miércoles, 23 de noviembre de 2022

ALMAS SUICIDAS

 Mi relato "Almas suicidas" en la Revista Iguales (número 2).




ALMAS SUICIDAS

 

Se conocieron en un grupo de autoayuda para suicidas frustrados. Pequeños detalles los delataron el uno al otro: el brillo equívoco de la mirada de él, el pasarse la lengua descuidadamente por los labios de ella, la mueca en fase de evolución a sonrisa perversa del hombre, la frivolidad del cruce de piernas de la mujer, (piernas apetitosamente torneadas, embutidas en unas medias negras, caladas e infinitas que brotaban de su minifalda). Ellos no eran como el resto de los presentes: depresivos ramplones en lucha contra su baja autoestima y su vulnerabilidad. Ellos habían sido convocados ahí por otros demonios. Se estaban preparando para el hecho, entrenándose, tomando apuntes, por así decirlo.

 

Tras la sesión del grupo de ayuda y durante el refrigerio, se pelearon, entre risas, por devorar la última croqueta que permanecía indemne del lote donado por la abuela de una de las anoréxicas presentes. Ellos eran los únicos que se reían a carcajadas entre aquel grupo de gente triste. Compartieron la croqueta a medias. Aquella noche compartieron, también, un cigarrillo tras haber estado follando como fieras, como si gastaran sus últimos instantes de vida.

 

Los días que siguieron fueron de mutuo reconocimiento. Ambos confesaron sus respectivas juventudes góticas construidas a base de sesiones, a todas horas, de Marylin Manson, drogas y mucho rímel. Los dos habían leído la obra de Nietzsche al completo en la misma edición de tapas duras mientras escuchaban música de Kurt Cobain. Y, también, los dos, habían obtenido las máximas puntuaciones en el test de la “Escala de ideación suicida”, cuando sus progenitores los arrastraron a las consultas de sendos psiquiatras.

 

Sus gustos se habían refinado y desde su categoría de fans de grupos musicales siniestros habían derivado a letraheridos decadentes y morbosos. Sostenían con Camus que no existía ningún otro problema filosófico verdaderamente serio que no fuera el suicidio y consideraban, como Balzac, que cada suicidio constituía un sublime poema de melancolía.  Sólo leían a escritores que se hubiesen suicidado, eran los únicos que les merecían respeto y despertaban su interés, lo que daba lugar a un cúmulo ecléctico de autores: Paul Celan, Drieu La Rochelle, Ángel Ganivet, Ernest Hemingway, Kennedy Toole, Larra, Malcom Lowry, Leopoldo Lugones, José Mallorquí, Sándor Márai, Mayakovsi, Pavese, Petronio, Séneca, Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Horacio Quiroga, Jack London, Salgari, Alfonsina Storni, Virginia Woolf… Pero, sobre todo, admiraban a Mishima por encima de todas las cosas, el kamikaze frustrado, el autor que se pasó toda la vida preparándose para su suicidio ritual. Era tanto el amor que profesaban por la cultura necrófila japonesa, que hasta eran capaces de recitar de memoria las traducciones de ciertos haikus que habían pronunciado algunos generales nipones a modo de epitafio antes de hacerse el sepukku en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Incluso, siguiendo la estela del espíritu mortuorio del país del sol naciente, se agregaron, a través de internet, a uno de esos hatos de jóvenes nipones que pactaban suicidarse grupalmente. Ya tenían fecha para ahorcarse en el bosque de los suicidas en las faldas del monte Fuji, cuando se echaron atrás al considerar que un suicidio colectivo era un acto gregario y, por lo tanto, plebeyo. Para ellos, la única selva de los suicidas en la que esperaban ingresar era la descrita por Dante en su infierno de La Divina Comedia. El suicidio, definitivo acto de autodeterminación humana y paradigma del individualismo, no debía ser mancillado en su simbolismo por comportamientos de manada.

 

A medida que fueron profundizando en su amor, la idea de suicidarse juntos fue arraigando en sus conciencias a modo de emulación de los míticos Romeo y Julieta. Bromeaban diciéndose que, como su idilio había sido lo que llaman un flechazo, debían matarse con un dardo de ballesta. En su mitomanía literaria comenzaron a elevar a Arthur Koestler, autor que se suicidó junto con su mujer y, sobre todo, a Stefan Zweig, que hizo lo propio. En la nota de suicidio que Zweig dejó, pedía disculpas por las molestias que le iba a ocasionar a la dueña de la casa que tenía alquilada y daba instrucciones sobre qué hacer con su perro. Lo encontraron impecablemente vestido, con la corbata anudada, en una habitación en perfecto orden. Él y su mujer, Lotte Altmann, yacían abrazados sobre la cama de matrimonio. Sus amigos, repartidos por el mundo, recibieron cartas de despedida. Pero si algo superaba aquella elegancia en el adiós por propia mano, aquel gusto por el detalle, fue el veneno elegido para el tránsito: “Veronal”, un somnífero bautizado así en honor a Verona, la ciudad italiana donde transcurría el drama de Romeo y Julieta. Si la vida imita al arte, la salida voluntaria de la vida bien podía ser el supremo acto artístico.

 

Decidió la pareja, por fin, salir de la escena del teatro del mundo, arrojándose cogidos de la mano por un precipicio. Aquel sería un acto de exquisito e incomprendido romanticismo, un homenaje críptico al lienzo “El caminante sobre el mar de nubes” de Friedrich, imagen que dejaron como testamento silente de sus respectivos perfiles de Instagram. Juraron hacerlo. Eligieron un acantilado emblemático de gran altura y soberbia verticalidad. A un par de pasos de la muerte, ella soltó la mano y reculó, mientras que el hombre se hundía en el vacío durante unos pocos segundos, los precisos para activar el paracaídas que llevaba escondido. ¿Quién traicionó a quién? Sobrevivieron, pero la pareja se desvaneció en aquel instante. Lo peor no fue que se destapasen sus respectivos apegos a la vida o la falsedad de sus poses teatrales; lo peor fue enterarse que ambos habían contratados sendas pólizas de seguros por las que se embolsaban suculentas cantidades en caso de fallecimiento del otro miembro de la pareja.


domingo, 23 de octubre de 2022

DANDY

 

DANDY

Federico se levantó aquella mañana de domingo, malhumorado, como era habitual en él. Al buscar su ropa interior se percató que la asistenta había mezclado otra vez los calzoncillos con los calcetines en la misma gaveta, lo que le puso furioso. Federico no soportaba la incompetencia, en el diario en el que fungía de columnista de opinión había escrito numerosas diatribas al respecto. Federico se veía a sí mismo como un perfeccionista, pero los que le conocían lo tenían por una mala persona que esperaba que los demás cometiesen cualquier fallo, por insignificante que fuese, para abalanzarse sobre ellos y refregarles con saña el error.

 

Una vez vestido, el hombre tomó el ascensor con el objeto de desayunar en la cafetería de la acera de enfrente. El elevador se detuvo en la sexta planta y en la cabina entró Julieta, una señora mayor que vivía en aquel rellano. Por lo poco que Federico sabía de la mujer -él detestaba a todos los vecinos y apenas se relacionaba con ellos-, era viuda desde hacía una década. La vecina siempre iba acompañada de una pequeña perrita blanca y lanuda, mestiza, mezcla de bichón maltés con otra raza indeterminada. Al hombre le sorprendió que no le diera los buenos días como solía hacer, aunque le compensaba aquella leve descortesía el hecho de verla sin su mascota. La mujer estaba cabizbaja y comenzó a sollozar, algo que a Federico le molestó en grado sumo.

 

-¿Se puede saber que le pasa? -le preguntó el hombre con brusquedad.

-Anteayer tuve que sacrificar a mi Cuqui, estaba muy enfermita.

-¿La mataron anteayer y todavía está llorando?

-Es que era muy buena, muy leal. Se les quiere mucho, te dejan huella. Son fieles como ninguna persona lo es, te aman sin juzgarte y…

-Sí, ya sé, ya me conozco todos esos tópicos estúpidos.

-Usted no lo entiende porque no ha tenido ningún perro.

-¡Ni pienso tenerlo!

-Un día lo necesitará y me entenderá, no pierda la esperanza -respondió dolida, la mujer.

-Sí, claro, el día en que esquiando en los Alpes me cubra una avalancha de nieve y venga un perro de raza San Bernardo con el barrilito de coñac colgando de su correa, ¡no te jode!

-No sé cómo no comprende que estoy de duelo. Le aseguro que se les quiere casi como a un hijo.

-No, eso no se lo acepto. Se pasan de castaño oscuro humanizando a sus mascotas. Pero, vamos a ver, señora, ¿acaso no le da vergüenza? Con tantos niños muriéndose de hambre en el mundo y usted gimoteando por un animal -Julieta rompió a llorar abiertamente y Federico esbozó una sonrisita de triunfo. Disfrutaba viéndola sufrir, que le dieran por saco a ella y a su perra muerta. El ascensor llegó al vestíbulo del edificio.

 

“¡Qué pesados los dueños con sus bicharracos!”. Si había algo que Federico odiaba más que a las personas, era a los perros. Pidió el café con leche y se dispuso a leer la prensa, pero no conseguía concentrarse. Siempre que se mostraba cruel le ocurría lo mismo. La crueldad tenía en Federico los mismos efectos que una droga: un subidón al constatar que la persona sufría y después un bajón, un desasosiego, un reguero de malestar difuso. Para combatir aquella resaca que le dejaba su crueldad, necesitaba emplearse con saña en una maldad mayor. No obstante, su vecina le acababa de dar el tema para su columna semanal: Un alegato contra los perros y sus dueños.

 

Esa misma tarde se colocó frente a su ordenador, junto a una botella de bourbon al alcance de la mano, que vacío a lo largo de mil palabras escritas. Federico se desfogó al redactar su artículo anticanino. Cargó contra el ayuntamiento de la capital y su reciente nueva ordenanza de tenencia de animales domésticos. Afirmaba que “Los perros urbanos no son más que una fuente insalubre y perniciosa de molestias”. Y arremetía contra “las deyecciones” de orines de los canes en la vía pública; “No creo que en toda la ciudad quede ni una esquina libre de esas repugnantes, malolientes y omnipresentes manchas negras” y, por supuesto, subió el tono al perorar contra las “cacas perrunas” y el “incivismo” de los dueños.  “El problema -argumentaba- es que hemos humanizado a los perros. Todos conocemos a alguien que considera a su can más sensible que Botticelli y más inteligente que Sócrates. Tendríamos que aprender de otras culturas que se los comen sin ningún tipo de remilgo o empacho”. Volcada la bilis, la conclusión de la columna la teñía con un tono falsamente pesimista: “Los perros urbanos plantean un problema tan previsible como irresoluble, y en vez de intentar solucionarlo nos limitamos a gestionar su mierda. Y mal. Y mientras tanto, miles de perros continuarán haciéndonos la vida imposible, aullando cuando oyen la sirena de una ambulancia o el sonido de los petardos en fiestas señaladas, despertándonos con sus ladridos durante las madrugadas y ensuciando nuestras calles. Tendríamos que ubicar a los animales donde les corresponde, es decir, en la naturaleza. Y no entre nosotros, reduciéndolos a la triste condición de electrodomésticos vivos que defecan, ladran y babean, servidumbres que soportamos a cambio de que ejerzan como depósitos de un amor triste, sí, muy triste, porque somos incapaces de dirigirlo hacia quien realmente lo merece y necesita: nuestros conciudadanos menos favorecidos”.

 

Al día siguiente a la publicación del artículo, el director del diario telefoneó a Federico para felicitarle, “Eres trending topic”, le anunció. Sí, en efecto, la columna había causado el revuelo previsto por su autor, los comentarios bullían en el formato de prensa digital y muchos lectores habían hecho llegar cartas de protesta a la Redacción. Pero lo importante, es que se hablara, Federico era garantía de polémica y audiencia. Charlando eufórico con el director de su medio, distraído con la llamada a su móvil, Federico no se percató de la furgoneta de reparto que se había saltado el semáforo en rojo.

 

-¿Cómo se encuentra hoy, señor Federico? -preguntó Julieta con la amabilidad que le caracterizaba -Y Dandy, ¿cómo se encuentra Dandy? -la vecina acarició la cabeza del animal y éste respondió con alborozo a sus carantoñas.

-Ya ve.

 -Deje que le tome del brazo.

-No es necesario.

-Insisto.

-Me va a disculpar, todavía soy muy malo para aceptar ayudas, esa es otra de las muchas cosas que he tenido que aprender. Era una persona demasiado orgullosa, con mucha suficiencia, pero en un minuto te cambia la vida.

-¡Y tanto! Si ahora hasta le gustan los perros.

-No sé qué haría sin Dandy.

-¿Ahora comprende lo que sentía por Cuqui?

-Claro. Yo siempre creí que nos pasábamos humanizando a los perros y ahora él ha sido el que me ha humanizado a mí. Su fidelidad, su entrega, su ausencia de maldad, me conmueve. Me he vuelto más tolerante, ¿sabe?  Ha tenido que pasarme una desgracia mayúscula para darme cuenta que me había amargado la vida con miserias y pequeñeces. Si no fuera un pecado de soberbia, hasta le diría que me he convertido en mejor persona.

-Vecino, yo le admiro. Usted ha demostrado tener mucho coraje, yo no sé qué habría hecho en su situación.

-Ya me puede dejar solo, Dandy me guía -dijo Federico desplegando su bastón blanco.

miércoles, 28 de septiembre de 2022

PLATÓN TENÍA RAZÓN

 La revista mexicana Aion en su número 60 dedicado al filósofo Platón ha publicado mi texto "Platón tenía razón".

PLATÓN TENÍA RAZÓN
Prometeo García es un hacker que piratea programas informáticos de conocidas empresas monopolísticas y los pone libremente a disposición de los internautas.
Sísifo Fernández trabaja en una línea de montaje industrial.
Edipo Pérez deshereda a su padre y lo interna en un asilo.
Orfeo Gutiérrez tiene dificultades para ir a ver a su novia que vive a 666 kilómetros de distancia de su domicilio.
Caronte Rodríguez es un indigente de lamentable estado -más muerto que vivo-, que le canta las verdades del barquero a cualquiera que le escuche.
Ícaro Martínez aspira a ascender y volar muy alto en su empresa, una compañía de líneas aéreas.
Teseo López se extraviaría en el laberinto de su desordenada personalidad si no fuera porque su mujer, Ariadna, le guía con mano firme.
Penélope Díaz consume su vida esperando que su amante se divorcie de su esposa.
Narciso Sánchez funge de presidente del Gobierno.
Platón tenía razón, todos somos la escoria imperfecta de unos arquetipos esenciales, aquellos que trazaron los griegos para toda la eternidad.

jueves, 22 de septiembre de 2022

TENSAR COSTURAS

 "La artífice" ha publicado mi microrrelato

TENSAR COSTURAS
Se supone que me debería llevar bien con mi hermano siamés, pero lo cierto es que no es así y reconozco que se tensan las costuras por cualquier nimiedad. Las razones a tal conflictividad me eran ignotas hasta que mis padres me revelaron que yo era adoptado.

lunes, 5 de septiembre de 2022

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA

 La revista mexicana "El creacionista" ha publicado mi relato

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA
La pequeña sala, clara y aséptica, tiene el aspecto de un laboratorio pese a ubicarse en la Biblioteca de Aragón. Dos mujeres, una de ellas ataviada con bata y guantes blancos, esperan la visita del doctor.
-Doctor.
-Señora Directora.
-Pase por favor. Ella es Rosa, nuestra conservadora, la encargada de incunables y de textos antiguos de especial interés, como es el caso.
-Encantado.
-Comprenderá -prosigue la directora- que, dada la naturaleza del texto, no se lo remitiéramos por correo ordinario ni hayamos efectuado ninguna transcripción del documento en ningún otro soporte. Antes de valorar su autenticidad deseábamos recabar su opinión como máximo experto en España de Shakespeare y doctor en la materia, es por ello que le hemos pedido que venga hasta aquí y lea el manuscrito en persona. Rosa le proporcionará unos guantes blancos, le ruego que se los ponga antes de hojearlo.
-En qué circunstancias fue hallado -pregunta el catedrático.
-Se estaban realizando unas obras de rehabilitación en un edificio de la calle del Coso y al tirar un tabique interior lo encontraron emparedado junto a otros objetos
-¿Qué objetos?
-Estaba envuelto en prensa de la época y también hallamos monedas acuñadas en el primer tercio del siglo XIX.
-Como si fuese una cápsula del tiempo.
-Quizás, desconocemos las intenciones del que enterró allí el manuscrito, todo son conjeturas.
-¿Algo más?
-El análisis químico del papel y de la tinta usada concuerda con la fecha que aparece inscrita en la última página.
La conservadora deposita sobre la mesa blanca un legajo de papeles viejos y amarillentos encuadernados en piel toscamente curtida. El catedrático se sienta en la silla y se ajusta sus gafas:
“A quién pueda leer esto:
En primer lugar, discúlpenme por no presentarme, para proteger mi vida y la de mi familia es necesario que mi nombre permanezca oculto. Ya han asesinado a un amigo mío y sería una imprudencia desvelarles quien soy. Espero que las generaciones venideras que descubran esta confesión que ahora les detallo estén en condiciones de asumir toda la verdad que voy a relatarles.
Shakespeare, this is the question. ¿Fue el actor de Stratford-upon-Avon el autor de las obras que se le atribuyen? Estoy en condiciones de asegurar que no. Imagino que el lector enarcará las cejas ante tamaña afirmación, pero la reitero y, aún digo más: lo sorprendente no es negar que Shakespeare sea el autor de la obra Shakesperiana, lo asombroso es que nadie se lo haya cuestionado hasta ahora. ¿Pudo un hombre que no fue a la universidad escribir obras de tanta calidad y con tantas referencias cultas? ¿Pudo describir, por ejemplo, Italia con tantos detalles cuando nunca sus pies hollaron la tierra de dicho país? La obra Shakesperiana fue escrita por un erudito y políglota, con un conocimiento apabullante de la lengua inglesa, sólida formación clásica, dominio del arte de versar, experto en la historia de Inglaterra y con nociones de exégesis bíblica, medicina, Derecho, protocolo y cetrería, entre otras muchas artes, cualidades imposibles de detentar para alguien surgido del vulgo. Shakespeare es un espectro, un fantasma, a poco que se abundé en lo raquítico de lo que nos han hecho creer que es su biografía veraz, nos asaltarán las dudas y las preguntas sin respuesta.
La obra de William Shakespeare es la historia oculta de una pasión devoradora y la tragedia del hombre que la protagonizó. La pasión era el teatro, componer dramas y comedias y la tragedia consistió en el anonimato en el que tuvo que ocultarse el verdadero autor de tal magna obra: Sir Francis Bacon. Shakespeare no fue más que una burda marioneta.
Sir Francis Bacon, estadista y filósofo; hombre culto, refinado y viajado; murió y mató por el teatro. Su alta, fecunda y triunfante carrera política –llegó a ser nombrado Lord Canciller de Inglaterra- le impedía que lo relacionasen con el mundo equívoco y de dudosa moralidad que actúa entre candilejas; un universo en el que rige la trasgresión, la ambigüedad y lo bufonesco -no es por casualidad que a los comediantes, junto a los suicidas y a los excomulgados, se les niegue sepultura en camposanto-. Bacon escribió casi toda la obra Shakesperiana que conocemos y para verla representada –espectáculos a los que acudía de incognito y embozado- precisó que alguien figurara como autor.
Bacon confió a su amigo, el dramaturgo Christopher Marlowe, la misión de buscar un testaferro -quién por ser espía de la Reina, era ducho en turbios manejos y en frecuentar a la hez de la sociedad de su tiempo-. Marlowe era, además, uno de esos hombres que practicaba el pecado nefando, y aquí es donde aparece William Shakespeare. El falso bardo Shakespeare había sido mozo de establo de Lord Leicester, pero haragán como era, además de vil, avaro, pendenciero, borracho y ladino, se mudó del campo a Londres, mutando su oficio de mozo de caballerizas por el de prostituto y, como tal, se le conocía en los bajos fondos londinenses con el sobrenombre de “El cisne de Avon”, teniendo en Marlowe a su mejor cliente. Pues bien, Marlowe, como estaba enamorado de Shakespeare, además de colocarlo de actor, le propuso a Bacon que fuese éste el que constara como autor, algo a lo que Sir Francis accedió, pues ignoraba la ralea del postulado. Muy pronto Shakespeare comenzó a chantajear a Marlowe y éste a Bacon para pagar a aquél, lo que determinó que Sir Francis –escandalizado tras haber descubierto la catadura del de Avon- ordenará el asesinato de Marlowe haciendo pasar la ejecución bajo la apariencia de una riña tabernaria. ¿Por qué Bacon no mató entonces a William Shakespeare? Seguía necesitando un hombre de paja que figurara como autor para llevar sus obras a escena. Los poderosos no matan a quienes les son útiles.
Tras la muerte de Marlowe, Bacon solicitó ayuda a otro de sus amigos, Edward de Vere -decimoséptimo conde de Oxford- para que hiciera de intermediario entre él y Shakespeare. La muerte del conde en 1604 obligó a Bacon a tener que tratar directa y secretamente con William Shakespeare y soportar sus extorsiones, además de sus maneras insolentes. La relación fue tensa y plagada de disputas, girando siempre en torno a los honorarios que deseaba cobrar el insaciable hombre de Avon.
En 1612 ocurrirá un acontecimiento que precipitará la tragedia con la que finaliza el drama que aquí desvelo. Thomas Shelton, un católico nacido en Dublín, de padre inglés y madre irlandesa, quien había estudiado en el colegio irlandés de Salamanca, tradujo ese año El Quijote a la lengua británica. El efecto de la lectura de dicha obra en Sir Francis Bacon fue colosal y fulminante. Por entonces a Bacon ya se le iba agostando el ingenio, así que, deslumbrado como se hallaba por influjo de la obra de nuestro inmortal Cervantes, se le ocurrió que el autor de El ingenioso hidalgo bien podría ser el que escribiese las últimas comedias de su impostura, traducidas al inglés por Shelton, corregidas por Bacon y firmadas, como no, por el ínclito William Shakespeare y con Thomas Hobbes –el autor de Leviatán- como amanuense de todo el proceso en su calidad de escribano de Sir Bacon. Para tal fin Shelton fue encargado de acompañar a Miguel de Cervantes a Londres en un viaje secreto. Don Miguel, siempre falto de peculio –ya decía mi amigo que en España escribir es llorar-, aceptó el encargo y regresó a España con la bolsa llena.
El problema fue que Cervantes en sus últimos años, al igual que su patrón, andaba ya menguado de genio creativo, algo que traería lamentables consecuencias. La primera obra de Cervantes firmada por Shakespeare fue casi una burla. Cardenio, que así se llamaba la pieza, no era más que una extensión de la historia de un personaje sacada directa y descaradamente de El Quijote. Cuando Bacon se percató que cualquiera que leyera El Quijote la relacionaría con el drama firmado por Shakespeare, ordenó destruir el libreto y es por eso que hoy se considera desaparecido. El siguiente drama creado por Cervantes y rubricado falsamente por el de Avon se tituló Dos nobles caballeros, y aquí, también, Don Miguel recreó una de sus propias obras, la conocida como El Curioso Impertinente. Por último, el héroe de Lepanto cometió la postrera imprudencia que hizo colmar el cáliz de la paciencia de Sir Bacon, al publicar, por su cuenta, La española inglesa, una novela en la que una joven hispana era llevada a Londres, inspirándose el novelista en su propio viaje a la ciudad del Támesis.
Bacon, viendo que la contratación como escritor fantasma de Miguel de Cervantes no había producido el efecto esperado y que con sus imprudencias literarias iba a descubrir el fraude, y harto de los chantajes a los que le sometía el codicioso William Shakespeare, que no cesaba de amenazar con descubrirlo como dramaturgo y arruinar su carrera política, decidió, como se suele decir, matar dos pájaros de un tiro. El veintitrés de abril de 1616 dos escuadrones de sicarios enviados por Sir Francis Bacon asesinaron al magno Miguel de Cervantes Saavedra y a William Shakespeare -el rufián casi analfabeto que nunca escribió nada-, camuflándose sendas muertes como naturales. Tras aquellos hechos de sangre, Sir Francis Bacon abandonó para siempre sus ínfulas de literato.
Quién lea esto se preguntará cómo sé tales cosas que he descrito muy someramente. Aconteció que Don Miguel de Cervantes se enteró por Thomas Shelton de los detalles de gestación de la obra de Bacon y sus circunstancias y dejó consignado el relato de las mismas en una memoria que debía salir a la luz en caso de acaecerle una muerte violenta o sospechosa. Asimismo, el manco guardaba copia de su puño y letra del drama Cardenio. Cuando muere Cervantes y los familiares revisan sus papeles, reparan en la importancia de los documentos citados y los portan a las autoridades reales, las cuáles deciden archivarlos como secretos de estado. Divulgarlos en aquel momento hubiera supuesto una declaración de guerra a Inglaterra, por el poder que detentaba Sir Francis en la corte londinense. Y así quedaron, en los archivos reales criando polvo.
Mi amigo, el periodista Mariano José de Larra, consiguió hacerse con los legajos originales de Cervantes de mano de un archivero real que sustraía documentos y los vendía de tapadillo para pagar sus deudas de juego. Yo mismo tuve en mis manos y hojeé tales papeles al visitar a Larra en su casa de la calle Santa Clara poco antes de que lo matasen. Larra sabía que había encontrado un diamante y estaba negociando en España y en el extranjero las condiciones de su publicación con diversos editores de periódicos. Sin duda tales conversaciones llegaron a oídos de los espías de la pérfida Albión y en Londres concluyeron que no podían permitir que la verdad saliera a la luz. La Gran Bretaña, nación arrogante, dueña de los siete mares y poseedora de innumerables colonias por todo el orbe; no sólo debe su primacía a la pujanza de su comercio e industria, o la potencia de su ejército; precisa, también, del prestigio de su cultura, de su lengua y de sus letras. No exagero si digo que la revelación del fraude del caso Shakespeare, con la mención de todos sus detalles sórdidos asestaría un duro y humillante golpe que erosionaría la hegemonía británica. El mito del genial Shakespeare debía sostenerse a toda costa y a todo coste y, es por ello, que despacharon a Madrid a un agente de Su Graciosa Majestad con licencia para matar. Apenas la amante adulterina de Larra, Doña Dolores Armijo, abandonó el domicilio del periodista, hizo acto de presencia él agente –sólo o en compañía de otros- y consiguió que el imprudente Mariano le abriera la puerta de su casa -sólo Dios sabe de qué añagazas se sirvieron-, con el resultado sabido del disparo en la sien que le arrancó la vida. Es mentira que se suicidará por mal de amores como se ha divulgado interesadamente. Larra no tenía ninguna intención de quitarse la vida, yo hablé con él la tarde anterior al suceso, y estaba exultante, imaginándose las repercusiones que tendría su crónica sobre el asunto Shakespeare. “Lo que tengo entre manos es una bomba”, me repitió en diversas ocasiones durante la velada. Pero no fue una bomba, que fue una bala. A Larra lo mataron, estoy seguro. Yo mismo, como amigo íntimo y deudo del finado, estuve en su casa, a pocas horas de transcurrido el crimen, rebuscando los valiosísimos documentos y no los hallé pese a que no dejé hueco sin revisar, así que puedo asegurarles que alguien los sustrajo.
No quiero acabar esta confesión sin pedirles perdón por no proporcionar detalles más concretos de lo narrado, piensen que lo que sé es lo que Larra me contó y lo que pude retener de una lectura parcial de los manuscritos cervantinos durante los escasos minutos en que pude consultarlos.
Déjenme despedirme con las palabras del epitafio inscrito en la tumba de William Shakespeare: “Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar en el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”. Sepa el que lea este manuscrito que removerá los huesos espirituales del falso bardo, que Dios le libre de su maldición.
En Zaragoza, en el año del Señor de 1838.”
El catedrático se quitó las gafas y se incorporó. Ansiosa, le interrogó la directora:
-¿Y bien?
-Es todo demasiado rocambolesco e inverosímil.
-Ya nos pareció un fraude, pero quisimos que usted nos lo confirmara.
-Ya, pero hay algo que no cuadra.
-¿El qué?
-¿Los periódicos hallados junto al manuscrito son de ese año y las monedas fueron acuñadas con anterioridad?
-En efecto, ¿por qué?
-Porque antes de la década de 1850 nadie se cuestionó la autoría de las obras de Shakespeare. La primera en hacerlo fue Delia Bacon que las atribuyó, precisamente, a Sir Francis.
-¿Y la creyeron? –preguntó la directora de la Biblioteca de Aragón.
-La tomaron por loca –remachó el doctor en literatura inglesa.
El Creacionista #46 by El Creacionista Revista - Issuu

lunes, 25 de julio de 2022

ASESINATO EN EL CAFÉ ESPAÑOL

V Premio Internacional Café Español de Relato Corto 2022
Relato 33: ASESINATO EN EL CAFÉ ESPAÑOL

Autor: Héctor Daniel Olivera Campos

 Desdémona titubeó antes de entrar en el Café Español. En el interior aguardaban los conjurados.

- ¿Dónde está Flaubert? -indagó Desdémona.
- Está dándole de comer al loro -respondió Proust. Aunque todos ellos se conocían desde hacía años, habían acordado llamarse con nombres en clave.
- Que cierre el café, sólo nos faltaba que se cuele un noctámbulo para jodernos el plan -advirtió Desdémona.
- ¡Ya voy, joder! -renegó Flaubert surgiendo del reservado en el que se realizaban las tertulias literarias sabatinas, mientras se dirigía raudo a bajar la persiana metálica. En un rincón de la pieza, sin enjaular y sobre una percha para aves, un loro verde levantaba una pata.
- ¿Estás seguro que vendrá? -interrogó Proust a Desdémona.
- Sí, porque quiere joderme. Le he prometido que tras el homenaje iremos juntos a un hotel. -Desdémona acompañó sus palabras con una expresión de asco.
- Ya es hora de que Rasputín pague por lo que ha hecho. A mí me llamó doncel tontuelo -reveló Chejov.
- ¿Está todo preparado? -preguntó Desdémona.
- Sí -respondió Flaubert-, Proust ha dispuesto en el saloncito de la tertulia una madalena envenenada con veronal. Y ayer yo denuncié que me habían robado las llaves del negocio y tengo mi coartada lista, se supone que estoy alojado en un hotel de Vetusta.
- ¿Veronal, no íbamos a usar cianuro? -inquirió Desdémona alarmada por aquel cambio de planes.
- Es que el veronal es mucho más literario -se defendió Proust-, es un potente somnífero llamado así en honor al drama de Romeo y Julieta que transcurre en la ciudad de Verona. Fue el barbitúrico que eligió el matrimonio Zweig para suicidarse.
- Y si falla, usaremos esto -afirmó Chejov sacando una pistola de su gabán.
- No -objetó Desdémona-, es un método sucio y luego está el estruendo del disparo.
- Tengo todo controlado, traigo un silenciador, yo le llamo Bartleby.
Alguien golpeó la chapa metálica, Flaubert, el dueño del café y Desdémona, acudieron a levantar la persiana para permitir la entrada del visitante y bajarla así que entró en el local.
Desconcertado, el afamado y maldecido director de la sección cultural del diario regional anduvo con pasos titubeantes sobre el suelo ajedrezado del café. La mujer le besó en los labios como saludo de bienvenida. Cada uno de los literatos recordó las humillaciones sufridas a manos de aquel verdugo del periodismo. Al crítico literario feroz se le conocía por el apelativo de Rasputín por su malevolencia a la hora de enjuiciar a los autores que reseñaba.
- No me esperaba de vosotros que me rindierais un homenaje privado -admitió Rasputín al reconocer a los congregados.
- Cariño, somos todos adultos, podemos soportar unas malas críticas. A mí me despellejaste mi primera novela y mira qué bien nos llevamos ahora -intervino Desdémona.
- El que no quiera que le critiquen su obra que la guarde en un cajón -argumentó Rasputin tajante. -¿A qué tú me das la razón, eh, maestro? -le preguntó al loro.
- ¡Cabróóóóóón! -pronunció el pájaro.
- ¡Vaya! -exclamó el crítico riéndose-. Es el único de los presentes que se atreve a decir lo que piensa.
- Se lo dice a todo el mundo -justificó Flaubert al ave-. La clientela le enseña palabrotas y él las repite.
- Cariño, ven conmigo, te hemos preparado un té Darjeeling espectacular acompañado con una madalena de la casa -informó Desdémona.
- ¡Humm! ¡Está madalena está buenísima! ¿Vosotros no me acompañáis? ¿No hay más madalenas? -interpeló el crítico.
- No, era la última. Es una receta francesa -informó Flaubert.
La madalena de Proust envenenada con veronal no mató a Rasputín, así que probaron asfixiarle con el pañuelo de Desdémona, que ella llevaba a modo de foulard, sin conseguir ahogarlo. No hubo más remedio que disparar la pistola de Chejov y acribillarlo a balazos.
Los asesinos se marcharon dejando el cuerpo de Rasputín sumido en un charco de sangre. Estaban convencidos de haber cometido el crimen perfecto, pero dejaron un testigo ocular: el loro de Flaubert. Tras proceder el Juez a levantar el cadáver del Café Español, la policía interrogó al loro, que repitió, palabra por palabra, los diálogos escuchados durante la velada sangrienta mientras una agente lo premiaba dándole a comer pipas de calabaza.
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Imagen: Obra del fotógrafo José Carlos Nievas (Córdoba / Murcia)
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