miércoles, 28 de septiembre de 2022

PLATÓN TENÍA RAZÓN

 La revista mexicana Aion en su número 60 dedicado al filósofo Platón ha publicado mi texto "Platón tenía razón".

PLATÓN TENÍA RAZÓN
Prometeo García es un hacker que piratea programas informáticos de conocidas empresas monopolísticas y los pone libremente a disposición de los internautas.
Sísifo Fernández trabaja en una línea de montaje industrial.
Edipo Pérez deshereda a su padre y lo interna en un asilo.
Orfeo Gutiérrez tiene dificultades para ir a ver a su novia que vive a 666 kilómetros de distancia de su domicilio.
Caronte Rodríguez es un indigente de lamentable estado -más muerto que vivo-, que le canta las verdades del barquero a cualquiera que le escuche.
Ícaro Martínez aspira a ascender y volar muy alto en su empresa, una compañía de líneas aéreas.
Teseo López se extraviaría en el laberinto de su desordenada personalidad si no fuera porque su mujer, Ariadna, le guía con mano firme.
Penélope Díaz consume su vida esperando que su amante se divorcie de su esposa.
Narciso Sánchez funge de presidente del Gobierno.
Platón tenía razón, todos somos la escoria imperfecta de unos arquetipos esenciales, aquellos que trazaron los griegos para toda la eternidad.

jueves, 22 de septiembre de 2022

TENSAR COSTURAS

 "La artífice" ha publicado mi microrrelato

TENSAR COSTURAS
Se supone que me debería llevar bien con mi hermano siamés, pero lo cierto es que no es así y reconozco que se tensan las costuras por cualquier nimiedad. Las razones a tal conflictividad me eran ignotas hasta que mis padres me revelaron que yo era adoptado.

lunes, 5 de septiembre de 2022

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA

 La revista mexicana "El creacionista" ha publicado mi relato

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA
La pequeña sala, clara y aséptica, tiene el aspecto de un laboratorio pese a ubicarse en la Biblioteca de Aragón. Dos mujeres, una de ellas ataviada con bata y guantes blancos, esperan la visita del doctor.
-Doctor.
-Señora Directora.
-Pase por favor. Ella es Rosa, nuestra conservadora, la encargada de incunables y de textos antiguos de especial interés, como es el caso.
-Encantado.
-Comprenderá -prosigue la directora- que, dada la naturaleza del texto, no se lo remitiéramos por correo ordinario ni hayamos efectuado ninguna transcripción del documento en ningún otro soporte. Antes de valorar su autenticidad deseábamos recabar su opinión como máximo experto en España de Shakespeare y doctor en la materia, es por ello que le hemos pedido que venga hasta aquí y lea el manuscrito en persona. Rosa le proporcionará unos guantes blancos, le ruego que se los ponga antes de hojearlo.
-En qué circunstancias fue hallado -pregunta el catedrático.
-Se estaban realizando unas obras de rehabilitación en un edificio de la calle del Coso y al tirar un tabique interior lo encontraron emparedado junto a otros objetos
-¿Qué objetos?
-Estaba envuelto en prensa de la época y también hallamos monedas acuñadas en el primer tercio del siglo XIX.
-Como si fuese una cápsula del tiempo.
-Quizás, desconocemos las intenciones del que enterró allí el manuscrito, todo son conjeturas.
-¿Algo más?
-El análisis químico del papel y de la tinta usada concuerda con la fecha que aparece inscrita en la última página.
La conservadora deposita sobre la mesa blanca un legajo de papeles viejos y amarillentos encuadernados en piel toscamente curtida. El catedrático se sienta en la silla y se ajusta sus gafas:
“A quién pueda leer esto:
En primer lugar, discúlpenme por no presentarme, para proteger mi vida y la de mi familia es necesario que mi nombre permanezca oculto. Ya han asesinado a un amigo mío y sería una imprudencia desvelarles quien soy. Espero que las generaciones venideras que descubran esta confesión que ahora les detallo estén en condiciones de asumir toda la verdad que voy a relatarles.
Shakespeare, this is the question. ¿Fue el actor de Stratford-upon-Avon el autor de las obras que se le atribuyen? Estoy en condiciones de asegurar que no. Imagino que el lector enarcará las cejas ante tamaña afirmación, pero la reitero y, aún digo más: lo sorprendente no es negar que Shakespeare sea el autor de la obra Shakesperiana, lo asombroso es que nadie se lo haya cuestionado hasta ahora. ¿Pudo un hombre que no fue a la universidad escribir obras de tanta calidad y con tantas referencias cultas? ¿Pudo describir, por ejemplo, Italia con tantos detalles cuando nunca sus pies hollaron la tierra de dicho país? La obra Shakesperiana fue escrita por un erudito y políglota, con un conocimiento apabullante de la lengua inglesa, sólida formación clásica, dominio del arte de versar, experto en la historia de Inglaterra y con nociones de exégesis bíblica, medicina, Derecho, protocolo y cetrería, entre otras muchas artes, cualidades imposibles de detentar para alguien surgido del vulgo. Shakespeare es un espectro, un fantasma, a poco que se abundé en lo raquítico de lo que nos han hecho creer que es su biografía veraz, nos asaltarán las dudas y las preguntas sin respuesta.
La obra de William Shakespeare es la historia oculta de una pasión devoradora y la tragedia del hombre que la protagonizó. La pasión era el teatro, componer dramas y comedias y la tragedia consistió en el anonimato en el que tuvo que ocultarse el verdadero autor de tal magna obra: Sir Francis Bacon. Shakespeare no fue más que una burda marioneta.
Sir Francis Bacon, estadista y filósofo; hombre culto, refinado y viajado; murió y mató por el teatro. Su alta, fecunda y triunfante carrera política –llegó a ser nombrado Lord Canciller de Inglaterra- le impedía que lo relacionasen con el mundo equívoco y de dudosa moralidad que actúa entre candilejas; un universo en el que rige la trasgresión, la ambigüedad y lo bufonesco -no es por casualidad que a los comediantes, junto a los suicidas y a los excomulgados, se les niegue sepultura en camposanto-. Bacon escribió casi toda la obra Shakesperiana que conocemos y para verla representada –espectáculos a los que acudía de incognito y embozado- precisó que alguien figurara como autor.
Bacon confió a su amigo, el dramaturgo Christopher Marlowe, la misión de buscar un testaferro -quién por ser espía de la Reina, era ducho en turbios manejos y en frecuentar a la hez de la sociedad de su tiempo-. Marlowe era, además, uno de esos hombres que practicaba el pecado nefando, y aquí es donde aparece William Shakespeare. El falso bardo Shakespeare había sido mozo de establo de Lord Leicester, pero haragán como era, además de vil, avaro, pendenciero, borracho y ladino, se mudó del campo a Londres, mutando su oficio de mozo de caballerizas por el de prostituto y, como tal, se le conocía en los bajos fondos londinenses con el sobrenombre de “El cisne de Avon”, teniendo en Marlowe a su mejor cliente. Pues bien, Marlowe, como estaba enamorado de Shakespeare, además de colocarlo de actor, le propuso a Bacon que fuese éste el que constara como autor, algo a lo que Sir Francis accedió, pues ignoraba la ralea del postulado. Muy pronto Shakespeare comenzó a chantajear a Marlowe y éste a Bacon para pagar a aquél, lo que determinó que Sir Francis –escandalizado tras haber descubierto la catadura del de Avon- ordenará el asesinato de Marlowe haciendo pasar la ejecución bajo la apariencia de una riña tabernaria. ¿Por qué Bacon no mató entonces a William Shakespeare? Seguía necesitando un hombre de paja que figurara como autor para llevar sus obras a escena. Los poderosos no matan a quienes les son útiles.
Tras la muerte de Marlowe, Bacon solicitó ayuda a otro de sus amigos, Edward de Vere -decimoséptimo conde de Oxford- para que hiciera de intermediario entre él y Shakespeare. La muerte del conde en 1604 obligó a Bacon a tener que tratar directa y secretamente con William Shakespeare y soportar sus extorsiones, además de sus maneras insolentes. La relación fue tensa y plagada de disputas, girando siempre en torno a los honorarios que deseaba cobrar el insaciable hombre de Avon.
En 1612 ocurrirá un acontecimiento que precipitará la tragedia con la que finaliza el drama que aquí desvelo. Thomas Shelton, un católico nacido en Dublín, de padre inglés y madre irlandesa, quien había estudiado en el colegio irlandés de Salamanca, tradujo ese año El Quijote a la lengua británica. El efecto de la lectura de dicha obra en Sir Francis Bacon fue colosal y fulminante. Por entonces a Bacon ya se le iba agostando el ingenio, así que, deslumbrado como se hallaba por influjo de la obra de nuestro inmortal Cervantes, se le ocurrió que el autor de El ingenioso hidalgo bien podría ser el que escribiese las últimas comedias de su impostura, traducidas al inglés por Shelton, corregidas por Bacon y firmadas, como no, por el ínclito William Shakespeare y con Thomas Hobbes –el autor de Leviatán- como amanuense de todo el proceso en su calidad de escribano de Sir Bacon. Para tal fin Shelton fue encargado de acompañar a Miguel de Cervantes a Londres en un viaje secreto. Don Miguel, siempre falto de peculio –ya decía mi amigo que en España escribir es llorar-, aceptó el encargo y regresó a España con la bolsa llena.
El problema fue que Cervantes en sus últimos años, al igual que su patrón, andaba ya menguado de genio creativo, algo que traería lamentables consecuencias. La primera obra de Cervantes firmada por Shakespeare fue casi una burla. Cardenio, que así se llamaba la pieza, no era más que una extensión de la historia de un personaje sacada directa y descaradamente de El Quijote. Cuando Bacon se percató que cualquiera que leyera El Quijote la relacionaría con el drama firmado por Shakespeare, ordenó destruir el libreto y es por eso que hoy se considera desaparecido. El siguiente drama creado por Cervantes y rubricado falsamente por el de Avon se tituló Dos nobles caballeros, y aquí, también, Don Miguel recreó una de sus propias obras, la conocida como El Curioso Impertinente. Por último, el héroe de Lepanto cometió la postrera imprudencia que hizo colmar el cáliz de la paciencia de Sir Bacon, al publicar, por su cuenta, La española inglesa, una novela en la que una joven hispana era llevada a Londres, inspirándose el novelista en su propio viaje a la ciudad del Támesis.
Bacon, viendo que la contratación como escritor fantasma de Miguel de Cervantes no había producido el efecto esperado y que con sus imprudencias literarias iba a descubrir el fraude, y harto de los chantajes a los que le sometía el codicioso William Shakespeare, que no cesaba de amenazar con descubrirlo como dramaturgo y arruinar su carrera política, decidió, como se suele decir, matar dos pájaros de un tiro. El veintitrés de abril de 1616 dos escuadrones de sicarios enviados por Sir Francis Bacon asesinaron al magno Miguel de Cervantes Saavedra y a William Shakespeare -el rufián casi analfabeto que nunca escribió nada-, camuflándose sendas muertes como naturales. Tras aquellos hechos de sangre, Sir Francis Bacon abandonó para siempre sus ínfulas de literato.
Quién lea esto se preguntará cómo sé tales cosas que he descrito muy someramente. Aconteció que Don Miguel de Cervantes se enteró por Thomas Shelton de los detalles de gestación de la obra de Bacon y sus circunstancias y dejó consignado el relato de las mismas en una memoria que debía salir a la luz en caso de acaecerle una muerte violenta o sospechosa. Asimismo, el manco guardaba copia de su puño y letra del drama Cardenio. Cuando muere Cervantes y los familiares revisan sus papeles, reparan en la importancia de los documentos citados y los portan a las autoridades reales, las cuáles deciden archivarlos como secretos de estado. Divulgarlos en aquel momento hubiera supuesto una declaración de guerra a Inglaterra, por el poder que detentaba Sir Francis en la corte londinense. Y así quedaron, en los archivos reales criando polvo.
Mi amigo, el periodista Mariano José de Larra, consiguió hacerse con los legajos originales de Cervantes de mano de un archivero real que sustraía documentos y los vendía de tapadillo para pagar sus deudas de juego. Yo mismo tuve en mis manos y hojeé tales papeles al visitar a Larra en su casa de la calle Santa Clara poco antes de que lo matasen. Larra sabía que había encontrado un diamante y estaba negociando en España y en el extranjero las condiciones de su publicación con diversos editores de periódicos. Sin duda tales conversaciones llegaron a oídos de los espías de la pérfida Albión y en Londres concluyeron que no podían permitir que la verdad saliera a la luz. La Gran Bretaña, nación arrogante, dueña de los siete mares y poseedora de innumerables colonias por todo el orbe; no sólo debe su primacía a la pujanza de su comercio e industria, o la potencia de su ejército; precisa, también, del prestigio de su cultura, de su lengua y de sus letras. No exagero si digo que la revelación del fraude del caso Shakespeare, con la mención de todos sus detalles sórdidos asestaría un duro y humillante golpe que erosionaría la hegemonía británica. El mito del genial Shakespeare debía sostenerse a toda costa y a todo coste y, es por ello, que despacharon a Madrid a un agente de Su Graciosa Majestad con licencia para matar. Apenas la amante adulterina de Larra, Doña Dolores Armijo, abandonó el domicilio del periodista, hizo acto de presencia él agente –sólo o en compañía de otros- y consiguió que el imprudente Mariano le abriera la puerta de su casa -sólo Dios sabe de qué añagazas se sirvieron-, con el resultado sabido del disparo en la sien que le arrancó la vida. Es mentira que se suicidará por mal de amores como se ha divulgado interesadamente. Larra no tenía ninguna intención de quitarse la vida, yo hablé con él la tarde anterior al suceso, y estaba exultante, imaginándose las repercusiones que tendría su crónica sobre el asunto Shakespeare. “Lo que tengo entre manos es una bomba”, me repitió en diversas ocasiones durante la velada. Pero no fue una bomba, que fue una bala. A Larra lo mataron, estoy seguro. Yo mismo, como amigo íntimo y deudo del finado, estuve en su casa, a pocas horas de transcurrido el crimen, rebuscando los valiosísimos documentos y no los hallé pese a que no dejé hueco sin revisar, así que puedo asegurarles que alguien los sustrajo.
No quiero acabar esta confesión sin pedirles perdón por no proporcionar detalles más concretos de lo narrado, piensen que lo que sé es lo que Larra me contó y lo que pude retener de una lectura parcial de los manuscritos cervantinos durante los escasos minutos en que pude consultarlos.
Déjenme despedirme con las palabras del epitafio inscrito en la tumba de William Shakespeare: “Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar en el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”. Sepa el que lea este manuscrito que removerá los huesos espirituales del falso bardo, que Dios le libre de su maldición.
En Zaragoza, en el año del Señor de 1838.”
El catedrático se quitó las gafas y se incorporó. Ansiosa, le interrogó la directora:
-¿Y bien?
-Es todo demasiado rocambolesco e inverosímil.
-Ya nos pareció un fraude, pero quisimos que usted nos lo confirmara.
-Ya, pero hay algo que no cuadra.
-¿El qué?
-¿Los periódicos hallados junto al manuscrito son de ese año y las monedas fueron acuñadas con anterioridad?
-En efecto, ¿por qué?
-Porque antes de la década de 1850 nadie se cuestionó la autoría de las obras de Shakespeare. La primera en hacerlo fue Delia Bacon que las atribuyó, precisamente, a Sir Francis.
-¿Y la creyeron? –preguntó la directora de la Biblioteca de Aragón.
-La tomaron por loca –remachó el doctor en literatura inglesa.
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lunes, 25 de julio de 2022

ASESINATO EN EL CAFÉ ESPAÑOL

V Premio Internacional Café Español de Relato Corto 2022
Relato 33: ASESINATO EN EL CAFÉ ESPAÑOL

Autor: Héctor Daniel Olivera Campos

 Desdémona titubeó antes de entrar en el Café Español. En el interior aguardaban los conjurados.

- ¿Dónde está Flaubert? -indagó Desdémona.
- Está dándole de comer al loro -respondió Proust. Aunque todos ellos se conocían desde hacía años, habían acordado llamarse con nombres en clave.
- Que cierre el café, sólo nos faltaba que se cuele un noctámbulo para jodernos el plan -advirtió Desdémona.
- ¡Ya voy, joder! -renegó Flaubert surgiendo del reservado en el que se realizaban las tertulias literarias sabatinas, mientras se dirigía raudo a bajar la persiana metálica. En un rincón de la pieza, sin enjaular y sobre una percha para aves, un loro verde levantaba una pata.
- ¿Estás seguro que vendrá? -interrogó Proust a Desdémona.
- Sí, porque quiere joderme. Le he prometido que tras el homenaje iremos juntos a un hotel. -Desdémona acompañó sus palabras con una expresión de asco.
- Ya es hora de que Rasputín pague por lo que ha hecho. A mí me llamó doncel tontuelo -reveló Chejov.
- ¿Está todo preparado? -preguntó Desdémona.
- Sí -respondió Flaubert-, Proust ha dispuesto en el saloncito de la tertulia una madalena envenenada con veronal. Y ayer yo denuncié que me habían robado las llaves del negocio y tengo mi coartada lista, se supone que estoy alojado en un hotel de Vetusta.
- ¿Veronal, no íbamos a usar cianuro? -inquirió Desdémona alarmada por aquel cambio de planes.
- Es que el veronal es mucho más literario -se defendió Proust-, es un potente somnífero llamado así en honor al drama de Romeo y Julieta que transcurre en la ciudad de Verona. Fue el barbitúrico que eligió el matrimonio Zweig para suicidarse.
- Y si falla, usaremos esto -afirmó Chejov sacando una pistola de su gabán.
- No -objetó Desdémona-, es un método sucio y luego está el estruendo del disparo.
- Tengo todo controlado, traigo un silenciador, yo le llamo Bartleby.
Alguien golpeó la chapa metálica, Flaubert, el dueño del café y Desdémona, acudieron a levantar la persiana para permitir la entrada del visitante y bajarla así que entró en el local.
Desconcertado, el afamado y maldecido director de la sección cultural del diario regional anduvo con pasos titubeantes sobre el suelo ajedrezado del café. La mujer le besó en los labios como saludo de bienvenida. Cada uno de los literatos recordó las humillaciones sufridas a manos de aquel verdugo del periodismo. Al crítico literario feroz se le conocía por el apelativo de Rasputín por su malevolencia a la hora de enjuiciar a los autores que reseñaba.
- No me esperaba de vosotros que me rindierais un homenaje privado -admitió Rasputín al reconocer a los congregados.
- Cariño, somos todos adultos, podemos soportar unas malas críticas. A mí me despellejaste mi primera novela y mira qué bien nos llevamos ahora -intervino Desdémona.
- El que no quiera que le critiquen su obra que la guarde en un cajón -argumentó Rasputin tajante. -¿A qué tú me das la razón, eh, maestro? -le preguntó al loro.
- ¡Cabróóóóóón! -pronunció el pájaro.
- ¡Vaya! -exclamó el crítico riéndose-. Es el único de los presentes que se atreve a decir lo que piensa.
- Se lo dice a todo el mundo -justificó Flaubert al ave-. La clientela le enseña palabrotas y él las repite.
- Cariño, ven conmigo, te hemos preparado un té Darjeeling espectacular acompañado con una madalena de la casa -informó Desdémona.
- ¡Humm! ¡Está madalena está buenísima! ¿Vosotros no me acompañáis? ¿No hay más madalenas? -interpeló el crítico.
- No, era la última. Es una receta francesa -informó Flaubert.
La madalena de Proust envenenada con veronal no mató a Rasputín, así que probaron asfixiarle con el pañuelo de Desdémona, que ella llevaba a modo de foulard, sin conseguir ahogarlo. No hubo más remedio que disparar la pistola de Chejov y acribillarlo a balazos.
Los asesinos se marcharon dejando el cuerpo de Rasputín sumido en un charco de sangre. Estaban convencidos de haber cometido el crimen perfecto, pero dejaron un testigo ocular: el loro de Flaubert. Tras proceder el Juez a levantar el cadáver del Café Español, la policía interrogó al loro, que repitió, palabra por palabra, los diálogos escuchados durante la velada sangrienta mientras una agente lo premiaba dándole a comer pipas de calabaza.
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Imagen: Obra del fotógrafo José Carlos Nievas (Córdoba / Murcia)
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LA CURIOSIDAD NO MATÓ AL GATO

 Con este relato participo en el certamen de Zenda dedicado a los animales.

LA CURIOSIDAD NO MATÓ AL GATO
Todavía está fresca la tinta negra y roja pergeñada sobre las páginas del código maldito. Las letras capitulares, trazadas con reverencial esmero, son la llave de entrada a secretos, alquimias y brujerías. El nigromante es consciente de haber firmado su sentencia de muerte al consignar aquellos conjuros en el pergamino, pero ya está presto a morir y acepta la sentencia siempre que su grimorio le sobreviva y le justifique. Terminado el trabajo, el brujo duerme, agotado por la emoción de haber finalizado la obra de su vida, y sueña, premonitoriamente, que la Inquisición lo quemará junto a sus libros.
Mientras su amo sestea, Azrael, el gato negro del hechicero, merodea curioso sobre el scriptorium, con torpeza derrama el tintero manchando sus almohadillas. Sus huellitas se imprimen en las páginas sobre las que pasea desvirtuando caligrafías y erosionando invocaciones. De repente, un latigazo eléctrico encorva al animal que eriza sus pelos mientras expele un bufido aterrado y de sus fauces brota un maullido gutural y agónico. Una experiencia de muerte posee y sacude al felino que pierde una vida para ganar siete. Por ciencia infusa el conjuro del elixir de la inmortalidad se ha transferido, aunque incompleto, de las hojas del pergamino a la mascota. Pasado el trance, Azrael no ha alcanzado la eternidad, pero está más cerca de ella que ningún otro ser vivo, atributo que legará a sus descendientes.
No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Ángel Saiz Mora, Daniel Castillo y 9 personas más
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