
martes, 11 de abril de 2017
SE LE NOTÓ LA PLUMA
Todas teníamos la
conciencia de ser la élite, haber sido diseñadas y concebidas para un destino
glorioso. Una, junto a las compañeras del resto del estuche, era un pluma
estilográfica Parker en color negro-rojo
marmolizado con cargador aerométrico y con plumín en forma de flecha -la marca
de la casa-, chapado en oro de catorce quilates. Nuestro precio era prohibitivo
y tan sólo los poderosos del mundo tenían acceso a nosotras.
No me extraño, pues,
que fuese comprada por un hombre del staff
de Einsenhower y destinada a uso presidencial. Si quieren que les diga la
verdad, hubiera preferido ser adquirida por un oscarizado galán de Hollywood y
vivir rodeada de glamour y flahs o
ser la pluma de un Premio Nobel de Literatura y participar con mis secreciones
en la confección de una obra de arte inmortal. Sin embargo, eso de caer en
manos del Presidente de la nación más poderosa de la tierra también tenía su
encanto. ¡Guauu! ¡Ser testigo privilegiado de la Historia!
Para mi sorpresa, Ike –me vais a permitir que tutee al
Presidente- no me sacó de la caja. Al cabo de unos meses cacé al vuelo una
conversación en el despacho Oval por la que supe que se me iba a regalar a un
dictador extranjero. Salvada mi primera reacción de perplejidad -¿la gran
democracia americana se codeaba con dictaduras?-, mi ira alcanzó el paroxismo
al saber que sería entregada al hijo de perra de Francisco Franco, el amigo de
Hitler y de Mussolini, el último vestigio y baluarte mundial del fascismo. La
tinta se me agrío por dentro.
El 21 de diciembre de
1959 Ike aterriza en España, responde
al abrazo del tirano y me obsequia al sátrapa como si de un simple regalo
anticipado de navidad se tratase. ¿Qué podía hacer yo, inánime, enclaustrada en
mi incomunicación, sin más facultades que aquellas que me atribuyeron los que
me diseñaron? No tocaba más que aguantar y resignarse. Ser una fiel servidora
de los designios y las necesidades de un ser que me resultaba odioso.
Si Ike no me llegó a utilizar jamás; Franco, por el contrario, usaba y
abusaba mí todos los días y me mostraba a sus allegados con orgullo: “¡Miren
que pluma Parker! ¡Me la regaló Einsenhower!”, presumía de mí el paleto
chusquero de mierda con su voz aflautada.
Franco era un ser
despiadado pero, a la vez, chapoteaba en
una mediocridad espantosa. Todo en El Pardo era casposo. Me aburrí hasta lo
indecible en manos del “generalísimo” firmando decretos y áridas normas de
derecho administrativo. ZZZZZZZ, me duermo con sólo recordarlo.
Un mal día sobre la
mesa de roble del dictador sus edecanes dejaron un documento oficial diferente
a todos los anteriores, se trataba de una sentencia de muerte. Me sobrecogí al
conocer el significado de aquel papel que el déspota iba a rubricar con mi
tinta. Creedme si os digo que yo no quería participar en semejante ignominia,
pero nada pude hacer, me agarró y me oprimió sobre el papel hasta que su firma
infame apareció escrita bajo la palabra “ENTERADO”. Franco durmió esa noche
como un lirón careto, pero yo no pude descansar hasta los luceros del alba.
En los años que
siguieron siempre sufrí y me mantuve en vilo temiendo que la firma de otra
sentencia de muerte trastornara mi rutina. Y siempre llegaban. Lo que peor
soportaba era la insensibilidad del “Caudillo”. Franco leía y firmaba las
ejecuciones de los condenados sin despeinarse, mientras comía, antes de la
siesta o viajando en coche. Para él eran “cosas de trámites”.
Hace poco mi tinta
sirvió para firmar la sentencia de muerte de un tal Julián Grimau. Más
de ochocientos mil telegramas llegaron a Madrid pidiendo la paralización de lo
que consideraban un juicio-farsa. Franco se limpió el culo con todos ellos.
Mi alma es de acero,
pero ya no aguanta más. He recapacitado sobre ello y he decidido destruirme.
Prefiero volverme inservible, aunque sea al precio de fenecer, antes que seguir
sirviendo a fines tan viles y siniestros. El Caudillo de España porque Dios es
un gracioso, como rezan los duros de cinco pesetas, presidirá próximamente el
desfile conmemorativo del dieciocho de julio. Franco siempre me lleva en el
bolsillo delantero de su uniforme de gala, junto a su corazón, ¡qué ironía! Sé
que ya le tienen preparado el uniforme blanco de la Marina –a él, que era de
infantería-. Creo que si me concentro podré hacerlo, el calor del sol de julio
me ayudará en mi misión. Cuando desfilen sus amados legionarios o los tabores
de regulares me desangraré y mi tinta emborronará al déspota y su ceremonia.
Esa será mi venganza. Dejar una mancha indeleble, cual medalla de oprobio
acusadora, en la guerrera del dictador asesino.
(Este relato ha sido publicado en el número 23 de la revista mexicana "Los Heraldos Negros").
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