando la guardia civil esposó a Pérez Pérez, el autor
sonreía. Le sabía mal por su sobrino, un informático friqui al que había metido
en aquel embolado y a quien también habían arrestado. Por lo demás, la
promoción había sido un éxito rotundo, un debut apoteósico. Es cierto que
algunos conductores se habían distraído provocando diversos accidentes de
tráfico con un balance de varios muertos y multitud de heridos, pero, aquel era
un pequeño tributo que se cobraba la literatura, daños colaterales. Su sobrino
era un puto crack, un hacker cojonudo, sólo él había sido
capaz de escribir más de trescientos microrrelatos de su tío en los paneles
luminosos de la autopista del Mediterráneo entre Algeciras y La Jonquera. En
toda España y en el extranjero ya sabían quién era Pérez Pérez. Se había
consagrado.
(Relato publicado en la revista de literatura latinoamericana "Poetómanos", numero cuatro).