sábado, 7 de octubre de 2017

EL NEGRO





I

Quizás había sido una mala idea después de todo, masculló para sí mismo Daniel, acordándose de Flavio. En el momento en que le ofrecieron el trabajo todo parecían ventajas, tan sólo debía realizar, dos veces por turno, una ronda rutinaria que no le llevaría más de una hora, dejándole libre el resto del tiempo. Lo malo es que estaba cubriendo una baja, así que en cuanto el titular se restableciera de su enfermedad, rescindirían su contrato. Daniel aceptó aquel empleo precario de vigilante nocturno a falta de algo mejor, contento con la oportunidad que se le presentaba de poder escribir durante el horario laboral sin que le molestasen. Peor llevaba enfundarse el uniforme parapolicial con su fálico complemento: la porra de goma. Se sentía disfrazado y ridículo.

Tener demasiado tiempo para pensar invita muchas veces a descender por el angosto pasadizo de nuestra propia oscuridad. El pensamiento de Daniel reclamaba, una y otra vez, en la noche, la presencia ofensiva de Flavio, el autor de novela policiaca para el que hacía de negro. ¿Iba a escribirle su nueva novela una vez más? El dinero esclaviza y muchas veces para tener que comer realizamos las bajezas que no haríamos por un millón, pues el millón no lo necesitamos realmente, pero comer, hay que comer cada día. Daniel le había escrito a Flavio siete novelas de enorme éxito, todas ellas adaptadas al cine. Suya era la imaginación y el sudor y de Flavio el reconocimiento, la fama, las promociones, la parte grande del pastel, la dulzura de vivir. Por un acuerdo verbal, Daniel había de llevarse el diez por ciento de las ganancias, aunque jamás recibió dicho porcentaje, ni la mitad tan siquiera. Flavio, avaricioso, le escatimaba su salario, le hacía rogárselo, demoraba las entregas y cuando le pasaba el sobre, lo hacía de mala gana, con un semblante más propio de un tipo al que estuvieran operando de vesícula, que de alguien que salda una deuda legítima. ¿Cuántas veces se había dicho Daniel a sí mismo, “esta es la última vez que lo hago”? Pero, claro, explícale esas miserias al casero o al director de la oficina bancaria para que no devuelva los recibos por falta de fondos. Por eso le iba bien aquel trabajo, para poder escribirle a Flavio su octava novela y bañarlo nuevamente con notoriedad y dinero, mientras él continuaba reptando en la oscura precariedad. Daniel fantaseó muchas veces con la idea de matar a Flavio y esa emoción le ayudaba a fabricar y entender a sus homicidas de papel. Se permitía aquella licencia, aquella impotencia, aquella ridícula sacarina con la que endulzar sus claudicaciones. Y sin embargo, sabía que hasta las renuncias tienen un límite; sentía miedo de sí mismo, terror a que llegase el día en que no bastase con sublimar su resentimiento a través de la literatura, el día en que descubriera que matar es más fácil de lo que parece.

III

-Carlos, ¿de verdad que no me puedes sacar de aquí? Este sitio es horrible. Esta mañana cuando me encerraron me quejé de que mi celda no estuviese preparada, la cama estaba sin hacer. ¿Y sabes que me contestó el funcionario que me escoltaba? Que esto no era un hotel, que estaba en una cárcel y la cama te la haces tú. Eres mi abogado, ya sé que nos han denegado la fianza, pero algo se podrá hacer, recurrir, que sé yo.
-Flavio, parece mentira que te hayas ganado la vida escribiendo novela negra. Estás acusado de matar a nueve mujeres y de violarlas, incluso, post mortem, aparte de descuartizarlas y otras atrocidades. ¿Y pretendes que convenza al Juez que te deje libre? Bastante conseguiré si logro que no te saquen del módulo de los chivatos, porque a la que te des una vuelta por el patio con el resto de los reclusos no ibas a durar vivo ni cinco minutos.
-Soy inocente.
-Lo sé. Soy tu cuñado, te conozco; tú no eres capaz de abrir ni una lata de sardinas, menos aún de matar a nueve personas a lo largo de quince años. Pero la cuestión es cómo convenceremos al Tribunal cuando te juzgue. Has escrito una novela en la que narras con minuciosidad como asesinaste a esas mujeres, incluyes detalles objetivos que sólo podían ser conocidos por alguien que se encontraba en el escenario del crimen. Si tú no lo hiciste, ¿cómo sabías la forma exacta en que murieron?
-Carlos, hay algo que debo decirte. Es algo… vergonzoso.
-Soy tu abogado, lo que me digas es confidencial.
-Yo no escribí esa maldita novela, de hecho, jamás he escrito ninguna novela. Tengo un negro, alguien que escribe lo que yo firmo.
-¡Sabía que eras inocente!
-Se me hiela la sangre pensar que contraté a semejante monstruo.
 -¿Hay un contrato que os vincule?
-No, era un negro; entiéndeme, no podía dejar ningún rastro que le relacionara conmigo. No hay contrato, ni recibos,  ni cartas, ni correos electrónicos, ni mensajes telefónicos. Yo le hacía los encargos y los pagos en efectivo. A veces él me seguía y me abordaba por la calle con impaciencia cuando creía que me retrasaba en abonarle lo convenido, era muy mezquino en cuestiones de dinero.
-Va a ser muy difícil probar que fue tu negro quien redactó la novela. Ten, escribe en esta hoja su nombre y donde se le puede encontrar. Encargaremos a un detective privado que le investigue.
-Carlos, si esto sale a la luz, el público se dará cuenta de que soy un fraude. Será mi ruina.
-Es el precio que habrás de pagar para evitar nueve condenas por asesinato.

II

Casi al terminar su segunda ronda nocturna por la Ciudad Judicial, Daniel merodeaba por el archivo de la Sala de lo penal. Llamó su atención una estantería coronada por un rótulo: “casos abiertos”. Se detuvo a examinar varios legajos. El primer expediente trataba del cuerpo de una mujer desconocida hallado en el interior de una maleta abandonada en un bosque. El vigilante separó la carpeta y siguió buscando, cada vez más animado. A medida que iba leyendo, se abría en su mente un mundo de posibilidades narrativas. Aquellos sumarios proporcionaron el excelente material con el que Daniel confeccionó la última y más exitosa novela negra de Flavio.

 ( Relato públicado en el tercer número de la "Sirena Varada; revista literaria bimestral" que se edita en México).

lunes, 11 de septiembre de 2017

MI RELATO "MY PRIVATE BARETO" GANADOR DEL 15 CONCURSO DE RELATO CORTO "EL COLOQUIO DE LOS PERROS"

Ganadores del 15 Concurso de Relato Corto y Fotografía

El barcelonés Héctor Daniel Olivera Campos con su divertida obra "My private bareto" es el ganador del apartado de relato corto de la decimoquinta edición del Concurso de Relato Corto y Fotografía que organiza la Asociación Cultural “El coloquio de los perros”, cuyo tema en esta ocasión ha sido "Bares".
Asimismo, el segundo premio y accesit del certamen ha sido otorgado al relato "Bucle", del riojano Ernesto Tubía Landeras.
En cuanto al apartado de fotografía, la imagen ganadora es "Manhattan breakfast", enviada desde Valencia por José Beut Duato, que muestra a dos jóvenes desayunando en la puerta de un local en la isla neoyorquina.
Además de estas tres obras premiadas, los miembros del jurado decidieron otorgar menciones especiales a los relatos "El bar multiusos", del también valenciano Eduardo Viladés Fernández de Cuevas; "Tortilla de patata", enviado por Cristina Cifuentes Bayo desde la localidad zaragozana de La Puebla de Alfindén; y "Un lugar en el paraíso", del almeriense Manuel Agustín Belmonte Pérez. También recibieron esas menciones las fotografías "Bar 2 de Mayo", del argentino Juan Cruz Olivieri; "Escenas", del granadino de Ogíjares José Tomás Rojas; "Tabernas del sur", del portugués João Galamba de Oliveira; “La terraza de Sísifo”, del donostiarra Andoni Alemán Amundarain; y "Desayuno y prensa", del barcelonés Carlos Frías Pérez.
Los relatos y fotografías ganadores y mencionados por el jurado formarán parte del libro que la Asociación Cultural El coloquio de los perros edita cada año con las obras más destacadas del concurso, y que será presentado en el acto de entrega de premios que tendrá lugar a final de octubre de este año en fecha y lugar aún por concretar.

jueves, 24 de agosto de 2017

FALLADO EL XI PREMIO SAIGÓN DE LITERATURA (2017)



En la undécima edición del premio «Saigón» de literatura que organiza la Asociación Cultural Naufragio, el poeta Juan García López ha resultado ganador de la modalidad de Poesía por su poema «Siria desmembrada», y Héctor Daniel Olivera Campos, en la modalidad de Microrrelato por su texto «Sabotaje». Al igual que en la pasada edición, se ha concedido un accésit, en esta ocasión al microrrelato «La maleta mágica», escrito por el músico valenciano Ignacio Calle Albert, Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación.

El jurado responsable del fallo ha estado formado por cuatro escritores de la provincia de Córdoba: la directora de la Editorial Groenlandia, Ana Patricia Moya, la escritora María Pizarro, y los ganadores del décimo premio (2016) en ambas modalidades, el poeta egabrense José Manuel Pozo Herencia y su paisano Mario Morales Casas. En esta edición, las bases indicaban un único requisito indispensable: la referencia y el protagonismo del conflicto sirio en los textos, sin sobrepasar los 30 versos en poesía o las 250 palabras en microrrelato. Asimismo y como indican dichas bases, podremos leer los textos ganadores en Saigón 29, el próximo número de la revista que se presentará, según adelanta Sensi Budia, Directora de la asociación, en Cabra (Córdoba) a finales de noviembre; momento en que tendrá lugar la entrega de premios a los ganadores.

Ana Patricia Moya, Sensi Budia, María Pizarro, Mario Morales y José Manuel Pozo tras el fallo.



Héctor Daniel Olivera Campos
Héctor Daniel Olivera Campos (Barcelona 1965). Es empleado en la administración local en Barberà del Vallès. Autor de los libros “Mis letras me seguirán hasta los infiernos” (Editorial Vampiro de Libros) (2014) y “Podemos y otros relatos indignados” (Amazon.es) (2015). Galardonado con el primer premio en los siguientes concursos literarios: Primer Concurso de Microrrelatos ELACT (Encuentro Literario de Autores de Cartagena), con el microrrelato Susceptibilidades” (2013). V Cibercertamen literario Hipatia de Alejandría de literatura breve, con el relato “Instituto Casandra” (2013). III Certamen de Microrrelatos de Historia “Francisco Gijón” con el microrrelato “Amnesia” (2015). También he obtenido el Tercer Premio en el IV Certamen de Relato Breve “Navidad solidaria” con el cuento “Belén, 25 de diciembre” (2017). Asimismo ha sido finalista en numerosos certámenes y ha publicado sus relatos en las antologías Bocados sabrosos III (2013), Te veré en el climax y otros relatos pecaminosos (Pukiyari Editores, 2014), Natalie y otros relatos eróticos” (Editorial Donbuk, 2016), y en la revista Los Heraldos Negros, nº 23.




viernes, 4 de agosto de 2017

AYUDANTE DE PRODUCCIÓN





Martes noche, un bar lúgubre en Los Ángeles. En un extremo de la barra, dos hombres sentados en sendos taburetes beben whisky y charlan entre ellos. Uno es corpulento, el otro delgado en extremo. Los nudos de sus corbatas están flojos y los sombreros reposan sobre la barra. A unos metros de los clientes, el barman dormita.

-¿Así que de la industria del cine? –deja caer la pregunta retórica el hombre corpulento.
-Ayudante de producción de la Universal –responde el flaco que habla casi sin separar los labios, lo que vuelve su dicción espesa.
-¿Y qué se supone que hace un ayudante de producción?
-Muchas cosas, pero yo me dedico en exclusiva a atender a los monstruos.
-¿Monstruos?
-Sí. ¿Usted ha visto Drácula?
-Sí, claro.
-Pues Drácula existe. No es un actor, es un vampiro de verdad. No se ría, no miento. Y lo mismo puedo decir de la momia y de los demás.
-¿Y Lon Chaney, Bela Lugosi, Boris Karloff, etc, a qué se dedican?
-Son hombres de paja. No podemos revelarles al público la verdad.
-Le escucho, señor….
-Edgar.
-¡Claro! Como Edgar Allan Poe.
-Esto que le voy a decir es confidencial, ha de jurarme que no compartirá con nadie lo que yo le cuente esta noche.
-Se lo juro.
-La mía es una profesión terrible. Paso miedo, auténtico terror. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo, es como ser verdugo. ¿Me comprende? Drácula, por ejemplo, lo tenemos recluido en una mansión en Sunset Boulevard. Su dieta es sangre humana, probamos con sangre de cerdo, pero no funcionó. Todos los viernes por la noche acudo a un banco de sangre y los empleados, que han sido sobornados por la Universal, me entregan las bolsas con plasma que llevo a Drácula. Me presento provisto de ajos, crucifijos, agua bendita y estacas. Toda precaución es poca. Su sed de sangre es insaciable, podría atacarme en cualquier momento.
-Interesante. Los Estudios le pagarán un plus por peligrosidad, supongo.
-Frankenstein –Edgar hace ver que no ha escuchado la ironía-. Todo lo que tiene de fuerza física, le falta de cerebro; el tipo sólo piensa en joder, en meterla. Yo soy el que le llevo a su novia para que se la beneficie, he de vigilar que no la lastime. Sigamos: La criatura de la laguna negra: Logramos que las autoridades declararan el lago en el que habitaba reserva natural y que se prohibiera la pesca, pero como siempre hay pescadores furtivos, nos vimos obligados a recrear su hábitat en un estanque artificial. No se imagina el trabajo que nos dio eso. La momia…
-No me diga más, fuma y se le queman las vendas.
-No, al igual que Drácula es fotosensible. Los hemos de filmar en noche americana. El que fuma es el hombre invisible y, menos mal, porque suele ir desnudo por la casa y no lo ves, así que cuando fuma sabes dónde está por el cigarrillo que parece danzar en el aire. El tipo es un incordio, aprovecha su invisibilidad para gastarte bromas pesadas. El siguiente: El hombre-lobo, es tan peligroso como Drácula, mire lo que llevo conmigo –el flaco extrajo una bala de su bolsillo de la chaqueta americana y la colocó sobre la barra- es de plata.
-Sí que lo parece –examinó la munición su interlocutor.
-Hay que vacunarlo y desparasitarlo cada tres meses. Ya ha matado a dos veterinarios.  Al principio lo ocultábamos en otra mansión de la Universal situada en Mulholland Drive, pero el imbécil, cuando hay luna llena se dedica a aullar y los vecinos llamaban a la policía protestando. Era cuestión de tiempo que lo descubrieran. Así que tuvimos que llevarlo a una granja abandonada en el desierto de Mojave. Y, por último, el fantasma de la Ópera. ¡Insufrible! No hay quien lo saque del teatro de la Ópera. Yo es un género que no soporto; gordas sobre el escenario lanzando gorgoritos; pues tendría que verle usted como llora el amigo, llora a lágrima viva embargado por la emoción estética.
-Desde luego se gana usted el sueldo.
-Y todos ellos tienen muy mal humor. Al principio de instalarlos, se equivocaron los de las mudanzas y le entregaron el sarcófago a Drácula y el féretro a la Momia y no quiera ver la que me armaron.
-Mire, amigo… Edgar, ¿eso dijo, no?
-Edgar Van Helsing.
-Yo me llamo Willy Loman, viajante de comercio.
-Encantado, Willy, no nos hemos presentado como es debido.
-He entrado a este tugurio porque tras un maldito día de ventas fracasadas necesitaba una jodida copa. Pensé que iba a ser otro día de mierda en mi decadente carrera de vendedor, pero, gracias a Dios, has aparecido tú y me has contado todo ese montón de mentiras y estupideces y me he olvidado de mis problemas. Me has hecho disfrutar de lo lindo. La próxima ronda corre a mi cuenta.
-Willy no son mentiras.
-Claro, claro, los actores han de ser fieles a su papel por absurdo que sea.
-He venido a este bar porque te estaba buscando.
-¿A mí?
-No a ti en particular, buscaba una víctima, te vi entrar, estás rollizo, tu aspecto es saludable. “Éste es perfecto”, me dije.
-¿Perfecto? –Loman comenzaba a inquietarse.
-Sufrí un accidente el viernes pasado y todo cambió.
-¡Ah! Entiendo, te mordió el Conde Drácula y ahora eres un vampiro.
-¿Cómo lo has adivinado?
-Era previsible. Como comediante me troncho de la risa, pero como guionista eres malísimo.

Willy Loman bajó la cabeza para apurar su postrero trago de whisky. Lo último que sintió fueron los colmillos de Edgar clavándose en su yugular.


 (Relato publicado en la revista mexicana Penumbria, número 39)

jueves, 8 de junio de 2017

DEJAR DE FUMAR ES FÁCIL






Siendo bajito, feo y estrábico, ¿cómo iba a conocer el amor? Los rechazos, las carencias, la solitud de mis afectos -más imaginados que vividos-, maceraron con morosidad mi espíritu en un espeso caldo de amarguras. Contaba con treinta y seis años de edad y no esperaba del futuro otra cosa que no fuese una pronta calvicie -ya anunciada por una insolente coronilla- y un declive físico paulatino; en el que mi hígado, protestando con quejidos clínicos por la excesiva ingesta de alcohol, desempeñaba el papel de adelantado. Toda mi vida sexual había transcurrido entre esos fuegos fatuos que son los amores mercenarios en los que prostitutas baratas de mil nacionalidades paupérrimas laboraban un cariño genital con la calidez de un urólogo y la sinceridad de una rapaz. Nunca había visto brillar en las pupilas de una mujer el brillo del amor, el destello de la admiración. Nunca... hasta que apareció Amanda.

Te recuerdo Amanda: el pelo castaño sobre la cara, los ojos grises, la sonrisa perenne y clara, aunque biselada con un perfil de melancolía; menuda, bien proporcionada; la falda larga y estampada, los pendientes de plata; infatigable mística, seguidora de horóscopos; frecuentadora de bibliotecas y teterías, lectora de autores sudamericanos, escanciadora de crucigramas, coleccionista de puestas de sol y conchas marinas; buena persona hasta la irritación; tan fuera del mundo, tan etérea; voluntaria en el teléfono de la esperanza desde que tu hermana desapareció; absorbías continuamente la luz de las personas, incluida la luz de quienes no te merecían; y así hurgaste en mí sucia penumbra; te fijaste en mí, que no desprendía más que cieno, que era opaco para el mundo, que siempre fui cínica oscuridad. Recuerdo que, en los días de otoño, me besaste el alma iluminándome la existencia. Amanda, fuiste el obsequio que la vida me entregó, mientras que yo sólo fui la causa de tu desgracia.

Sin embargo, antes que Amanda, hay una prehistoria; hechos y circunstancias que, aunque despreciables, debo contaros. En el amor y en la guerra todas las armas son lícitas; el feo ha de ser inteligente y el gordo gracioso. Así, que yo, feo, pobre y amargado; listo, pero demasiado espeso para brillar por mis dotes intelectuales, opté por el esoterismo con el propósito de destacar. En mi juventud constaté que la gente adora el mito y se deja embelesar por los enigmas y lo mistérico. Cuando peroraba sobre ovnis, espíritus, zombis, vampiros, civilizaciones perdidas y casas encantadas, siempre había alguien escuchándome, sino con respeto, si, al menos, con curiosidad. Aprendí astrología y me dediqué a hacer cartas astrales a las chicas tratando, con nulo resultado, de ligármelas. También montaba sesiones de espiritismo amateur en las que simulaba ponerme en trance con mucha teatralidad y aparato. Además de la ouija manejaba el tarot y afirmaba leer el futuro en las líneas de las manos y en los posos del café; cualquier cosa con tal de hacerme el interesante. Con el tiempo pasé a vivir profesionalmente de lo paranormal y a regentar una tienda de productos esotéricos. En mi pequeño y atiborrado establecimiento, con su sofocante aroma a incienso y esencias, despachaba aceites, amuletos, estampas religiosas, filtros de amor, imágenes de santos católicos y afro-caribeños, lámparas de sal, medallas, pirámides, minerales, rosarios, velas y velones, falsos grimarios con invocaciones mágicas; y en la trastienda: muñecos para realizar vudú y hostias apocrífamente consagradas para ritos satánicos. Con todo, mi mayor fuente de ingresos provenía de las personas que venían a consultarme, y a las que estafé cuanto pude. Me aproveché de viudas seniles -de las que conseguí acceso a sus cuentas bancarias y que me firmaran poderes notariales para la enajenación de inmuebles-, haciéndoles creer que sus difuntos maridos hablaban por mi boca en el desarrollo de mis sesiones como médium espiritista. No me perturbó en absoluto usar todo tipo de tretas para embaucar a las personas que, de buena fe, o simplemente porque se sentían solas y necesitaban que las escuchasen, se acercaron a mi consulta. No tuve escrúpulo con nadie, me era indiferente que mis víctimas estuviesen mentalmente enfermas o lastradas por traumas y carencias de autoestima; a todas las que se dejaron, las manipulé; arramblé con todo cuanto pude. Un añejo y potente resentimiento, un desprecio generalizado hacia toda la humanidad, me inmunizaba frente a la compasión. Incluso me divertía; uno de los prodigios que anunciaba consistía en adivinar el sexo del feto antes de que pudiera desvelarlo cualquier ecografía; a tal fin, me embutía en una túnica con estampado samoano de dudoso gusto y, poniendo mis manos sobre el vientre de la embarazada completamente desnuda, entornaba los ojos y, con cara de imbécil, declamaba “es un niño”, o bien, “es una niña”. De inmediato rellenaba una ficha con el nombre de la madre y el sexo opuesto al que había predicho. Si adivinaba el sexo, perfecto; si me equivocaba y venían a reclamarme, les decía que me habían entendido mal, que yo había pronosticado acertadamente el sexo del nacido y, para convencerles, les mostraba la ficha de la criatura.

La noche en que maté a Noelia regresaba de casa de una de mis clientas. Antes de tomar el coche estuve bebiendo whiskys en un burdel de carretera. Como resulta que me sirvieron un infame brebaje de garrafón jurándome que era Chivas y cobrándomelo como tal, monté una buena escandalera que se oyó en toda la barra americana. El portero me echó del local y, medio borracho, me largué en mi vehículo. No estoy muy seguro de lo que paso más tarde, aunque sí que noté haber impactado contra algo; con la mente turbia pensé que quizás había atropellado a un jabalí; al bajar del coche comprobé que había matado a una ciclista. ¿Qué puedo deciros? me asusté. Si iba a la policía me harían la prueba del alcoholímetro y me iba a meter en un buen lío. No encontré otra solución que esconder el cadáver, así que lo retiré de la calzada y lo introduje en el maletero del auto. A la noche siguiente, tras haber descuartizado el cuerpo y desfigurado su cara y sus dedos con ácido sulfúrico, enterré lo que quedaba de la pobre chica en un vertedero de basuras. Por el carné de identidad supe que la mujer a la que maté se llamaba Noelia Castro.

Un año más tarde del atropellamiento, Amanda apareció en mi tienda; deseaba hacerme una consulta. Reconozco que aquella muchacha me gustó apenas la vi, aunque en nada imaginaba, entonces, que iba a ser la mujer de mi vida. Le indiqué a Amanda que pasara a la trastienda, reduje la luminosidad de la lámpara y me ceñí el mandil masónico y la estola eclesiástica, prendas con las que impresionaba a los paletos. Al preguntarle cual era el nombre del muerto con el que quería contactar, Amanda me respondió: "Noelia Castro, mi difunta hermana". Fue como si me hubieran golpeado con una plancha en el rostro. Amanda, al ver mi expresión, comenzó a gritar: "¡Lo sabía, lo sabía"! Según me explicó había tenido un sueño en el que su hermana le daba la dirección de mi tienda, diciéndole que allí había una persona que le desvelaría dónde se encontraba. Yo, completamente aterrado por lo que estaba escuchando, le dije que no podía ayudarla. Amanda me preguntó desolada la razón por la que le denegaba mi auxilio, mientras que yo me limitaba a repetir "no puedo, no puedo" y, algo más repuesto: "A tu hermana le pasó algo muy malo, veo mucha maldad". Amanda me abrazó con fuerza, derramó sus lágrimas sobre mi hombro, yo traté de consolarla, ciñéndome a su abrazo, ella me respondió besando mi mejilla; la estola se deslizó hasta el suelo y yo accedí a ayudarla en contra de lo que me aconsejaba la más elemental de las prudencias. Era la primera vez que una consultante me conmovía.

Uno puede despreciar a todo el género humano, estar vacunado frente a todo tipo de gentes, asqueado por las millones de almas vulgares con las que se ha visto obligado a tratar; y de repente, aparece alguien especial cuando ya no se le espera. Amanda fue una brisa transparente que me anegó. En las semanas que transcurrieron desde su primera visita fui desvelándole detalle a detalle el lugar en el que yacían los restos de su hermana, prolongando todo lo que podía el desvelamiento final, aterrado de que una vez satisfechas sus preguntas, ya no volviera a verla. Mientras consultaba, contemplaba en Amanda sinceros gestos de admiración hacia mí y una gratitud desbordada. En la última sesión le di el nombre del basurero en el que hallar los desperdigados huesos fraternos. Amanda lloró quedamente, cabizbaja, unos instantes; se secó con un foulard malva, me abrazó durante unos instantes y con timidez, me ofreció sus labios. Para entonces, yo ya me había enamorado de ella.

Nada en Amanda era impostado, así que me amó con absoluta y decidida sinceridad durante el primer año de nuestra relación, con esa alegría gratuita que derrochan los enamorados. Mi familia y las escasas amistades con las que contaba se quedaban seducidos -hechizados sería más acertado decir- al conocerla; celebraban mi suerte y se aventuraban a decir que aquella chica era oro. Bonita, sencilla, agradable y luminosa. Con todo, su amor hacia mí no era puro; consistía en una mezcla de admiración, gratitud y misticismo. Amanda Castro decía que si Dios me había concedido el maravilloso don de la adivinación, no podía ser por casualidad, mi corazón debía albergar cualidades maravillosas, aunque ella todavía no las hubiera descubierto. ¡Y me lo decía ella, a quien su hermana muerta le hablaba en sueños! Yo trataba de quitarme importancia; un día se enfadó porque le dije que la adivinación estaba sobrevalorada, que incluso un pulpo de nombre Paul había clavado los resultados del mundial de fútbol de 2010.

Al segundo año de nuestra vida en común comenzó a desaparecer la alegría y llegaron las observaciones críticas. Amanda me recriminaba mi poca contribución en la realización de las tareas del hogar, mis comportamientos egoístas, mi indiferencia hacia la cultura, mi desmedida afición al fútbol y a los bares, mis frecuentes arranques de mal genio y la nula generosidad con que opinaba de los demás, pero especialmente, no soportaba mi adicción al tabaco. Una tarde me confesó que se sentía muy decepcionada conmigo y que si seguía a mi lado, era porque Dios y su difunta hermana no podían equivocarse; según me contó, meses atrás la hermana se le había vuelto a aparecer en sueños, profetizándole que yo le diría el nombre de la persona que la mató. Al escuchar aquella insensatez pensé que Amanda estaba un poco pirada, aunque lo peor -lo que verdaderamente me dolió- fue comprobar que su amor por mí se hallaba en un dique seco. No quería perderla, haría lo que fuera necesario para que volviese a admirarme.

Recuerdo que la hice bajar del coche en un recodo de la pista forestal, le ordené que se desnudara y se colocara a “cuatro patas”, como se suele decir y, cerrando los ojos en el momento fatídico, impulsé el martilló con todas mis fuerzas en un movimiento descendente hasta quebrarle los huesos del cráneo. Se escuchó un ruido semejante al que se oye cuando se revienta una sandía. La prostituta se desplomó como una res a la que le han dado un puyazo en el matadero. Un mes más tarde pasaba a colaborar con la policía en calidad de medium-mentalista y les señalaba la gruta en la que había  inhumado el cadáver.

Durante el año que siguió, asesiné a otras once prostitutas de carretera, señalando posteriormente, en cada uno de los casos, el lugar en el que se encontraban los cuerpos. La prensa sacó a relucir mi colaboración con la brigada de homicidios y me convirtieron en alguien famoso; concedí entrevistas por televisión y llegué a ser un habitual de los programas de “televisión basura”, publiqué libros, abrí un centro de consulta esotérica a través de líneas de teléfono tarifadas y, al no poder atender a todos los clientes que querían tratar conmigo, subcontraté una red de franquicias de adivinación con mi nombre. Allí donde iba, despertaba expectación, curiosidad y morbo. Todo el mundo daba por hecho que gracias a mis poderes extrasensoriales, la policía lograría atrapar al "monstruo de la nacional II", apodado así por ser en las inmediaciones de esa vía donde perpetraba sus (mis) asesinatos. Con toda aquella publicidad gratuita gané mucho dinero, cosa que a Amanda no le importó lo más mínimo; ella no era de gastar, comía como un petirrojo, vestía para cualquier ocasión sus vestidos de hippie trasnochada y era feliz leyendo un libro y ayudando a los demás. En cambio yo adoraba el dinero y el éxito, por primera vez en mi vida ligaba con facilidad, sobre todo tras aparecer en televisión. Le fue infiel a Amanda sin el más mínimo remordimiento, pensaba que la vida me debía muchas cosas y que ya era hora de ir cobrándomelas. Sin embargo, lo más importante para mí fue que Amanda volvía a admirarme; mi novia me decía que hacía un bien enorme a las familias localizando a los muertos, que ella había pasado por aquel trance de tener a su hermana desaparecida y sabía lo que sentían. Cada vez que nombraba a su hermana, yo no podía evitar que se me erizara el vello; pese a no creer en los espíritus, el más allá, los fantasmas y demás paparruchadas, me era imposible no inquietarme. Una noche, Amanda comenzó a agitarse en el lecho. Las convulsiones de mi amada me despertaron y, en un primer momento, pensé que su hermana le desvelaba en un sueño que era yo quien la había matado. Sentí tal pánico, que, en un instante de ofuscación, tomé la almohada y estuve tentado de colocársela sobre su boca y su nariz, y ahogarla; afortunadamente recapacité y no lo hice. A la mañana siguiente se quejó de que la cena en el restaurante mexicano le había revuelto el estómago.

Durante el año y medio en el que ejercité de macabro zahorí, Amanda, arrebatada de admiración por mis proezas, me quiso con determinación, arrinconando reproches y decepciones, aunque seguía sin soportar mi hábito de fumar. Una mañana, mi novia me mostró un anuncio de prensa al que había sitiado con un círculo hecho con un rotulador de tinta roja: “DEJAR DE FUMAR ES FÁCIL. RESULTADOS GARANTIZADOS DESDE LA PRIMERA SESIÓN DE HIPNOSIS”.  “No creo en esas tonterías”, le dije. Mi respuesta le causó perplejidad: “¿Precisamente tú no crees en la hipnosis?”, me replicó. Tras una breve discusión, por darle gusto y no suscitar en mi novia sospechas sobre mi impostura, acepté someterme a hipnosis. ¿Qué no haría yo por Amanda? El anuncio convocaba a los interesados en un céntrico hotel de la capital, la primera sesión era gratuita y pública, parecida a un espectáculo de magia para turistas de crucero barato.

La sala del hotel de tres estrellas, denominada “Topacio”, estaba abarrotada de gentes -no menos de trescientas personas- sentadas en sillas plegables. En el fondo de la sala, una pequeña tarima y sobre ella, el hipnotizador de cabellos grises que vestía una anticuada chaqueta de cuadros. Mi presencia en la sala levantó un pequeño revuelo, así que el hipnotizador me hizo salir a escena de inmediato, sentándome en una silla frente al público. Su técnica hipnotizadora no podía ser más clásica: colocó frente a mis ojos un reloj de bolsillo y sujetándolo por la leontina comenzó a menearlo con una oscilación pendular mientras me decía que iba a sentir mucho sueño. Durante el primer minuto me estuve riendo por dentro de aquella patraña, pero enseguida comencé a sentir un extraño y pesado sopor y antes de que fuera consciente de lo que me estaba pasando, me había quedado dormido.

Abrí los ojos y frente a mí, la muchedumbre me observaba con espanto y repugnancia; transcurrieron unos segundos de denso silencio y brotó un murmullo que se fue agrandando hasta parir gritos de indignación. Desconcertado, busqué a Amanda con la mirada, pero no la hallé; al girar el rostro la contemplé junto a mí, a dos metros de distancia, de pie sobre la tarima. Amanda me miraba con odio. Me sobresalté, era una persona incapacitada para odiar incluso hasta cuando le hacían daño injustamente, así que aquella mirada me resultaba insólita; más sorprendente era advertir que era a mí a quien me estaba aniquilando con las pupilas. No entendía nada. Me dirigí al hipnotizador que me contemplaba con rostro compungido y un estupor evidente. “¿Qué pasa?”, le pregunté, “¿He dicho alguna barbaridad, he hecho algo indecoroso?”. En aquel momento, Amanda me espetó, con la ira restellando en su voz trémula: “Mi hermana me dijo la verdad, de tu boca saldría el nombre del bastardo que la mató”. Yo le grité: “¿Qué estás diciendo?”, pero Amanda ya corría en dirección hacia la puerta del salón Topacio, fue la última vez que la vi. El hipnotizador se reclinó sobre mí y me dijo al oído que mientras me hallaba hipnotizado había declarado haber atropellado a Noelia Castro y haberme deshecho de su cuerpo descuartizado, además de ser el “monstruo de la nacional II”, una confesión que expuse aderezada con un derroche de detalles macabros.

En la actualidad aguardo en prisión a que se dicte la sentencia por el caso de los asesinatos múltiples que cometí. No me hago muchas ilusiones, sé que tardaré muchos años en volver a ser un hombre libre. Ahora sé que la magia existe, yo tuve la suerte de encontrarla y llegué a amarla; la magia se llama Amanda. Ella no ha querido responder a mis cartas ni a mis llamadas, y es una pena, le alegraría saber que por fin he dejado de fumar.

(Relato publicado en el n´º 2 de la revista litteraria "El Callejón de las Once Esquinas".