martes, 12 de noviembre de 2024

CLEMENTE

 Una buena noticia: he quedado finalista en el concurso de relatos breves de Cornellà del Vàlles con el relato

CLEMENTE

Clemente no era de los que renunciaban a sus sueños, en su caso el de ser escritor. El problema es que, aunque redactaba de forma más que aceptable, carecía por completo de imaginación. Impulsado por su férrea voluntad se enfrentaba una y otra vez al folio en blanco con nulos resultados, haciendo de la hoja su particular sudario. Por más que lo intentara no se le ocurrían argumentos, su capacidad de fabular era nula.

Para superar sus limitaciones como escritor, Clemente se matriculó en un taller literario en el que enseguida reveló sus angustias creativas. “Escribe solo de aquello que conozcas”, tal fue el consejo lapidario que escupió la profesora del taller, partidaria de la autoficción en literatura. Siguiendo las recomendaciones de su maestra, Clemente se convirtió en un compilador de las anécdotas y pequeñas historias de la gente que le rodeaba, material con el que pudo pergeñar sus titubeantes relatos iniciales.

Como un drogadicto, que cada día necesita su dosis, Clemente, una vez exorcizado el bloqueo creativo, se enganchó al vicio de escribir con regularidad, dándose a conocer en sus publicaciones en internet como un escritor costumbrista. Muy pronto nuestro autor descubrió que la literatura para ser tal, precisa que lo que se cuente sea significativo, no bastaba para colmar su autoexigencia literaria y artística el recrear estampas y viñetas, con primoroso estilo, de la felicidad familiar y conyugal o los pequeños gestos de solidaridad y bondad -escasos, todo hay que decirlo- de sus vecinos o describir minuciosamente como hacía la compra en el supermercado. La literatura hecha de buenas intenciones derivaba en una papilla insípida o, peor aún, en homilía somnolienta. Clemente descubrió que la narrativa exige drama y que, a modo de ídolo primitivo y bárbaro, hay que alimentarla con la ofrenda impía de un sacrificio continuo de sangre y alma humana. Es por ello que nuestro autor, eunuco para fabular, destripó, sin que le temblara el pulso, las peculiaridades, vicios, secretos y vergüenzas de su familia, sin respetar, tan siquiera, a su señora madre; diseccionó su matrimonio; retrató con trazo despiadado a su prole; categorizó a sus amistades; se regodeó en la mediocridad de su trabajo y en el despotismo y arbitrariedad de su jefe; exhibió en clave de monstruos de feria a sus vecinos y disparó sus dardos de tinta contra todo aquel que tuvo la mala suerte de cruzarse en su vida y camino.

Clemente pensaba que muy pocas personas le leían en internet, pero tras su cambio de registro narrativo, empezaron a aparecer decenas perfiles indignados con sus letras, incluso se daban por aludidos personas que él ni siquiera conocía. Limitarse a cambiar los nombres de pila no había sido cautela suficiente para ocultar a los modelos de carne y hueso que relataba en sus cuentos furibundos. Los actos tienen consecuencias y Clemente, al hilo de sus publicaciones, soportó como su familia dejaba de hablarle; que su cuñado le amoratara un ojo de un puñetazo; que su esposa se divorciara; que sus amigos le dieran la espalda; que le despidieran del trabajo y que la asamblea de la comunidad de vecinos le declarase persona non grata. Cuando el sij -tan pintoresco él, con su turbante azul cobalto y su mostacho y barba frondosa-, tendero servicial, que regentaba un badulaque en su calle, le negó la entrada a su ultramarino, tras descubrirse descrito en una de las historias de Clemente como un ser exótico, pero a la vez roñoso y cotilla, nuestro autor supo que lo había ofendido en grado sumo, porque aquel esforzado inmigrante era de los que matarían a su padre antes de perder un cliente o un céntimo de ganancia. La disyuntiva que se abría para Clemente era clara: debía elegir entre la muerte civil y el ostracismo familiar y social o la literatura, y nuestro héroe escogió la literatura.

Convencido de que manejar personajes vivos es siempre peligroso, nuestro autor tuvo claro que debía matarlos ante de embalsamarlos en tinta. En ningún momento Clemente tuvo un atisbo de mala conciencia por asesinar a sus víctimas, al contrario, creía que, si bien les quitaba la vida, les retribuía con la inmortalidad que sólo el arte proporciona, los rescataba del anonimato eterno para que ingresaran en la gloria literaria. A la primera persona que mató fue a su exmujer, pues le urgía escribir sobre su traumático divorcio para resarcirse del daño emocional sufrido. Tras el crimen descubrió que los muertos son maravillosos porque no dan problemas y Clemente se sintió ligero, libre y estimulado para escribir a su antojo sin cortapisas, miedos o autocensuras, con una prosa que se expandía y elevaba el vuelo alcanzando unas cotas de calidad nunca antes conseguidas por su pluma. La novela corta que escribió sobre su exesposa estaba tan bien escrita que ganó un premio literario por dictamen unánime del jurado y fue publicada por una editorial convencional con éxito de crítica y público. Al homicidio de su ex, le siguieron los asesinatos de su cuñado, de su antiguo jefe, de tres de sus vecinos y del sij, al que estranguló con su turbante. Cada crimen germinó en un libro puntualmente publicado lo que le hizo ganar un puesto en los mentideros literarios como autor revelación. A su vez, Clemente aprovechó la descripción minuciosa de sus crímenes para hacerse un hueco notorio como escritor de novela negra.

Cuando la policía procedió al arresto de nuestro autor, Clemente no se sorprendió y hasta se puso a bromear con los agentes. Demasiados muertos a su alrededor y demasiados detalles verídicos acerca de cómo había ejecutado a sus víctimas expuestos en sus novelas para que la policía, que no es tonta, no atara cabos y no acabase por incriminarlo.

En prisión Clemente sigue con sus aficiones, ya ha matado a tres internos y a un funcionario. Sólo las largas temporadas en la celda de aislamiento apaciguan el furor de sus manos doblemente hábiles para escribir y para matar.



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