El amor es un asco y, sí no, que me lo
pregunten a mí que siempre acabo pringado. Cuando me llevaron a vivir con mi
dueña, ella mandó que me instalaran en un lugar confortable, calentito,
hidratado y resguardado de las agresiones exteriores. Reconozco que el sitió me
gustó, todo resultaba muy agradable e íntimo.
Mis desdichas comenzaron cuando ella se
enamoró. Risas, bailes, cenitas, magreos
en el coche. Nada de eso me importó, no soy celoso. Pero la cosa se puso seria
y mi hábitat comenzó a mutar. Paredes que se dilataban, pequeños seísmos que me
estremecían y un aumento inusual de la humedad, una solución acuosa y salina
que empezó a bañarme sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.
Fue entonces cuando el macho hizo su
aparición, se coló por el umbral de mi hogar y se dedicó a entrar y salir hasta
dejarme hecho un verdadero asco, ¡puajjj! ¿Esto es el amor? ¿Una actividad tan
fisiológica, tan primaria, tan animal? No entendía para nada a mi dueña. ¿Cómo
podía estar enamorada? ¿Cómo podía estar deseando semejante cosa?
Unos meses más tarde de aquella primera
experiencia cesaron las visitas intempestivas. Oí a mi dueña llorar y luego
confesarse a sus amigas. El tipo era un cabrón, alegaba –los motivos me son
oscuros-. Mi dueña pasó, de repente, del amor al odio. Sus amigas certificaban
que los hombres eran todos unos cerdos y
que, al igual que los gusanos de seda, tarde o temprano acaban por hacer el
capullo.
Tras el primigenio llegaron otros,
aventuras sin importancia. No quiero entrar en detalles porque es todo muy
desagradable. Menos uno que se comportó como un caballero y siempre aparecía
con chubasquero a la cita, el resto eran unos vándalos. Otro que me caía muy
bien, porque era discreto, de talla pequeña y no molestaba mucho, sólo lo
aguanto dos noches (el tamaño sí que importa). También largó pronto a otro que
en una reencarnación anterior había sido un conejo (el cabrón te pillaba
desprevenido). Pero, los tres peores, con diferencia, fueron un macarra que
llevaba un piercing en la punta, así
que me arañaba y me dejaba hecho un Cristo; otro perro-flauta antisistema con
greñas que me lucía la camiseta de manga corta por encima de la de manga larga
y que no se lavaba nunca (consideraba que el gel de baño era un producto imperialista),
¡qué peste!, al que mi dueña despachó al saber que se quería meter de okupa en
la casa y, por último, un afrodescendiente que se pensaba que yo era un tambor
y él una baqueta. Mi dueña estaba superenamorada –¡vaya usted a saber de qué!-
de Abdul, el afrodescendiente, pese a las diferencias culturales y a que el tío
apenas chapurreaba español, hasta que descubrió que tenía mujer e hijos en
Senegal, que sólo quería casarse con ella por los papeles y que le exigía que
se convirtiera al islam y que llevara pañuelo. Mi dueña le dio puerta al moreno
para mi alegría y alivio. Después de aquel episodio exótico hubo, de nuevo,
sesión de llantos y juramentos a su amiga Julieta, promesas de que jamás,
jamás, volvería a salir con ningún hombre. ¡Hurra! ¡Yupiii! No cabía en mí de
gozo.
“No más capulladas”, me dije a mí mismo,
por fin llegaba la tranquilidad anhelada. ¡Ja, Ja! ¡Qué iluso era! Toda
situación puede empeorar y la mía empeoró y mucho. A mi dueña le dio por
frecuentar las discotecas. De nuevo percibí el cosquilleo y la humedad que
presagiaban lo peor. Tuve que tomar cartas en el asunto. Nunca quise
inmiscuirme en la vida privada de mi dueña, pero me iba mucho en juego, así que
me convertí en la voz de su conciencia, en su Pepito Grillo particular: “¿Qué
esperas encontrar en una discoteca, si sólo van salidos?”. “¿Qué conversación
puedes mantener en una discoteca? Ninguna”. “¿Te vas a acostar con ese tío? ¡Si
no lo conoces de nada!”. “Tiene cara de psicópata”. Y aunque ella pensó que yo
era el angelito de su conciencia que le hablaba, no me hizo ni puto caso. Era
salir de la disco y ¡zasca! sesión de baño María. Por cierto, chicas, aprovecho
para atestiguar que un fulano puede bailar de puta madre y follar de puta pena.
Aunque lo peor fue cuando mi dueña se fue a pasar unos días a las Jornadas
Mundiales de la Juventud a ver al Papa de Roma. ¡Cómo temblaba la canadiense!
Hasta cinco garañones meapilas me bendijeron con su hisopo.
No sabía qué hacer. Estaba desesperado.
Mi dueña no se estaba tranquila, era una cabra loca. Un poco de contención,
¡pequeña! No fue hasta que un maromo le echó burundanga en el cubata y tuvo una experiencia nefasta, que decidió
replantearse su azarosa vida sentimental.
Julieta la convenció de que pasara de
los tíos y se liaron las dos. Yo era feliz. Un dedito, una lengüecita asomando,
nada más. ¡Viva Safo de Lesbos! Hasta el
día en que Julieta decidió probar el strapon,
ya saben, esos miembros plásticos que se sujetan con correas y arneses. ¡Joder!
Aquello fue aún peor que el afrodescendiente. ¿Es qué no había otro modelo más
pequeño en la sex-shop? La ausencia
de chaparrón no compensaba el martilleo, os lo aseguro. Ahora la zorra celosa
de Julieta le ha convencido para que se deshaga de mí: “¿Para qué necesitas un
Dispositivo Intrauterino? Si ya no vas a volver a estar con ningún tío?” Mi
dueña ya ha concertado cita con el ginecólogo, iré a parar a un contenedor de
deshechos quirúrgicos. Así paga mi lealtad y los servicios prestados. ¡Mundo
ingrato y cruel!
(Relato finalista en el II Concurso Donbuk de relato erótico, publicado en la antología Himeneo, Editorial Donbuk)
