“Tranquilo, todo irá como la seda”, le aseguró la mujer mientras le entregaba la dinamita. Él la miró con arrobo y pensó que su chica era tan excepcional que hasta sabía fabricar bombas. Ella le había convencido que era más efectivo descerrajar las cajas fuertes con explosivos que dedicarse a torturar a los dueños de las mansiones que asaltaba con el propósito de arrancarles la combinación de apertura.
La mujer también sonrió, imaginándose al tipo despedazado por la deflagración. Tragándose el odio y el asco, lo había seducido hasta ganarse su confianza. Sus padres, asesinados por aquel canalla, iban a ser vengados.
(Microrrelato publicado en el número doce de la revista mexicana "La sirena varada").
